Vivir despacio para volver a vivir

Familia

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Vivimos deprisa incluso cuando no tenemos prisa.

Comemos deprisa, caminamos deprisa, contestamos deprisa, trabajamos deprisa y, cuando por fin llega el descanso, también descansamos deprisa. Pasamos corriendo de una serie a otra, un mensaje, una compra, un vídeo de treinta segundos, una escapada de fin de semana.

La velocidad ha dejado de ser una circunstancia para convertirse en una forma de vida.

Decimos que estamos estresados con naturalidad. Trabajo, colegio, compromisos familiares, correos electrónicos, grupos de WhatsApp, compras, recados, deporte, noticias, redes sociales.

La agenda ya no sirve tanto para organizar el tiempo como para demostrarnos que apenas nos queda.

De ahí que el llamado slow living haya encontrado terreno fértil. La expresión puede sonar a casas de madera, tazas de cerámica y fotografías de desayunos junto a una ventana. Pero detrás de cierta estética de Instagram existe una realidad más seria.

 Vivir mejor no consiste siempre en hacer más, sino en necesitar menos y prestar más atención.

El slow living no propone convertirse en un contemplativo  ni abandonar responsabilidades. Tampoco significa pereza. Consiste, más sencillamente, en recuperar una relación consciente con el tiempo.

Esto va de distinguir lo importante de lo accesorio y dejar de tratar cada minuto como un espacio que necesita ser rellenado.

Hemos desarrollado una extraña intolerancia al vacío. Un fin de semana sin planes despierta cierta inquietud. Incluso las vacaciones se convierten con facilidad en proyectos de gestión logística.

Hemos aprendido a optimizarlo todo excepto aquello que probablemente daba sentido al conjunto.

Vivimos en aceleración social. No solo aumenta la velocidad de la tecnología o del transporte; también se acelera nuestra percepción del tiempo y nuestra sensación de que debemos hacer cada vez más cosas para mantenernos en el mismo sitio.

Hemos inventado máquinas precisamente para ahorrar tiempo y, sin embargo, tenemos la impresión permanente de no disponer de él. El lavavajillas, el coche, el correo electrónico, la banca digital o la compra por internet nos ahorran horas que inmediatamente llenamos con nuevas obligaciones.

Durante siglos, buena parte de la vida humana estuvo organizada en torno a ritmos: el día y la noche, el trabajo y el descanso, las estaciones, las fiestas, las comidas compartidas. Había un tiempo para cada cosa.

El verdadero lujo de hoy consiste en poder decir: basta.

El slow living es, en ese sentido, una pedagogía del límite.

Recordarnos que no necesitamos asistir a todo, saberlo todo, comprarlo todo ni responder inmediatamente a todo.

La vida adquiere densidad precisamente porque es limitada.

Vivir despacio significa también volver a mirar.

No hace falta trasladarse al campo, renunciar al teléfono ni fabricar pan de masa madre.

En una cultura que nos invita constantemente a añadir, crecer, acumular y acelerar, puede que la verdadera rebeldía consista simplemente en saber detenerse.

Porque algunas veces vivir mejor no exige conquistar nada nuevo. Exige darse cuenta de que quizá ya teníamos delante lo suficiente.

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