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Unos Padres de la Iglesia muy vivos de la mano de Newman

Ediciones Encuentro sigue publicando a Newman, lo que siempre es una gran noticia. Si está cansado de gritos, descalificaciones y juicios precipitados e insolventes, Newman es su refugio. Porque el santo inglés es exactamente lo contrario: sólido, erudito, preciso, y al mismo tiempo apasionante. No lo vamos a negar: a veces no es precisamente una lectura ligera y exige una atención que en nuestros tiempos, cuando la lectura se ve constantemente interrumpida por el enésimo whastapp, no es frecuente.

Pero tranquilos, porque La Iglesia de los Padres está al alcance de (casi) todo el mundo. En realidad, este libro, escrito en la misma época que Los arrianos del siglo IV, recoge una serie de textos, mucho más divulgativos, sobre diferentes figuras, Padres de la Iglesia que fueron decisivos para la Iglesia entre los siglos III y V. Estos textos fueron publicados por Newman bajo el título de Historical Sketches y estaban dirigidos a un público que quería conocer por primera vez el fascinante y turbulento mundo de los primeros siglos del cristianismo.

Han pasado ya unos años desde entonces pero el libro sigue siendo una manera magnífica de entrar en contacto con los Padres de la Iglesia, que lejos de presentarse de un modo académico e inaccesible se nos hacen muy cercanos. No estamos aquí ante un tratado de teología, sino ante unos retratos, unos perfiles biográficos muchas veces cruzados, en los que aparece todo el contexto en que vivían estos personajes, contexto de disputas teológicas, eclesiásticas, pero también políticas e incluso aquellos aspectos más cotidianos de la vida.

Newman se fija en concreto en Basilio, Gregorio, Antonio (el fundador del monacato), Agustín, la Virgen Demetria, Martín y Máximo. Personajes cuyas vidas han tenido una enorme repercusión para nuestra fe y que además tuvieron contacto en muchas ocasiones, relaciones de amistad y confianza, pero también disputas, desavenencias, malentendidos (que pueden ocurrir entre santos, sin que por ello lo dejen de ser).

La época, aunque lejana, es de una intensidad tremenda, que dicho sea de paso, confirma aquello del nihil novum sub sole. Escribe Newman: “Los desórdenes de la Cristiandad eran tan grandes en la época de Basilio que un espectador incrédulo hubiera podido vaticinar la ruina total de la Iglesia”. Y más adelante, explica que en Antioquía había “cuatro obispos a la vez en una misma sede, dos de ellos herejes, el tercero reconocido por Roma y Alejandría, sólo el cuarto en comunión con san Basilio”. Esto escribe san Basilio de su propio puño y letra: “Las doctrinas religiosas han sido trastocadas, las reglas de la Iglesia se hallan en un estado de confusión, los puestos de autoridad los han ocupado ambiciosos sin principios y la principal sede episcopal se otorga como recompensa a la impiedad”.

La obra está escrita con una prosa limpia, que los ya lectores de Newman reconocerán sin dificultad, y está jalonada de numerosos fragmentos de cartas de los protagonistas. Es cierto que las cartas rompen el ritmo de la narración, pero creo que aportan un valor especial a la obra. Es como escuchar directamente a aquellos gigantes de la fe y, sin lugar a dudas, la lectura directa de estas cartas aporta veracidad al libro. Como cuando Basilio escribe: “les expuse las cosas razonablemente. Y me conceden todo en mi presencia, pero en cuanto se van, vuelven a sus propias opiniones”.

Hay anécdotas magníficas. Enfrentado a un magistrado que le amenaza con arrancarle el hígado, san Basilio, asceta de cuerpo escuálido, le responde: “Gracias por la intención: en el sitio donde está ahora ha sido una molestia no pequeña”. Por cierto, san Basilio tuvo tres hermanos santos y su madre también subió a los altares. ¡Menuda familia!

La vida de san Antonio es también para leer y no creer. ¡Vivió 105 años! Nació en tiempos de Orígenes y Gregorio Taumaturgo y murió cuando Atanasio luchaba contra el emperador Constancio, san Juan Crisóstomo tenía nueve años y san Agustín dos. Tras veinte años viviendo retirado del mundo, muchos que querían imitar su vida deciden echar abajo la puerta para pedirle consejo: “quedaron sorprendidos del poco cambio que había tenido su apariencia,… era el mismo que habían conocido antes de su retiro”.

Un último apunte: es curioso ver cómo en estos retratos, escritos cuando Newman era anglicano (anglocatólico, hubiera precisado él), se dejan caer diversas puyas contra el protestantismo, con quien no duda en polemizar este joven Newman.

Fans de Newman, interesados en conocer el periodo turbulento de los primeros siglos de la Iglesia, todos aquellos que quieran conocer a los Padres para alimentar su vida interior y evitar el desaliento… este libro de Newman no os decepcionará.

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