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23/06/2008 - La firma
Estructuras justas
La Iglesia debe defender la dignidad del hombre, sin ligarse a partidos ni ideologías
Francesc Torralba Roselló

Las estructuras justas son una condición ineludible para una orden justo de la sociedad.

Tanto el capitalismo como el marxismo-leninismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común.

Esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto.

 Mucho antes de la caída del muro de Berlín, ya se había constatado reiteradamente que tal sistema no sólo no había garantizado más justicia para todos, sino que había abierto graves abismos de poder y de distribución de las riquezas.

El sistema marxista-leninista, donde se ha instaurado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las personas.

Y lo mismo vemos en Occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad de la persona con sutiles espejismos de felicidad.

La reacción instintiva al leninismo en los países del área soviética les ha conducido a un capitalismo salvaje que genera todavía más injusticia.

Las estructuras justas son una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal.

Estas estructuras tienen que buscarse y elaborarse a la luz de estos valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas.

Existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de vitar.

En situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse -con los compromisos indispensables- el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

Dar la oportunidad a todos los ciudadanos en materia de educación, de salud, de trabajo, de bienestar mínimo es una exigencia fundamental para poder desarrollar dignamente la libre ciudadanía.

El desarrollo de estas estructuras justas no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad -con la pluralidad de las distintas posiciones políticas si cabe- es esencial en la tradición cristiana.

Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, perdería su independencia, identificándose con una única vía política y con posiciones parcialmente opinables. No forma parte de sus finalidades descender a la arena política, pero si velar para que se defienda la sublime dignidad de la persona humana en cualquier sociedad.

Vivimos en un contexto social y cultural, donde se tiende a considerar la esfera religiosa como algo exclusivamente privado, ajena a los problemas sociales, culturales, educativos y medioambientales.

Una cosa es identificarse con una determinada opción política y, otra, muy distinta, es generar discurso a favor de la dignidad humana.

La iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido.

Sólo siendo independiente, puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político.

Es legítimo proponer ideas y criterios a la sociedad. Cuánto más creíbles y razonadas sean estas propuestas, más garantías de éxito social va a tener la iglesia.

Con todo, su misión no es gustar, sino formar conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas. He aquí la vocación fundamental de la iglesia en este sector.

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