¿Qué necesita nuestra sociedad?

El mundo necesita Santos. Sí, santos que cambien el mundo desde una vida entregada sin esperar nada a cambio

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Este no es uno de esos habituales artículos que presentan los numerosos problemas de nuestro mundo. Estoy cansado de leer y leer acerca de los problemas de nuestra sociedad sin escuchar ninguna solución. Tras mucho reflexionar y darle cientos de vueltas a mi cabeza, pretendo, de una manera sencilla y breve, dar las soluciones, o mejor dicho LA SOLUCIÓN, a los problemas que aquejan a nuestro mundo actual.

No penséis que he realizado una profunda investigación o un gran estudio económico, político o social para llegar a una gran solución. Soy una persona más, igual que tú, en medio de todas las demás, que no se conforma con que el mundo siga en la misma dirección actual. Estamos inmersos en una civilización que desprecia la vida humana (mata a los niños en el seno materno, elimina a los ancianos, bombardea por motivos económicos poblaciones enteras, permite que la gente muera por carecer de las necesidades básicas…) o al menos mira para otro lado ante tales aberraciones que sufren tantas y tantas personas de nuestro planeta. Parece que nos hemos insensibilizado con el mal del prójimo. Ahora grita más fuerte que nunca ese refrán español de “ande yo caliente, ríase la gente”. Lo único que me importa soy yo y lo mío. Todo lo ajeno me es interesante en el momento que a mí me repercuta de una forma u otra. Y eso hace que nos acerquemos a un momento de autodestrucción, pues los mismos seres humanos ideamos nuevas tecnologías y leyes que atentan contra la vida de otros seres humanos y, por qué no, contra la nuestra propia. Basta ya de lamentarnos de lo mal que está el mundo y pongamos una solución inmediatamente.

Quizá el mundo necesite nuevos políticos que nos conduzcan a un mundo mejor; quizá necesitemos un desarrollo tecnológico que haga mucho más sostenible el planeta; quizá necesitemos nuevos legisladores que descubran las verdaderas leyes justas para todos; quizá necesitemos esto y mucho más. Pero con todo ello creo que no se va a solucionar de una forma perfecta. No, porque necesitamos de algo mucho más importante que todo lo anterior. Y es aquí donde presento, sin tapujos y en solo cuatro palabras, mi solución a la sociedad actual: el mundo necesita SANTOS. Sí, santos que cambien el mundo desde una vida entregada sin esperar nada a cambio; santos que muestren el amor desinteresado; santos que ofrezcan una sonrisa a un mundo entristecido; santos que infundan esperanza en un mundo profundamente desesperanzado.

Seguro que son muchas las veces que has oído, igual que yo, que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, pero no acabamos de creernos esta afirmación. La Iglesia es verdaderamente el cuerpo de Cristo, ¡un cuerpo vivo!, y esto es lo que no acabamos de comprender. Cuando nuestro cuerpo está enfermo, él solo, sin que nosotros le mandemos hacer nada, de forma natural, comienza a fabricar anticuerpos para defenderse del mal que le aqueja. El cuerpo de Cristo actúa de forma parecida: cuando el mal aqueja a la sociedad, él empieza a generar anticuerpos a los que llamamos santos. Pero no lo hace sin contar con nuestra libertad. Él nos invita a ser anticuerpos de nuestra sociedad y nosotros tenemos la libertad de responder afirmativa o negativamente. Cristo no quiere hacer nada atropellando nuestra libertad. Es por ello que cuando en la historia reinaba la opulencia y el lujo, el cuerpo de Cristo generaba grandes santos pobres como san Francisco de Asís; cuando la sociedad se aquejaba de egoísmo individualista, el cuerpo de Cristo generaba una santa Madre Teresa de Calcuta que entregaba su vida gratuitamente por los más pobres; cuando la sociedad comenzaba a despreciar la vida humana, el cuerpo de Cristo generaba a san Juan Pablo II, gran defensor de la vida humana. Es así como funciona. Es fácil de comprender pero es verdad que “estamos ciegos” para verlo.

Seguro que son muchas las veces que has leído vidas u obras de santos y te has quedado fascinado por lo que han hecho en sus vidas. Y seguro también que, en lo más profundo de tu corazón, surgía una cierta “envidia sana” que te hacía desear algo semejante a lo que había vivido dicho santo. A todos nos gustaría ser santos, por lo menos a mí muchísimo, pero no estamos dispuestos a serlo. Cuando hablamos de santidad lo hacemos con la boca pequeña pues sabemos, aunque no lo reconozcamos, que la santidad conlleva una entrega total de nuestra vida. Cristo nos pregunta: “¿Quieres ser santo?”, y nosotros respondemos “por supuesto”. Pero cuando nos indica que para ser santo debes entregarte por entero, empiezan a surgir serias dudas en nuestro interior. Es un sí pero no. Santo sí pero sin renunciar a ciertas comodidades; santo sí pero conservando mis cosas; santo sí pero con límites. La santidad es un auténtico “salto sin red” hacia una vida más plena, verdadera y feliz. La vida del santo es la auténtica vida humana. ¿Acaso no es más humano defender la vida que acabar con ella? ¿Acaso no es más humano tender la mano al prójimo que mirar para otro lado ante sus necesidades? ¿Acaso no es más humano transmitir alegría que pesimismo? Ser santos es ser personas plenas y verdaderas y eso es lo que nuestra sociedad ha perdido y necesita con urgencia. Es como cuando nos mandan un mensaje pidiendo con urgencia un tipo de sangre concreto. Es el momento de actuar: sí ahora, no luego.

Ya tenemos la solución al problema pues… pongamos manos a la obra. El mundo necesita santos. Pero esto no puede parecerte algo lejano. ¡El mundo te necesita a ti!, te grita para que digas un sí sin reservas a la santidad. Puede parecernos una empresa complicada pero no lo es tanto, y mira que te lo dice uno que ve lejanísimo el poder llegar a la santidad con tantos errores y pecados encima. Pero Dios no le pone complicado el camino al que decide entregarse por entero. Dios se deshace cuando escucha en uno de sus hijos sus deseos de santidad. Nosotros solos no podemos, pero Él lo puede todo. Es como cuando un niño le pide a su padre que le deje a él reparar el coche. El padre sabe que no puede hacerlo solo pero le agrada que esté dispuesto a intentarlo. Dios no puede negar la santidad a los que la deseen verdaderamente. Es un regalo a recibir que debemos pedir con insistencia. Si quieres, como yo lo deseo cada día, que este mundo cambie su rumbo hacia un lugar mejor, en el que todo se renueve y reine una auténtica felicidad humana, es preciso que digas sí a ser un auténtico anticuerpo del cuerpo de Cristo. Ciertamente es una decisión complicada y muy valiente en medio de cientos de personas que desprecian esa forma de vida. Pero recuerda que un santo molesta. Sí, te lo repito, molesta muchísimo, y por ello los han matado en muchos momentos de la historia. Un santo es la sal que escuece en las grandes heridas abiertas de la humanidad; un santo es la luz que deslumbra y ciega al que camina en tinieblas. Es por ello que es molesto. Es la persona que ama en vez de odiar, que entrega lo suyo en vez de envidiar lo de los demás, que sonríe y camina alegre pese al sufrimiento, que tiene palabras de aliento y esperanza para con los demás, que piensa en los demás antes que en él mismo, que no llama a nada suyo, que se siente hijo de un Padre común que le asiste y le dota cada día de todo lo necesario…

Sí, querido amigo, eso es un santo. Y deseo serlo con todo mi corazón. Es la única solución que veo a este mundo desorientado. Cuando la sociedad parece resquebrajarse, destruirse a sí misma y entrar en una profunda tristeza, necesitamos edificadores de paz, amor y alegría. Ser santo es la gran solución que nuestro mundo ansía. Y un santo, si me permites la expresión, es contagioso. Los grandes santos han suscitado otros grandes santos a su alrededor. No podemos permitirnos esperar ni un minuto más sin actuar.

El mundo te necesita: ¡Ponte en camino de la santidad!

Publicado en el blog FILOSOFÍA LESTONNAC del  COLEGIO COMPAÑIA DE MARÍA. TALAVERA DE LA REINA
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