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¿Tú, cristiano, por qué no te casas? (II)

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Justificábamos esta pregunta (¿tú, cristiano, por qué no te casas?) en el artículo anterior, en primer lugar por el vertiginoso descenso de matrimonios sacramentales frente a otras formas de convivencia. Basta solo con un poquito de coherencia para que cueste mucho trabajo entender que un cristiano renuncie a la mejor fórmula de unión para sustituirla por otras que objetivamente tienen menor entidad. Subjetivamente cada cual sabe con qué modalidad de convivencia se siente más cómodo y sabrá también cuáles son sus preferencias, pero objetivamente, el matrimonio católico garantiza más y mejor la unión que el resto de fórmulas porque, por su naturaleza, exige la mayor estabilidad posible, que es la que se deriva de su carácter indisoluble. Precisamente por eso la unión en la Iglesia es mucho más exigente que la que se realiza ante las instituciones civiles y más aún que la unión no regularizada.

Se podrá objetar que tampoco es que los matrimonios celebrados por la Iglesia, quizá la mayoría, sean modelos de perfección ni garantía frente a las dificultades de la vida en común, incluido el riesgo de ruptura. Cierto. Pero para poner ejemplos de algo, no procede echar mano de sus antiejemplos. A Judas no se le puede poner como ejemplo de fidelidad a Jesucristo porque no es ejemplo sino antiejemplo. Y antiejemplos son cualesquiera de los matrimonios que rompen su compromiso contraído ante el altar. (En los casos concretos, cada parte implicada en una ruptura podrá ser culpable o inocente, eso solo Dios lo sabe, pero de ningún modo podrán ser modelos de cumplimiento quienes hayan actuado en contra de la palabra dada de forma tan solemne). Por otra parte, el hecho de que haya un elevado número de antiejemplos, de matrimonios marcados por la violencia y de divorcios entre quienes se casaron por la Iglesia, no dice nada en contra del sacramento, que de suyo sigue tan siendo santo, indisoluble y eficaz como lo ha sido siempre. Esas deficiencias de quienes sí dicen es de las personas que las padecen y las hacen padecer.

Hay que señalar, además, que el elevado número de rupturas y desarreglos con que se pretende demostrar el escaso valor del matrimonio católico, no son solo expresión de fracasos individuales. Son también, y en buena medida, efecto (y a la vez causa) de la acción sistemática de una inmensa red de agentes que desde hace años se vienen empleando en una guerra sin tregua, abierta y durísima contra el sacramento del matrimonio. No constituyen ejército organizado, ni están entrenados de manera expresa para esta guerra, ni la mayoría de ellos son conscientes de que son personal de tropa de tal ejército; para militar en él es suficiente con no tener más criterios que los socialmente dominantes. Esta carencia de criterios propios convierte a los individuos en altavoces de repetición de modos de pensar y actuar que otros (estos sí, conscientemente) han sembrado previamente.

Se trata de una guerra que se libra tanto en frentes de batalla difusos como en otros perfectamente definidos y reconocibles. Entre los primeros están el cine, la literatura y el amplio abanico de los medios de comunicación: programas y series de televisión, tertulias y programas del corazón, redes sociales y personas influyentes del escenario social (toda una caterva de ‘influencers’ del mundo del espectáculo, del deporte, de la moda y en general de la cultura contemporánea). Entre los segundos hay que citar, necesariamente, a los legisladores por acción y a muchos de los agentes de pastoral de la Iglesia (clero y laicos) de las últimas décadas, por omisión.

No faltan excepciones testimoniales dignas de ser elogiadas, pero las excepciones no crean atmósfera, las excepciones vienen a ser oasis en el desierto, burbujas de aire respirable en medio de la atmósfera que nos envuelve. Y esa atmósfera está viciada. En el aire que se respira en este ecosistema social que son nuestros ambientes actuales, el matrimonio sacramental no ha desaparecido, pero sí ha adquirido condición de antigualla. No ha perdido su valor objetivo, pero sí su rango social de primacía como mejor opción y ha perdido también entre los jóvenes la estimación subjetiva de su valía.

En segundo lugar, está el problema de la falta de fertilidad. Socialmente hemos apostado por una fecundidad tan rácana que raya en la esterilidad. Podemos esconder el problema bajo etiquetas demográficas o limar sus aristas con eufemismos que no hieran nuestra sensibilidad, pero no por eso el problema deja de ser el que es, un problema, dicho sea de paso, cuyas raíces vienen de atrás. Puede que ahora parezca más grave porque empezamos a sufrir las consecuencias de nuestra infertilidad, pero el rechazo a la natalidad empezó a gestarse hace décadas, con la universalización de los medios anticonceptivos y ha seguido creciendo y agigantándose con la hipererotización de la vida social, la mal llamada “educación sexual” (que de educación no tiene nada), las diversas leyes sobre el divorcio, la despenalización del aborto y en los últimos años con las arremetidas de la ideología de género en las cuales estamos inmersos en este momento.

Cabría pensar que ahora que empezamos a padecer los graves efectos de la falta de natalidad, tomaremos medidas para revertir esta situación de esterilidad. Pues tampoco. Estamos viviendo una situación absurda, carente de la más mínima racionalidad. Buscamos soluciones que son ajenas al problema (inmigración, eutanasia), sin afrontarlo directamente (tal vez por el miedo que da mirarse al espejo cuando uno sabe que está gravemente enfermo). Nos dolemos de ser víctimas de nuestros errores lanzando quejas al aire (manifestaciones contra la despoblación, por ejemplo), como si no tuviéramos ninguna responsabilidad en ser lo que somos, una sociedad antivida. Y para mayor abundamiento en esta situación absurda, seguimos dando coces contra el aguijón, es decir, seguimos fomentando cada vez con más ahínco ese estilo de vida infecundo cuyas consecuencias ya empiezan a ser acuciantes. Ante este panorama deprimente por apagamiento y falta de vida, el matrimonio católico aparece como el verdadero y único antídoto para traer vida, en condiciones dignas, a este desierto demográfico. No porque sea este un problema católico, que no lo es, pero con esta bandera de la natalidad ocurre como con tantas otras (educación, ancianidad, marginación…), que, o la enarbolamos los católicos, o se queda tirada por tierra. Por este motivo se justifica también el matrimonio católico; no me refiero al matrimonio que formalmente es católico porque las nupcias tengan lugar dentro de una iglesia, sino al matrimonio católico de verdad, indisoluble y prolífico, basado en el amor entre un hombre y una mujer, celosos de la gracia recibida y dispuestos a vivir de ella y del esfuerzo, ambas cosas imprescindibles para poder entregar su vida en el día a día, cada uno por el otro y ambos por los hijos y por los padres ancianos de la familia, si fuera el caso.

En tercer lugar, esta pregunta que da título al artículo: “¿Tú, cristiano, por qué no te casas?”, está justificada porque el cuidado y el acompañamiento de los bautizados en su despertar vocacional es tarea propia de la Madre Iglesia. Esto sí nos incumbe solo a los católicos. Dentro de nuestros ambientes, a nadie le extraña que se traten de suscitar vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa. De hecho, hay días señalados para rezar por ello y para hacer campañas en torno a esas vocaciones. En cambio no existen (y si existen se hacen notar muy poco) llamadas a fomentar el despertar de la vocación matrimonial y a cuidarla debidamente una vez despierta. ¿Quién ha visto publicidad en las parroquias animando a los jóvenes a descubrir el matrimonio cristiano y a formarse debidamente para él? ¿Alguien sabe de campañas de promoción del matrimonio en los lugares de concentración de jóvenes, por ejemplo, en los colegios y universidades de la Iglesia? Acostumbrados estamos a encontrarnos carteles y anuncios de lo más variado animando a la oración y a la acción, a distintos tipos de voluntariado, a que los jóvenes participen en peregrinaciones, campamentos, excursiones, en cursos variados, en jornadas vocacionales de cara al seminario, etc. Nada que decir en contra de todo esto, al contrario, es para congratularse, pero ¿qué hay del matrimonio?, ¿o es que esa vocación no necesita de atención, y bien esmerada, por cierto? Doy por descontado que en el ámbito doméstico sí se cuidan estos aspectos. Es obvio que en las familias cristianas que tienen algún grado de compromiso para con su fe, sí se valora y se educa para el matrimonio sacramental, pero o bien ese sector de familias es minoritario, o bien la presión exterior antisacramento es más fuerte que la acción interior a su favor, o bien serán otras las causas, pero los datos son incontestables.

 

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