Virgen Madre, hija de tu Hijo (y II)

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«A la mitad del viaje de nuestra vida / me encontré en una selva oscura / por haberme apartado del camino recto» (Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura / ché la diritta via era smarrita). Así comienza el primer canto de la Divina Comedia, la obra maestra del gran poeta italiano Dante Alighieri (Florencia, 1265 – Ravena, 1321). La Divina Comedia, escrita en un lenguaje alegórico, describe el largo itinerario del autor, acompañado por el espíritu de Virgilio, poeta de la antigüedad romana (momento filosófico), a través del Infierno, el Purgatorio, donde encontrará a Beatriz (Beatrice di Folco Portinari), el gran amor de Dante, hasta llegar al Paraíso acompañado por ella (momento teológico). Allí, gracias a la intercesión de la Virgen María, Dante podrá contemplar a Dios. El fin último de esta obra, con palabras del mismo Dante, consiste en «remover a los hombres en esta vida de un estado de miseria y llevarlos a un estado de felicidad».

La Divina Comedia está estructurada en tres grandes partes, que corresponden al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. La primera parte contiene 34 largos cantos y las dos restantes 33. «Virgen Madre, hija de tu Hijo», es el primer verso del último canto del Paraíso, de extraordinaria belleza, con el que se cierra esta magnífica obra de la literatura italiana y universal. Los versos 1-39 constituyen la oración que san Bernardo, gran devoto de la Virgen María, y acompañante de Dante en la última parte del largo camino que emprendió (momento místico), dirige a la Virgen para pedirle que interceda con el fin de que el poeta florentino pueda ver a Dios.

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Virgen Madre, hija de tu Hijo,                                   

El canto se abre con dos antítesis que en María son sólo aparentes, porque en Ella virginidad y maternidad no se contraponen, sino que se subliman. El sentido de este misterio es accesible solamente a través de la fe y del nexo que une todos los misterios de la vida de Jesús, desde su Encarnación hasta la Pascua. La virginidad de María es fecunda, porque Ella es la Madre de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En consecuencia, María es verdaderamente Madre de Dios. Por otro lado, la Virgen María es también hija de Dios; de ahí que Dante pueda llamarla con toda razón “hija de tu Hijo”.

                                   la más humilde al par que la más alta de todas las criaturas,

                                   término fijo de la voluntad eterna.

En la Virgen humildad y altura tampoco son antitéticos. María es la más alta de todas las criaturas precisamente porque es la más humilde. Ella es el punto fijo establecido desde la eternidad por el diseño de Dios para que se cumpla la salvación de la humanidad con la venida del Hijo, por medio del “sí” de la Virgen.

                                   Tu eres la que has ennoblecido

                                   de tal suerte la humana naturaleza,

                                   que su Hacedor no se desdeñó de convertirse en su propia obra.

 La Virgen ha ennoblecido de tal modo la naturaleza humana, que su Creador no rechazó hacerse criatura suya, es decir, hijo del hombre a través de María.

                                   En tu seno se inflamó el amor

                                   cuyo calor ha hecho germinar

                                   esta flor en la paz eterna.

 

En el vientre de María se reavivó el amor de Dios hacia el hombre, por cuyo ardor ha brotado la flor en la paz del paraíso, fruto de la redención. La Encarnación de Cristo abre de nuevo al hombre las puertas del Cielo.

                                    Eres aquí para nosotros meridiano Sol de caridad,

                                   y abajo para los mortales

                                   vivo manantial de esperanza.

 La Virgen es una ardiente llama de amor en el Cielo, y en la tierra una perenne fuente de esperanza.

                                   Eres tan grande, Señora, y tanto vales,

                                   que todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti,

                                   quiere que su deseo vuele sin alas.

Quien no recurre a María para alcanzar un favor divino no puede satisfacer su deseo, porque está privado de las solas alas que pueden conducirlo a Dios.

                                   Tu benignidad no sólo socorre al que te implora,

                                   sino que muchas veces

                                   se anticipa espontáneamente a la súplica.

La Virgen no sólo atiende a quienes acuden a su intercesión, sino que incluso se adelanta espontáneamente en muchas ocasiones a las peticiones de sus hijos.

                                   En ti se reúnen la misericordia,

                                   la piedad, la magnificencia

                                   y todo cuanto bueno existe en la criatura.

María expresa el rostro misericordioso de Dios, la piedad, la virtud de obrar grandes cosas, la gloria que proviene de haberlas obrado, y todo lo que hay de bueno en la criatura humana. Misericordia y esperanza han sostenido a Dante, hombre y poeta, durante el largo camino de salvación que ha recorrido.

                                   Este, pues, que desde la más profunda laguna

                                   del Universo hasta aquí ha visto una a una

                                   todas las existencias espirituales,

                                   te suplica le concedas la gracia de adquirir tal virtud,

                                   que pueda elevarse con los ojos

                                   hasta la salud suprema.

San Bernardo presenta a la Virgen la petición concreta en favor de Dante (“Este”), que desde la profundidad del abismo infernal, que coincide con el centro de la tierra, ha contemplado todas las condiciones de los espíritus en los tres reinos ultramundanos (Infierno, Purgatorio y Paraíso). Esta gracia es poder ver a Dios, la “salud suprema”, es decir, la salvación.

                                   Y yo, que nunca he deseado ver más de lo que deseo que él vea,

                                   te dirijo todos mis ruegos

                                   y te suplico que no sean vanos,

                                   a fin de que disipes con los tuyos todas las nieblas

                                   procedentes de su condición mortal,

                                   de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer.

 Aquello que san Bernardo desea que vea Dante es lo mismo que ansía ver él: a Dios. Para ello pide a María que haga desaparecer todo impedimento que proviene de la naturaleza humana, mortal, para que el poeta florentino pueda contemplar a Dios, el “sumo placer”, la perfecta bienaventuranza.

                                   Te ruego, además,

                                   ¡oh Reina que puedes cuanto quieres!,

                                   que conserves puros sus afectos después de tanto ver,

                                   que tu custodia triunfe de los impulsos de las pasiones humanas:

                                   mira a Beatriz cómo junta sus manos con todos los bienaventurados

                                   para unir sus plegarias a las mías.

María, que es Reina y Madre, puede obtener de Dios aquello que quiere. San Bernardo pide por último a la Virgen que conserve puros, lejos del mal, los sentimientos de Dante después de haber visto tanto: el Infierno, el Purgatorio, el Cielo, y a Dios mismo. Le pide también que vigile los movimientos de las pasiones humanas. La oración de san Bernardo termina con la petición a la Virgen que mire a Beatriz, que es nombrada por última vez en la Divina Comedia, quien, junto a todos los santos, cumple su misión de guiar a Dante a la salvación con su plegaria. La oración a María del último canto de la Divina Comenda es para Dante y, a la vez, para cada uno de nosotros. La Virgen, con su amor misericordioso, remueve los obstáculos que nos impiden gozar del encuentro con Dios.

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