Ser «más chulo que un ocho»: San Isidro, el chotis y la gracia castiza de Madrid

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Cada 15 de mayo, Madrid se mira al espejo y se reconoce en las rosquillas, los mantones, los claveles y esa chulería castiza que no siempre es soberbia, sino una forma teatral y simpática de estar en el mundo.

En esa mezcla de religiosidad popular, fiesta de barrio y orgullo madrileño se entiende mejor una de las expresiones más célebres nacidas en la capital: “ser más chulo que un ocho”.

La frase se utiliza para describir a alguien que presume, que se planta con cierta insolencia, que camina por la vida con aire desafiante o demasiado seguro de sí mismo. Pero, como tantas expresiones populares, su origen es mucho más concreto y pintoresco de lo que parece.

Nació no en un tratado lingüístico sino en las calles de Madrid, al compás de la fiesta y del tranvía. El famoso “ocho”  era el tranvía número 8, una línea que recorría la ciudad y que, en los días grandes, se llenaba de chulapos y chulapas camino de la verbena.

Aquel tranvía hacía este recorrido :partía de la Puerta del Sol y avanzaba hacia San Antonio de la Florida pasando por la calle Preciados, la plaza de Santo Domingo, Leganitos y los paseos de San Marcial y San Antonio de la Florida. Era, de algún modo, una vena popular de la ciudad.

En las fiestas de San Isidro, especialmente, el tranvía número 8 se convertía en una estampa viviente. Sus vagones iban llenos de hombres con parpusa, chaleco, pañuelo al cuello y clavel en la solapa; y de mujeres con mantón, falda castiza, flor en el pelo y ese señorío popular que Madrid ha sabido cultivar.

Quienes veían pasar aquel vehículo repleto de tipos tan compuestos, tan seguros, tan dispuestos a la música y al baile, comenzaron a decir con retranca que aquello era “más chulo que un ocho”. Y la expresión prendió.

La gracia está precisamente ahí: en que la frase no nace de la chulería de una sola persona, sino de una chulería colectiva, casi festiva, comprimida en un tranvía. No había mayor concentración de garbo madrileño que aquel número 8 cargado de chulapos camino de la pradera, del baile o de la verbena. La lengua popular, siempre más rápida que cualquier despacho de cultura, hizo el resto. Con el tiempo, la expresión salió de Madrid y se extendió por toda España, aunque conservando ese aroma castizo de organillo, verbena y clavel.

San Isidro, en este contexto, es mucho más que una fecha del calendario. Es el gran escenario donde Madrid representa su propia identidad. La fiesta del santo labrador une lo religioso y lo popular de una manera muy madrileña.

Y en esa alegría aparece el chotis, otro de los grandes símbolos del Madrid castizo. Curiosamente, tampoco nació en Madrid.

Su origen está vinculado al término alemán Schottisch, una danza social que se puso de moda durante el siglo XIX. Llegó a Madrid hacia 1850 y, según la tradición, se bailó por primera vez en el Palacio Real bajo el nombre de “polca alemana”. Pero Madrid tiene una habilidad prodigiosa para adoptar lo extranjero y convertirlo en propio. Lo que llegó como música centroeuropea terminó siendo el baile más madrileño de todos.

El chotis se baila en pareja, cara a cara, al son del organillo. La mujer gira alrededor del hombre, mientras él, casi sin moverse, gira sobre su propio eje. De ahí el dicho popular de que para bailar un chotis basta una baldosa.  El chulapo parece dominar el mundo sin salir de su sitio; la chulapa gira con gracia; el organillo marca el compás.

También el organillo, compañero inseparable del chotis, tiene su historia viajera. Se atribuye su introducción en Madrid a un inmigrante siciliano que, tras conocer en Viena el mecanismo de las pianolas, abrió un taller en la calle de San Francisco. Aquellos instrumentos acabarían dando sonido a las verbenas madrileñas. La música de resonancias austríacas se transformó en melodía de Lavapiés, de las Vistillas, de San Cayetano, de La Paloma y, por supuesto, de San Isidro.

Por eso, decir que alguien es “más chulo que un ocho” no debería entenderse solo como reproche. Tiene, según el tono, una carga de ironía cariñosa. Puede aludir al presumido insoportable, sí, pero también al que tiene gracia, planta, desparpajo, seguridad y una manera muy madrileña de presentarse ante la vida. La chulería castiza, cuando no deriva en arrogancia, es casi un género teatral: una mezcla de orgullo popular, ingenio callejero y elegancia de barrio.

Cada San Isidro, Madrid recupera ese lenguaje hecho de gestos y memoria.

Ser “más chulo que un ocho” es, al final, llevar encima un poco de ese Madrid que se arregla para ir de fiesta, se encomienda al santo, baila en una baldosa y camina por la vida con un clavel en la solapa.

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