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Ucrania, Rusia y Europa. La respuesta a las crisis que no encuentran respuesta

La invasión de Ucrania, que podía haberse evitado hace años, la respuesta unánime del liberalismo de la globalización, unido una vez más en su alianza objetiva con el progresismo de género, construye  una respuesta que nos va conduciendo a la catástrofe en Europa. Es una respuesta dogmática y cada vez más totalitaria, y que no permite el más mínimo resquicio a la reflexión sobre los hechos y sus consecuencias. Es una manifestación más de como la ideología dominante, la cultura de la desvinculación, basada en consagrar la satisfacción del deseo, especialmente en el plano sexual, pero también en el del dinero y el poder, en el único hiperbien de nuestras sociedades, ante lo que todo lo demás, estado de derecho, tradición, cultura, historia, realidad, vínculos personales, hecho y práctica religiosa, deben ceder, adaptarse o ser cancelados.  Ahora a las crisis que ya sufríamos se le añade la nueva guerra, que  Biden pretende transformar en un nuevo Afganistán ruso, y cuyo horizonte para Europa, si no conseguimos cambiarlo es en el mejor de los caso la estanflación y, en el peor, un conflicto nuclear. Esto es lo que hay,

Vivimos bajo el régimen de un nuevo imperio globalizado fruto de la alianza objetiva entre el liberalismo de las élites mundiales, del 1% y sus entornos, y el progresismo de género, que comparten la cultura común de la desvinculación.

Para dominarnos nos excitan, nos conmueven, juegan con sensibilidades y sentimientos, porque es a esto a lo que ha quedado reducido el hombre europeo, que ahora ya no sabe siquiera si es varón o mujer porque cualquiera puede ser tal cosa con solo desearlo.

En este Imperium el antiguo revolucionario Tony Negri plantea una alternativa que nunca ha cuajado. Era lógico que así haya resultado, partiendo de los presupuestos trascedentes de la “Ciudad de Dios”, ejercidos desde de la secularidad. Había la idea pero no la fuerza para realizarla

Pero sí que hay una respuesta que no tenga la guerra como instrumento, que permita abordar todas las crisis y responderlas. Como seres humanos no podemos negarnos el derecho a la esperanza.

¿Por dónde empezar?

La respuesta es clara. Por el  tensor cristiano  y  su eje vertebrador del mensaje cristiano: El Sermón de la Montaña y las Bienaventuranzas, amor en estado puro que se cierne sobre quienes más lo necesitan. Jesús nos presenta la visión de Dios, no la de los hombres; de ahí nuestra dificultad para recibirla. También es una advertencia. Nos anuncia una nueva existencia que requiere asumir que este mundo material no solo no es el único, sino que no se basta a sí mismo, y que tiene  siempre una componente de mal. Hay que extraer conclusiones de esta afirmación.

El Sermón de la Montaña nos muestra, como dice Guardini en El Señor, que esta vida no es buena, y alerta a los instalados en el mundo, al establishment, de su terrible error. Solo los que sienten la insatisfacción del mundo pueden ser bienaventurados. Pero, atención, porque ninguna situación terrena es garantía ante Dios. Sufrir la injusticia, la pobreza, la persecución, el rechazo, todas estas adversidades, no nos justifican por sí, porque pueden dar lugar a respuestas codiciosas, resentidas, violentas, irritadas, embrutecidas, desesperadas. Y a la inversa, puede suceder que quienes tienen bien resueltas sus necesidades materiales puedan producirse con gran libertad de espíritu y favorecer el bien.

En todo esto la fe es lo decisivo, y la humildad que ella requiere y el amor que se necesita para alimentarla con hechos. La fe, sí, como cuando los publicanos y los enfermos, al menos ellos tenían fe en Jesús. ¿Quién tiene fe? Muéstrame tu fe que yo te mostraré mis obras, dice el apóstol.

Y es que la apetencia humana, incluso el sentido común, reclama riqueza, abundancia, placer, poder, fama. Pues, atención, ¡no es esto lo que proclama el Sermón de la Montaña! Pero tampoco lo asumen quienes lo encuentran “natural”, “lo aceptan fácilmente de palabra sin vivirlo en espíritu y hechos. Ni lo hacen los mediocres que encubren con él su debilidad ante el mundo, ni los mezquinos beatos que con su pretexto desprecian todo lo que de bueno hay en el mundo”, nos advierte Guardini, en El Señor (1963; 133).

Entonces, ¿Quiénes cumplen? Solo quienes se han esforzado en reconocer “lo que es bueno y grande en este mundo y que, al mismo tiempo, viven plenamente conscientes de que todo ello incorpora errores, falsedades y es pequeño e impuro, ante lo que viene de la grandeza de Dios”. Quienes  entiende que, a pesar de todos sus progresos, el mundo nunca se basta a sí mismo, porque en último término, e incluso con la mejor de las intenciones, hace muchas veces el mal. Esto es lo que hay que reconocer. Esto es lo que hay que afrontar y superar “hasta que en la ciudad no habrá más mal, ni daño” (Ap. 22,3). “Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lámpara, ni de luz de sol, porque el Señor Dios los iluminará y reinaraánpor los siglos de los siglos” (Ap. 22,5)

Pero, en estas condiciones, ¿Cómo el cristianismo puede guiar el acto humano, la acción pública? Pues presentándose como lo que es: como respuesta a la necesidad de sentido último de la humanidad y de cada persona. Se trata de guiar la acción, personal y colectiva, por este horizonte, que constituye el tensor de nuestras vidas. Se trata de convertir a la multitud cristiana en sujeto político que, como dice San Agustín en la Ciudad de Dios, es necesario realizar partiendo de la interpolación histórica de la Encarnación de Jesucristo. Una multitud que en algunos asume el Cristo de la fe, que en otros más, afirma su sentido en el cristianismo como ética y cultura moral, y aun mas allá, en todos los seres humanos que se reconocen  en la ley natural, que surgida de Dios orienta sus vidas

Porque la historia se explica a través de Él. Todo esto nos dota de la perspectiva requerida para la acción.

Como San Agustín ante el decadente Imperio romano, hemos de saber que ante el nuevo Imperium, ningún grupo o facción podrá constituirse en su alternativa. Solo una comunidad universal, la comunidad cristiana, puede lograrlo, si bien para ello no puede perder el sentido del telos trascendente, el fin por el cual actuamos.

La visión agustiniana, junto al testimonio franciscano, la razón tomista y los modelos que expresan la doctrina social  de la Iglesia, permiten articular la respuesta alternativa

La visión agustiniana, junto al testimonio franciscano, la razón tomista y los modelos que expresan la doctrina social  de la Iglesia, permiten articular la respuesta alternativa al actual Imperio cosmopolita de la Gran Alianza, que impera en nuestro país y en Occidente, y rige en gran medida los destinos del mundo. Esta es la única salida de la espiral de crisis de este siglo que nos conduce a la catástrofe, cuya principales víctimas son los más jóvenes.

La crítica al fundamentalismo de la Gran Alianza liberal progresista solo puede ser relevante si abraza un determinado nivel teológico y filosófico, de lo contrario, el poder del mercado y del deseo arrollan toda alternativa política.

La respuesta a todo ello debe contar también con la sencillez y la alegría. Esta combinación entre proyecto político y alegría es necesaria porque en ningún caso nuestra crítica, que es radical porque va a las raíces de las causas, debe convertirse en una ideología de la catástrofe. Esto exige la capacidad para reconocer los signos de los tiempos, no tanto para condenarlos, como para superarlos en bien de la propia humanidad. Ningún ser humano es enemigo; el enemigo es el mal, las estructuras del mal y de pecado.  De ahí la necesidad de no dejarnos arrastrar por el odio, la irritación o la violencia.

El tensor cristiano señala la necesidad de ponerse al lado de los más pobres, oprimidos y marginados, que hoy son también aquellos a los que se les impide nacer, los ancianos almacenados en residencias, abandonados material o socialmente hasta practicar con ellos el homicidio del cribaje hospitalario, los descartados a los que se persigue “liberar” mediante la eutanasia, que no es un “nuevo derecho” -siempre el mal se reviste de bien-, porque no puede serlo cuando la opción se limita a sufrir o morir a manos del médico.

Son los nuevos oprimidos, los trabajadores precarios, los falsos autónomos, las familias numerosas, quienes cargan sobre sus espaldas el pago de las pensiones de todos aquellos que no quieren tener descendencia, pero sí cobrar la jubilación. Están oprimidos los padres que deben batallar por la educación de sus hijos en la escuela porque no les reconocen el derecho a su educación moral y religiosa, mientras el Estado limita su papel al de simples proveedores materiales de los hijos.

Y las mujeres embarazadas que el estado ha abandonado, huérfanas de toda ayuda, empujadas al aborto. Y los parados de larga duración, los jóvenes sin trabajo y sin esperanza, la de todos aquellos trabajadores cuya labor no les permite confiar en su futuro, convirtiendo la vida  en una continua incertidumbre, los niños en cuyos hogares no disponen de suficientes recursos educativos, condenados al fracaso por un sistema escolar incapaz de atenderlos, todos los adictos y dependientes de múltiples esclavitudes, de la pornografía, la prostitución, de todo tipo de droga química y alienación electrónica.

Y aquellos que deben laborar cada día sin contar nada más que consigo mismos, los trabajadores y empresarios autónomos, la multitud de emprendedores, emparedados entre las grandes empresas y una administración que los observa como un estorbo, y el que tiene un negocio, abierto y cerrado bajo normas contra la pandemia que van y vienen y nadie comprende. Nos cierran y nos encierran, pero no nos compensan, aunque los presupuestos públicos siguen otorgando recursos a cuestiones secundarias o a prioridades ideológicas.

Y los agricultores y el mundo rural, y el país vaciado y abandonado, y la ciudad densa de viviendas hacinadas que ha pagado más que nadie su peaje ante el Covid-19. Y los que carecen de una vivienda digna o están obligados a vivir en la calle. Y los niños y adolescentes, pizarras vírgenes, donde el mal de las estructuras de pecado está escribiendo ya su destino esclavizado. Y los propios cristianos, ciudadanos de segunda, avergonzados de su superstición, que deben callar en la vida pública sobre su visión del mundo y las razones que lo avalan, porque, falsamente, ilegalmente, les han dicho que lo suyo solo se puede decir entre las cuatro paredes de su casa o de una iglesia.

Es también una batalla contra la irresponsabilidad, la venalidad y la corrupción política.

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