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Sobre el papa Francisco. Una reflexión desde la catolicidad (I)

Desde la catolicidad, porque este es el enfoque de toda las reflexión, y tratándose del Papa, esto significa asumir con plenitud y fidelidad la primacía de Pedro, su autoridad incuestionable. Para expresarlo en términos bien conocidos ”el Papa no se toca”.

Viví los crueles ataques que desde sectores católicos se lanzaron sobre Juan Pablo II  y Benedicto XVI, porque, a juicio de sus autores, su pensamiento no se ajustaba con el suyo. Era un error muy grave por parte de un católico, y sigue siéndolo con el actual Papa. Mi reflexión no caerá en esta pendiente.

Al mismo tiempo, tenemos el deber de hacer llegar nuestras reflexiones sincera y confiadas entre quienes compartimos la misericordia, cuando las palabras y los actos del Papa nos parecen confusas, no nos ayudan, como primado de Pedro, a ver con claridad el camino de nuestra fe. Estas palabras pueden servir para dos cosas. Una, para que, desde la Iglesia sean escuchadas y aclaradas las dudas. Otra, para que el propio Papa, en la escucha atenta del pueblo de Dios, considere que hay aspectos que deben evitarse. Precisamente su llamada reiterada al proceso de escucha, más allá de que esta se realice de una forma o de otra. Entiendo que es una invitación a este tipo de reflexión sincera.

Como no deseo perderme en un mar de consideraciones, voy a dividir este texto en dos partes, una el de los aspectos que nos preocupan, otra aquellos que son motivo de alegría y de elogio. El contraste entre ambos también puede ofrecer motivos de reflexión.

Los motivos de preocupación

Lo que escribo es motivo  de meditación acumulada con el paso del tiempo, y confieso que ha sido el escrito del cardenal Pell, redactado antes de su inesperada muerte, lo que me ha llamado a la conclusión, de que era mejor formalizar mis reflexiones por escrito. Porque este cardenal ha sido una persona de confianza de Francisco, que ha sufrido en su propia carne los ataques del mundo y que ha mantenido siempre una vida ejemplar y un testimonio con su palabra. No es un opositor quién  ha escrito aquel texto crítico con el actual papado, sino alguien que ha servido a la Iglesia y al Papa y que ha sufrido por ella.

Debo confesar también, que al inicio muy temprano de su papado, de hecho, esta circunstancia  se ha olvidado, se produjo un intento de crítica descalificadora por su presunta aceptación del régimen militar en la Argentina. En aquellos momentos acudí claramente en su defensa, porque conocidos los hechos que se relataban, resultaban una manipulación notable. Afortunadamente, y a diferencia de los Papas precedentes esta cuestión desapareció veloz y no ha surgido más.

Como miembro que fui del Consejo Pontificio para los Laicos, tanto con Benedicto XVI, como con Francisco (y por tanto con mi agradecimiento enorme a ambos por el nombramiento), tuve ocasión de participar en la audiencia anual que el Papa nos concedía. Mi impresión sobre  las palabras que nos dirigía, formalizadas en el texto que después nos  era repartido, era que se trataban de textos de una notable levedad. Posiblemente esté equivocado, pero me parecieron palabras que más bien cumplían con un trámite, pero que en ningún caso expresaban la fuerza que podría pensarse que merecía la ocasión, cuando una vez al año, el Papa se dirige directamente a aquella instancia que  mal que bien, recoge la voz de los laicos. Esta sensación me ha acompañado en otras lecturas, hasta generar algo peor que una sensación de levedad; la confusión. Me referiré a ello más adelante.

Cuando Francisco, decidió suprimir el Consejo para dar paso a un dicasterio, en principio mucho más potente, que agrupara a laicos, familia y vida, no pude por menos que celebrarlo. Pensaba que se abría así el camino a una vitalización de la débil consideración que la Santa Sede siempre ha tenido hacia la fiel infantería. No ha sido así. En el dicasterio la representación laical anda desaparecida y la potenciación de su presencia continúa siendo una asignatura pendiente. En realidad, todo y ser ampliamente  mejorable, al menos antes existía un marco concreto donde hacer oír la voz.

Ahora el tema de los laicos parece reducido a nombrar a una mujer para un cargo de relieve, lo cual puede ser bueno, pero ni mucho menos es la respuesta a esta asignatura pendiente. La petición papal en ese giro lingüístico argentino de “háganme lío” no se ha traducido en permitir que los laicos tengamos una presencia organizada en la Santa Sede.

Precisamente, desde el punto de vista de esta difícil inteligibilidad de lo qué es el camino sinodal, encuentro a faltar una forma organizada, con canales específicos para que nosotros podamos hacer llegar nuestra opinión como organizaciones laicales, con independencia de que ocupemos o no lugares en el aparato profesional de la institución eclesial.  Pero, es que, además, la cuestión clave de la vida, que unida al mundo laical tenía un enorme potencial sinérgico, resulta ahora inaudible desde Barcelona, precisamente cuando es evidente que el aborto y la eutanasia han convertido la vida en un problema político que, por la naturaleza de lo que trata, es fundamental, no solo para la fe cristiana, sino para la ley natural y para Europa. Además una cuestión que raya en la supervivencia, porque bien está  la inmigración, pero si resulta que se entiende como una solución a la negativa a la vida en nuestros países, entonces entraña un argumento profundamente malo.

Fui de los que celebraron Laudato sí, y la estudié y escribí sobre ella, pero en mi fuero interno, y ahora lo confieso, hubo una cierta decepción. Acostumbrado a otros textos pontificios recientes, me sucedía, como en las audiencias papales, me pareció que se podía decir mucho más y con mucha más profundidad teológica y profética.

( Continuará)

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2 Comentarios. Dejar nuevo

  • Muy buena reflexión, gracias

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  • Escrito con cortesía, como corresponde siempre; máxime si se trata del pontificado de Roma.

    Mi preocupación por la trayectoria que emprendería el Papa Francisco I comenzó al día siguiente del cónclave en que fue elegido. Una amiga me preguntó qué me parecía el resultado de aquella «fumata bianca» y me sorprendí de mí mismo al responder con vacilación.
    No haré un listado de puntos y aspectos concretos que motivan mi preocupación (colaboradores diversos católicos sin ningún ánimo de acosar ni de barrenar han publicado convenientemente bastantes artículos en blogs y revistas, o incluso documentos como el de los cientos de personalidades que señalaron con natural inquietud algunos puntos peligrosos de «Amoris Laetitia»).
    Pero dejo esta pregunta –y perdóneseme la repetición–: ¿Qué aporta a la Iglesia el que el Papa Francisco pertenezca al Club Rotary?

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