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Reproducción asistida: cuando se vulneran los límites de la dignidad humana

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El reciente escándalo del uso del esperma de un único donante portador de una grave mutación genética para concebir cerca de doscientos niños en distintos países europeos no es un simple fallo médico o legal. Es la consecuencia lógica de haber separado la generación de la vida humana de los límites que le son propios.

Durante años se ha presentado la reproducción asistida como un avance incuestionable, amparado en la técnica y en el deseo legítimo de tener hijos. Sin embargo, este caso revela una verdad incómoda:

cuando la procreación se convierte en un procedimiento técnico, deja de respetarse el orden natural que protege la dignidad de la persona.

De engendrar a producir

Que un solo hombre pueda engendrar cientos de hijos anónimos no es un error puntual, sino el resultado de un modelo que ha convertido la paternidad en un trámite técnico. La vida ya no se recibe como un don, sino que se obtiene como resultado de un proceso gestionado por terceros.

En este contexto, el hijo deja de ser sujeto para convertirse en objeto de intervención. Cuando la vida humana se trata como un producto, los fallos dejan de verse como algo moralmente grave y pasan a considerarse riesgos asumidos del proceso.

El bien del niño, relegado

El debate público sobre estas prácticas se centra casi exclusivamente en los deseos de los adultos. El bien del niño —su derecho a un origen humano claro, a la protección de su integridad física y a no ser expuesto deliberadamente a riesgos graves— queda en segundo plano.

Niños nacidos sin posibilidad real de conocer su origen y con decenas de medio hermanos desconocidos son la prueba de que se ha ignorado un principio básico: la persona no puede ser instrumentalizada, ni siquiera en nombre de un fin considerado legítimo.

La ilusión del control técnico

La reproducción asistida promete control, seguridad y previsión. Pero cuando ese control falla, el daño se multiplica de manera masiva. Un error técnico no afecta a una familia, sino a cientos de vidas.

Esto revela el problema de fondo: la vida humana no admite un dominio técnico absoluto sin violentar su dignidad.

Recuperar los límites

No todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable. Existen límites inscritos en la propia realidad humana que no pueden ser ignorados sin consecuencias. La generación de la vida no es un proceso industrial ni una prestación de servicios que pueda externalizarse o anonimizarse sin coste humano.

Este caso obliga a reconocer que la reproducción asistida no es una práctica moralmente neutra. Al intervenir técnicamente en el origen de la vida humana, se alteran principios básicos de filiación, responsabilidad y dignidad personal.

No se trata de mejorar protocolos ni de reforzar controles, sino de admitir que existen límites que no pueden ser traspasados sin consecuencias.

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