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¿Somos todos hijos de Dios?

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El tiempo de Cuaresma es oración, limosna y ayuno. También tiempo para la consideración de las cuestiones centrales de nuestra fe. Y una de ellas responde a este interrogante esencial. ¿Somos todos hijos de Dios?

Una expresión muy extendida dice «todos somos hijos de Dios» para subrayar la dignidad humana y el amor universal del Creador. Es cierto que todos somos criaturas suyas, hechos a su imagen (Gn 1,27) y que Dios ama el mundo entero (Jn 3,16). San Pablo, predicando en Atenas a los paganos, reconoce esta paternidad creadora: «En él vivimos, nos movemos y somos; tal y como algunos de vuestros poetas han dicho: «Porque somos también de su estirpe»» (Hechos 17,28).

Sin embargo, la Biblia establece una distinción clara entre la paternidad por creación y la filiación por adopción. Sólo quien recibe a Jesús y cree en su nombre recibe «el poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). «Todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Ga 3,26). Quienes son guiados por el Espíritu «son hijos de Dios» y claman «Abba, ¡Padre!», convirtiéndose en herederos y coherederos con Cristo (Rm 8,14-17).

Quienes no creen son calificados de «hijos de ira por naturaleza» (Ef 2,3) y, en algunos casos, Jesús les dice que tienen «el diablo por padre» (Jn 8,44; cf. 1Jn 3,10). No es que Dios deje de amarlos, sino que la relación filial íntima, con herencia y comunión, es fruto de la regeneración y la adopción por gracia.

Esta distinción no niega la igualdad esencial de todas las personas ni la oferta universal de salvación. Al contrario, remarca que Dios, siendo Padre de todos por creación, quiere hacernos hijos suyos por redención. La controversia, pues, no es sobre el amor de Dios, sino sobre cómo entramos en su familia: no por nacimiento natural, sino por nacimiento de arriba (Jn 3,3-7).

Todos somos obra de sus manos; solo algunos, por fe, se convierten en hijos en el sentido pleno y eterno. Esta verdad fundamenta tanto la dignidad humana como la urgencia del Evangelio.

Desde la antropología bíblica, todo ser humano ha sido creado por Dios. Por tanto, en sentido ontológico-creacional, todos dependen de Dios como Padre. Aquí “hijos” significa criaturas queridas por Dios y en este sentido: sí, todos son hijos de Dios.

Pero hay la filiación en sentido salvífico (gracia y fe). En el Nuevo Testamento, especialmente en la teología paulina y joánica, aparece otro nivel. Aquí “hijos” no significa simplemente criaturas, sino participación en la vida divina, adopción en Cristo y comunión sobrenatural con Dios.  En este sentido, no todos son hijos en plenitud, sino quienes están incorporados a Cristo.

Desde el punto de vista católico, hay una filiación natural (por creación) universal, fundamento de la dignidad humana y base de la doctrina social de la Iglesia.

Y una filiación adoptiva (por gracia) que se recibe por la gracia santificante. Ordinariamente, por el bautismo, y se vive en fe y caridad.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la filiación divina es un don que nos hace partícipes de la naturaleza divina (cf. 2 Pedro 1,4).

La discusión aparece cuando se usa el término “hijos de Dios” sin precisar el nivel.

Una postura inclusiva amplia afirma que todos somos hijos de Dios sin distinción. El problema es que tal creencia diluye el significado de la redención y la necesidad de la gracia. Hay en el otro extremo una postura restrictiva estricta, que sostiene que solo quienes creen explícitamente son hijos de Dios, que ignora la voluntad salvífica universal y la acción misteriosa.

La  síntesis católica equilibra ambas posiciones: Todos son hijos de Dios por creación. Solo son hijos en sentido pleno quienes participan de la filiación en Cristo. Dios quiere que todos lleguen a esa filiación plena, que mantiene simultáneamente la universalidad de la dignidad humana, la singularidad salvífica de Jesucristo y la necesidad de la gracia, que se hace presente, por ejemplo, en una película de actualidad: «Los domingos».

Solo quienes reciben la gracia en Cristo lo son por adopción sobrenatural. En este contexto flota siempre la cuestión: ¿puede alguien ser hijo adoptivo sin fe explícita? Sí, si participa realmente de la gracia de Cristo, aunque no lo conozca conceptualmente. Pero esto no es la norma, sino una posibilidad extraordinaria dentro de la economía ordinaria de la fe y los sacramentos. Es, en todo caso, la constatación de que la gracia de Dios surge cuando y donde Él quiere, pero que este no es el camino escogido por Él para que la alcancemos, sino un acontecimiento extraordinario, como lo es el milagro, que no destruye las leyes de la naturaleza, sino que las confirma, como toda excepción confirma a la regla.

Dios quiere que todos lleguen a ser hijos en plenitud, pero la filiación es don, no automatismo. #Evangelio #Salvación Compartir en X

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