Es sabido, primero por la tradición y posteriormente confirmado por varias fuentes historiográficas, de la presencia de San Pablo en España, la provincia romana de Hispania en aquellos tiempos. De hecho, en el capítulo 15 de su carta a los romanos Saulo manifiesta de forma explícita sus planes para ir a España.
Sabiendo esto, hay una duda que me asalta desde hace años de manera agresivamente impetuosa:
¿Qué tenían los habitantes de Hispania que no tuvieran los de Salónica, Éfeso, Roma o Corinto, por ejemplo? En concreto, ¿por qué San Pablo no escribió una carta a los celtíberos?
No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que el santo apóstol de Tarso escribió, al menos, una carta a los celtíberos y que por algún motivo o no llego a su destino o no se llegó a enviar.
Las hipótesis son muy variadas y parecería una frivolidad histórica fabular al respecto, por lo que basaré mi hipótesis sólo en los hechos conocidos y que, además, se mantienen hasta la fecha.
Saulo de Tarso encontró en los rudos celtíberos a personas duras, generosas, guerreras y apasionadas. Autoindulgentes y jaraneros. Amantes de francachelas y festejos sin necesidad de motivo aparente, cosa que al austero santo debió conmover y, en parte, también asustar. También debió encontrar envidias y pendencias de todo jaez, cosa que entristeció, con certeza, al antiguo fariseo, que seguro que sintió una mezcla de rechazo y de magnética atracción por esta tierra y por los extraños efectos telúricos que sobre sus habitantes ejerce.
Aquella primera carta que, repito, imagino como certeza, comenzaría con los habituales saludos amables a las comunidades cristianas, pequeñas, incipientes, no muy bien avenidas, la verdad sea dicha. Muy posiblemente continuaba con los comentarios a aquellos rasgos que le habían turbado y que les alejaba del mensaje evangélico que llevaba años difundiendo entre los gentiles. Y precisamente aquellos rasgos es sobre los que se explayó sin disimular ninguno de ellos, aunque sin mucha fe en la posible redención de aquellos arrogantes peninsulares que le miraban con curiosidad y no poca sorna cuando le escuchaban hablar de un hombre que había resucitado …
De todos los rasgos abiertamente contrarios a la nueva Fe, fue sin duda la autoindulgencia lo que más sorprendió y, en cierta forma indignó a Pablo.
La costumbre atrabiliaria y sorprendente de los celtíberos, que aún mantenemos, de apellidar a sus pecados de forma que pasaran de ser un defecto grave a tornarse en virtud cuasi heroica, le sacaba de sus casillas orientales.
Así vio cómo los jefes de tribu, comerciantes y sacerdotes de los antiguos ritos paganos luchaban por alcanzar mayor grado de poder, mayores beneficios ante otros grupos. Y, para su sorpresa, a esa extraordinaria fuerza negativa que les movía le llamaban … Honrada ambición.
También pudo apreciar cómo, en las muchas pendencias, juicios y declaraciones de todo tipo ante el usurpador fisco romano o ante los gobernantes venidos del Lacio, engañaban y faltaban de manera reiterada y descarada a la verdad. Y, para su indignación, a esta pulsión abiertamente veriticida llamaban … Mentiras piadosas.
Pero si había algún defecto que adornaba feamente a los celtíberos era la tremenda insatisfacción que sentían ante los éxitos ajenos o ante las posesiones de los vecinos. Un sentimiento terriblemente autodestructor que generaba muchos problemas en las pequeñas comunidades hasta llegar a destruirlas por completo, deshaciendo para siempre la unidad del grupo. Y a este terrible defecto, llamaban … Sana envidia.
Sin ánimo de ser exhaustivo, finalmente habría citado otra de las sorprendentes características de estos muchachos de Hispania. Me refiero a la forma de ver a los diferentes, a los vecinos, a los forasteros, incluido, por supuesto, al mismo Saulo, a quien nunca dejaron de mirar con suspicacia, con arrogante displicencia. Y, para nueva sorpresa de Pablo, comprobó cómo a esta intolerante forma de tratar a los demás llamaban … Tolerancia cero.
Saulo rasgó varios de los papiros que iban destinados a las comunidades de Hispania ante la sensación de que nada se podría hacer con esos bárbaros. Pensó mucho en aquel divino traspiés damasceno que cambió su vida para siempre, mientras recordaba que anteriormente, unos veinte años antes, Santiago, el Hijo del Trueno, amigo personal del carpintero de Nazaret, estuvo por estas tierras y alcanzó un alto grado de santa desesperación, según le dijeron, ante la actitud de los celtíberos, hasta tal punto que tuvo que venir a Zaragoza, a visitarle en carne mortal, la mismísima Virgen María para darle ánimos en su difícil misión. Se ve que no era nada nuevo lo que él percibía con creciente y santo pesimismo.
Muchos más apóstoles han ido llegando de todas partes para intentar cristianizar a los pobladores de esta piel de toro. Testarudos y brutos, capaces de lo mejor y de lo peor, en algún momento que no sabría ubicar en el calendario, abrimos el oído a la Gracia.
Divertidos y valientes. Sacrificados y arrogantes. Así seguimos, dos milenios después, tras haber evangelizado un continente y medio, después de haber regado los altares con mártires y santos. Esta tierra de reyes y guerreros que usaron la espada para sajar a herejes y abencerrajes, pero también para, dándole la vuelta, catequizar con la cruz de la empuñadura se avino al cambio. Pero un cambio relativo.
Poco hemos cambiado en estos miles de años. Seguimos ufanándonos de nuestra sana envidia, nuestra honrada ambición o nuestras mentiras piadosas, mientras sometemos a los demás a eso, tan peculiar, llamado tolerancia cero.
Por mi parte, mantengo la fundada esperanza de que, en alguna cueva levantina o en los sedimentos de cualquier obra aparezcan trozos de un papiro que, con los inconfundibles rasgos de la caligrafía griega de San Pablo, apóstol de los gentiles, esto que les he contado, sin el más mínimo atisbo de duda, puedan comprobarlo ustedes, amigos lectores, hombres de poca fe.






