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Sociedad desvinculada e identidades reactivas

La desvinculación, la cultura que se ha hecho hegemónica en nuestras sociedades occidentales y que declara el imperio de la satisfacción de la pulsión del deseo como el único camino para la realización personal, ha terminado generando una serie de identidades reactivas que son y se afirman en el ataque al “otro”. Feminismo de género antipatriarcal, identidades LGBTI+, el nuevo independentismo catalán anclado en la clase media y alta, el nacionalismo inglés de nuevo cuño configurado en torno al Brexit, constituyen ejemplos distintos de esta formación de nuevas entidades marcadas por su agresividad. De todas ellas destacan las que poseen un mayor alcance internacional relacionadas con el feminismo antipatriarcal y las identidades de género.

En la sociedad desvinculada, las personas continúan necesitando formar parte de algo más grande que ellos mismos y que da sentido a su vida. De hecho, esta carencia surgida de la desvinculación era y es una gran oportunidad para la Iglesia, pero de momento no acaba de cuajar.

Y es que las personas y sus comunidades requieren una identidad. Su ausencia es fuente de daños individuales y colectivos. Se necesita ser alguien y saber que se está formando parte de algo para poder vivir. Pero esta dimensión positiva, que el personalismo y el comunitarismo describen tan bien, puede transformarse en armas peligrosas si fundamentan su naturaleza no tanto en lo que son como en el conflicto con los demás.

El peligro no radica en la identidad fuerte, sino en si el conflicto con “los otros” es lo que define la identidad, en lugar de su carácter convivencial y benéfico. Cuando esto ocurre, el ser humano se enfrenta a su prójimo, una familia contra otra, y surge el régimen de la vendetta, un clan, una tribu contra otra, una nación contra otra nación. Entonces el conflicto de baja o alta intensidad se convierte en el centro de la escena, constituye el eje de toda política.

Esto ha sido así desde siempre y los esfuerzos de la buena política han consistido en evitar los enfrentamientos mediante el diálogo y la transacción. La filosofía moral, por su parte, ha intentado desarrollar la afirmación positiva de la identidad individual y colectiva. El cristianismo como fe, y la cultura que genera, es la concepción más completa en la relación armónica entre la individualidad de la identidad y el bien colectivo, la comunidad.

Hoy una nueva guerra de identidades amenaza gravemente a nuestras sociedades, a la civilización occidental entera. Se trata de las identidades que proclaman y teorizan la perspectiva de género. A pesar de los conflictos que existen entre ellas, sus contradicciones, especialmente entre la identidad del feminismo de género y el de las identidades de género, poseen un común denominador: están basadas en el conflicto, en la guerra cultural, en la dominación política, en la negación de toda razón al que discrepe de ellas. Su feminismo no se basa tanto en la defensa de los derechos de la mujer como en la descalificación del hombre, y en este sentido dinamita en lo más profundo la relación entre ambos. Es digno de análisis, por ejemplo, su empeño en descalificar a lo que se ha llamado amor romántico. Todo lo que no sean sus presupuestos es machismo. De la misma manera que para las identidades LGBTI+ todo lo que no sea aceptar su supremacismo significa fobia.

Ya no defienden derechos, sino pura y llanamente su supremacía. El derecho a poseer mayores derechos, y para ello no paran en barras, desde la supresión de un principio básico en el estado de derecho como es el de la presunción de inocencia, sustituido por la inversión de la carga de la prueba, por la cual el denunciado es quien debe demostrar que es inocente. Este ha sido uno de los caballos de batalla de las distintas leyes en beneficio de las identidades de género que han desarrollado las autonomías.

Como también es un desequilibrio judicial la forma como la ley contra la violencia de género trata a los hombres. Otro gran desequilibrio que existe es el de la atención y medios dedicados a la violencia contra las mujeres en el seno de la relación familiar, y la nula atención a otra violencia contra personas más indefensas, que también se realiza en el mismo ámbito familiar y que afecta a menores y ancianos.

Ahora uno de los campos de batalla en la hegemonía que persiguen será la escuela. Ya lo ha definido Irene Montero: la escuela se ha de imponer a los padres, tradúzcase por gobierno del Estado, para evitar que familias «machistas y homófobas», es decir, quienes discrepamos, impidamos que sus hijos sean formateados de acuerdo con aquella ideología.

Es del todo imposible construir una buena sociedad, en realidad una sociedad, bajo este enfrentamiento que se sitúa en el plano más básico de la convivencia, el de unas personas con otras, el de los hombres y mujeres. El feminismo de género y las identidades de género LGBTI+ que con tanto entusiasmo defienden liberales y socialdemócratas, es incompatible con la democracia liberal, porque esta no soporta en su seno un conflicto tan radical entre identidades, sean las que sean. Por eso, a largo de la historia, cuando se han producido este tipo de conflictos, la democracia representativa y sus instituciones han entrado en crisis. Por otra parte, esta dinámica que está anclada en la propia oficialidad del Estado, porque no son outsiders del poder sino todo lo contrario, y esto es lo que la hace realmente peligrosa, desencadena reacciones en sentido opuesto, fruto de la oposición a este desvarío, y a la incapacidad de los partidos tradicionales para responder a ello.

La raíz del problema de la crisis de la democracia en Occidente radica precisamente en la responsabilidad que en ella tiene la perspectiva de género y su forja de estas identidades conflictivas, belicosas, agresivas, nada democráticas, que los discursos de Pablo Iglesias e Irene Montero exponen ejemplarmente en el caso de España. Es en base a esta defensa de la democracia parlamentaria y del Estado de derecho que hay que erradicar como nefastas las identidades de género que se basan en el conflicto, de la misma manera que se descalifica cualquier otra formulación identitaria que funcione bajo la misma lógica del enfrentamiento y la propagación del odio hacia los otros.

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