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Si amo, ¡confío! (2)

No soy filósofo. No soy teólogo. Pero si amo es que confío. En Dios y en el prójimo a quien amo. ¡Mejor dicho: trato de amar! Pues el listón del amor me trasciende. A veces me doy cuenta de que no lo he hecho bien. Otras veces alguien tiene que notármelo. Para corregir algo en la propia vida, en cambio profundo por dentro, tienes que darte cuenta. Los ritmos son distintos en todos los humanos. No valen las comparaciones con nadie… excepto con los santos.

Me inicié el otro día en una reflexión por entregas acerca del Matrimonio como Sacramento. Con M y S mayúsculas. El Matrimonio es una promesa poniendo a Dios por testigo. El ministro consagrado no casa. No casa a nadie. En este Sacramento peculiar actúa a modo de notario o juez. Da fe. Levanta acta. Pero de casar no casa. Casa un hombre concreto con una mujer concreta. Casa esta mujer concreta con este hombre concreto. ¡En simultáneo! ¡De por vida!

El Matrimonio cristiano es una promesa en público, habitualmente dentro de un templo. Lo de menos es la cantidad de invitados. Lo de menos, siendo formalismo externo cultural a veces formal a veces informal, es la imagen. Por ejemplo, en breves días asistiré a la boda de otra hija. Cuidaré mi imagen externa. Tiene su importancia. Pero la tiene porque es asistencia a una promesa sacramental.

Sigo la doctrina expuesta por el difunto religioso dominico (OP Orden de Predicadores) Antonio Royo Marín, en su obra Teología Moral para seglares en su volumen 2 acerca de los Sacramentos. Es preciso distinguir los cuatro elementos de cada uno de los 7 Sacramentos. Estos son: Ministro, Sujeto, Materia y Forma. En el Matrimonio se celebra el amor entre un hombre y una mujer. El hombre es ministro ante la mujer y la mujer es ministro ante el hombre. La mujer es sujeto receptor ante el hombre y el hombre es sujeto receptor ante la mujer. Ambos, en simultáneo, son ministros otorgantes y sujetos receptores del Sacramento.

Ha de quedar claro que el señor cura no casa a nadie. Casa el hombre con la mujer y casa la mujer con el hombre. El señor cura no forma parte de la promesa, pues es una promesa de amor de carácter sexual entre un hombre y una mujer. ¡Exclusiva entre ellos dos y poniendo a Dios por testigo! La Materia es la donación mutua de los cuerpos como expresión del amor en orden a la generación de la vida. Incluso aunque no se derive descendencia, pues los hijos vienen o no vienen. Son todos don de Dios.

La Forma es la expresión del Consentimiento. Es la expresión de una promesa dándose la mano ante el sacerdote, dentro del templo, ante el pueblo congregado. Trataré de reflexionar acerca de la promesa en primera persona del singular. Es decir, de mi promesa. Mi esposa y yo seguimos la fórmula completa, leída ante el micro en voz alta. No se expresa de memoria. Se lee en voz alta.

Reproduzco unos párrafos del Ritual de los Sacramentos de la BAC en su segunda edición de 1977. Es el apartado Celebrar el Amor. Dice así: “El sacramento del Matrimonio no celebra el flechazo, ni el enamoramiento pasajero, ni el arreglo de conveniencia, ni un modo de instalarse cómodamente en la sociedad.

Se celebra el amor, es decir, el encuentro con el otro, el afecto sereno, la entrega mutua, la confianza y la confidencia sin reservas, la comunicación, la aceptación que sigue al conocimiento real de cada miembro de la pareja. El sacramento celebra la instalación en el amor, auténtico <<enamoramiento>>. Esa situación en la que el amor por el otro es el aliento, la razón y el común denominador de la vida.

 Se celebra el amor, es decir el amor con futuro. El lenguaje del amor añade al <<te quiero>> la coletilla del <<para siempre>>. Amar más a quien se ama es la única dinámica del amor. La ruptura de esta dinámica es o una enfermedad o un pecado. Este sacramento, siguiendo la dirección básica de la fe, exige respeto absoluto al amor, entrega total a él, confianza ilimitada y empeño indomable por recomponer cualquier fisura. El creyente, que intenta vivir el ideal del amor, ¿no va a amar a quien más ama?

 Se celebra el amor, es decir, la fidelidad a quien se ama, hasta ser capaz de dar la vida por él. El lenguaje del amor junto al <<te quiero>> une, también, <<a ti solo>>. Quien, en el nivel del amor conyugal, se ha entregado todo, ya no le queda nada que entregar a nadie. A pesar de que toda entrega es balbuciente, en ella hay un deseo de totalidad, de dar sin reservas, de entregarlo todo. De lo contrario, ¿no será falso el amor? ¿No se correrá el peligro de convertirlo en prostitución?

 Aunque el amor es la vocación básica del hombre, no todos llegan a él, ni a todo sentimiento se le puede llamar amor. No se debería confundir el amor con su encaminamiento o aprendizaje. El amor supone una madurez personal; no tiene por qué coincidir con determinados años. Quede, por tanto, constancia de que casarse es uno de los pasos más serios de la vida de un hombre y una mujer.”

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