La vida consiste en una lucha por llegar a ser aquello que estamos «llamados a ser». Una lucha ilusionada por lo mejor, que nos da alegría. Si uno se deja vencer por la “horizontal”, ya ha perdido…
Y la ilusión es primordial para no envejecer el alma. Necesitamos sueños y metas concretas a las que aspirar, y «estrellas» que iluminen y orienten en el camino. Y esa lucha por dar lo mejor de uno nos torna la vida entusiasmante. No damos las cosas por supuestas, ni por perdidas.
Cuando uno se esfuerza por ideales nobles, valora más las cosas y, como consecuencia, está contento y agradecido. Las buenas acciones dan contenido que enriquece la vida y nos hacen sentir dichosos. Los que piensan en los demás tienen algo que atrae, y apetece imitarles en eso.
La alegría está muy relacionada con el optimismo y el buen humor, y muchas veces tiene sus raíces en forma de sacrificio gustoso por quienes amamos. Especialmente en familia. No se trata tanto de tener sentimientos en ese sentido, sino de una actitud ante la vida. Uno se puede entrenar en pequeñas cosas, como sonreír, ver lo bueno de una situación, ser amable, descubrir talentos, pensar detalles para alegrar… De ese modo, cada persona «se hace» optimista y alegre, pensando en los que le rodean.
Y tantas veces esa dicha es consecuencia de una vida plena, con sentido, por intentar adquirir virtudes que ayudan a ser mejores: atentos, afables, empáticos, serviciales, generosos, trabajadores, leales…, y otras que dejo a tu imaginación.
Porque las verdaderas virtudes no son tristes, ni pesadas, ni algo antiguo o arduo, sino amablemente alegres… Son «fuerza», que eso significan, en nuestro caminar. Y la alegría debe ser parte integrante del camino. Anima, hace ver la vida en positivo, da energía y aporta una personalidad atrayente y capaz de querer a los otros.
Cada persona necesita ese cariño para ser ella misma, y poder mejorar. Lo propio de una persona es amar: para eso ha sido creada. Y en ello encuentra la felicidad, señalan grandes humanistas. Con palabras de T. Melendo, la felicidad es directamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras. El pensar en los seres queridos siempre es motivador, alegra y da sentido a cuanto hacemos. Y da fuerza para vivir.
Algo que siempre ayuda es tener una visión trascendente de la vida: da perspectiva, incluso en medio de las dificultades, aportando más relieve y colorido. La persona se trasciende a sí misma, y ahí encuentra sentido y propósito. Porque, la alegría es algo hondo que llega a las profundidades del ser, a la esencia de la persona, aunque en la superficie haya contrariedades, sufrimiento, y a veces tempestades…
Un sabio decía que cada hogar, cada familia, debe ser un remanso de paz en el que, por encima de esas contrariedades, se perciba un cariño hondo que da seguridad a cualquier edad. Y es fruto de esa visión con más perspectiva y relieve, que aporta un sentido singular a la vida, en relación con los demás.
Saber ver lo bueno, tanto de las personas como de las circunstancias alegra el alma, facilita las relaciones personales y anima. Y nos hace buenos amigos: leales, comprensivos, optimistas. Mucho más importante en el trato en pareja, origen de todas las otras relaciones.
Necesitamos una actitud optimista para comenzar y recomenzar, convertir imposibles en posibles, y dar lo mejor de uno. Aprovechar para hacer buen ambiente: que todos se sientan queridos.
Me viene a la imaginación un autor, C.S. Lewis, y su libro: «Cautivado por la alegría», que te recomiendo. Cuenta su vida desde niño, con su hermano Warnie, su búsqueda de belleza, y ya un poco mayor, gracias a sus amigos, encuentra esa alegría indescriptible que sana su corazón. Y quedará sorprendido y «deslumbrado» por ella…, como le ocurriera a G.K. Chesterton.
En su infancia tuvo mucho dolor. Cáncer y más cáncer… Habla de la serenidad que le transmitía la familia de su madre, pues eran de carácter más constante, con paz y con alegría honda. Sin embargo, la familia de su padre era muy distinta: con altibajos emocionales… Muy emotivos y fluctuantes, poco dados a ser felices…
Su madre falleció cuando él tenía 9-10 años, y toda esa serenidad se fue a pique. Además, llegó a tener un poco de recelo respecto a las emociones de su padre, con esos vaivenes menos controlables. Y su corazón quedó lesionado con tanto dolor. Añoraba el cariño alegre y sereno de su madre. Con ella, desapareció de su vida la felicidad estable, la serena alegría y la seguridad. Luego tendría chispazos o «ráfagas» de alegría, como él las llamaba, pero no esa antigua serenidad que le sustentaba y daba paz.
Y se preguntaba: ¿cómo lograr esa alegría, sentir esas ráfagas de nuevo? Y buscaba rehacer esas circunstancias… Pero no daba resultado. Pensó que sería mejor buscar la causa de ello. Creyó que la alegría sería consecuencia de algo distinto, y es lo que tenía que buscar. Sentía en su interior un anhelo insaciable que no le abandonaba. Quizá por ahí la encontrara…
Más tarde, en 1926, conocería en Oxford a J.R.R. Tolkien, y serán buenos amigos. Se animarán mutuamente en sus creaciones literarias. En unos años, Lewis, ateo desde su juventud, empieza a crecer en Dios, y a los años se convierte al cristianismo, en parte conversando sobre la verdad de los mitos con sus amigos. Será esa “llave maestra” que abre todas las puertas…
A raíz de esos pensamientos escribe “Mero cristianismo” y sus “Crónicas de Narnia”, a la vez que Tolkien va desarrollando su legendario de historias conmovedoras. Ambos se van relatando y “criticando” sus historias creativas tan espectaculares en el grupo literario de amigos de “Los Inklings”. Y se rescatan de tanto sufrimiento, en torno a una chimenea…
Más adelante, conoce a una escritora y poetisa americana, Helen Joy Gresham, muy sensible y aguda, que sabía muy bien sus escritos, y se enamoran. Ella le cuestiona todo, le enseña a repensar las cosas. Y le ayuda a querer: a poner el corazón en las personas aunque pudiera sufrir; a tener en cuenta la experiencia personal y los sentimientos. Es decir, a dejarse querer, a pesar de hacerse vulnerable. Al tiempo se casan: corría el año 1956…
Pero pronto llega de nuevo el dolor. Te lo cuento en mi blog en: «Tierras de penumbra”. Sin embargo, a pesar del sufrimiento, en medio de él, hasta el último momento disfrutaron de estar juntos, estrechamente unidos, y quererse…
Las dificultades de la vida, que nos «acrisolan», también son ingredientes de la felicidad. El dolor señala al amor: la otra cara de la «moneda». Duele porque se ama, pero siempre compensa y sana.
Y el buen humor, complemento de la alegría, para no tomarse demasiado en serio a uno mismo, quitar hierro a asuntos peliagudos, amortiguar golpes o consolar con una broma. Un poco de humildad nos ayuda a ser sencillos, a querer y a disfrutar de la vida.
Decía el gran Viktor Frankl: «En el momento en el que el paciente se ríe, aunque tan solo sea internamente, habrá ganado el juego. Porque esa risa, como todo sentido del humor, crea distanciamiento, hace que se distancie de su neurosis».
Nunca darse por perdidos… Siempre se puede volver a tener paz y alegría en el corazón. ¡No te rindas! Siempre puede haber belleza, alegría y, por tanto, esperanza.
optimistaseducando.blogspot.com
La alegría está muy relacionada con el optimismo y el buen humor, y muchas veces tiene sus raíces en forma de sacrificio gustoso por quienes amamos. Compartir en X






