En un tiempo marcado por la fragmentación social, la caída de la productividad, la desconfianza institucional y la crisis de sentido del propio capitalismo, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) reaparece no como una reliquia moral, sino como la concepción más integral disponible para pensar la economía y la sociedad. Su diagnóstico de fondo —la centralidad de la persona, la primacía de la comunidad, la función social de la economía y el arraigo ético de las instituciones— coincide sorprendentemente con los desarrollos más avanzados de la economía institucional contemporánea.
Sin embargo, la DSI arrastra un punto débil estructural: su dificultad para traducirse en criterios operativos, en instrumentos de política pública y en diseño institucional efectivo. No falla su antropología; falla, con frecuencia, su implementación. El objetivo de este artículo es mostrar cómo ese déficit puede superarse articulando la DSI con marcos analíticos sólidos de teoría económica —en particular, la Nueva Economía Institucional— que permitan pasar del principio moral a la medida concreta.
Capital moral: el cimiento invisible de toda economía funcional
La DSI ha insistido siempre en que no existe economía neutral: toda organización productiva presupone una antropología moral. En lenguaje económico contemporáneo, ese sustrato se denomina capital moral: el conjunto de normas, valores y virtudes compartidas que hacen posible la cooperación sin vigilancia permanente.
Autores como Jonathan Haidt han mostrado desde la psicología social cómo los sistemas morales generan cohesión y confianza. Desde la economía, Oliver Williamson o Francis Fukuyama han subrayado que los contratos solo funcionan cuando existe un suelo ético previo.
Dicho en términos técnicos: el capital moral permite resolver el dilema del prisionero. Allí donde hay confianza, los costes de transacción se desploman; donde no la hay, el mercado y el Estado se vuelven caros, rígidos e ineficientes. Esta intuición está plenamente alineada con la DSI, que siempre ha advertido que la ley no puede sustituir indefinidamente a la virtud.
La economía como antropología: familia, capital humano y sentido
La economía dominante ha operado durante décadas con un Homo economicus: individuo racional, maximizador y aislado. Frente a ello, tanto la DSI como economistas contemporáneos proponen un humano social, relacional y moralmente situado.
El capital humano —competencias, conocimientos, habilidades— no nace en el mercado, sino en la familia. Es ahí donde se adquieren las llamadas habilidades no cognitivas: autocontrol, empatía, resiliencia, capacidad de cooperación. Cuando la familia falla, el capital humano que llega al mercado de trabajo es estructuralmente defectuoso, por más títulos que acumule.
Aquí emerge una paradoja central: el modelo neoclásico trata el capital humano como un input aislado, mientras que la experiencia empírica muestra que el capital humano es estéril sin capital social. La DSI lo ha formulado siempre en términos de bien común; la economía institucional lo confirma empíricamente.
Nueva Economía Institucional: traducir la DSI a lenguaje operativo
La Nueva Economía Institucional (NEI) —con autores como Douglas North, Coase o Williamson— ofrece el puente técnico que la DSI necesita para superar su problema de implementación.
Instituciones formales e informales
Las instituciones son “las reglas del juego”. Las informales (costumbres, códigos morales, hábitos) constituyen el capital moral y social; las formales (leyes, regulaciones) intentan codificar ese sustrato. Cuando las primeras se erosionan, las segundas se hipertrofian. El resultado es conocido: burocracia defensiva, litigiosidad y desconfianza generalizada.
Administración pública y costes de transacción
Una sociedad con alto capital moral internaliza la vigilancia. No necesita un abogado por contrato ni un inspector por ciudadano. En cambio, cuando el Estado intenta sustituir la confianza por reglas exhaustivas, se convierte en una máquina de costes de transacción que asfixia la iniciativa local. La DSI habla de subsidiariedad; la NEI demuestra por qué es eficiente.
El modelo Collier–NEI: capital moral y productividad real
El economista Paul Collier ha llevado esta convergencia a su máxima expresión. Su evolución intelectual —de la macroeconomía del desarrollo a la economía moral de la identidad— muestra que la productividad depende menos de la tecnología que de la calidad de las relaciones humanas.
La Productividad Total de los Factores (PTF), ese residuo que la teoría estándar no sabe explicar, puede reinterpretarse como capital moral y social en acción. Donde hay confianza, identidad compartida y redes estables, la innovación fluye, las empresas crecen y el talento se queda. Donde no, la energía social se disipa en conflicto, rentismo y burocracia.
Evidencia empírica: cuando el capital moral se convierte en PTF
Los ejemplos clásicos confirman esta tesis. El cooperativismo de Mondragón o los distritos industriales de Emilia-Romaña muestran cómo una identidad compartida reduce drásticamente los costes de transacción. La reciprocidad sustituye al contrato; la pertenencia, a la vigilancia.
En contraste, regiones inundadas de subvenciones, pero carentes de capital moral sufren búsqueda de rentas, fuga de cerebros y estancamiento productivo. El dinero llega; el desarrollo no.
Conclusión: de la visión moral a la arquitectura institucional
La Doctrina Social de la Iglesia no fracasa por exceso de idealismo, sino por falta de traducción institucional. Su concepción integral de la persona, la familia y la comunidad es hoy más necesaria que nunca. La economía contemporánea —cuando abandona el reduccionismo— confirma empíricamente sus intuiciones fundamentales.
El desafío es claro: convertir capital moral en diseño institucional, subsidiariedad en arquitectura administrativa, bien común en incentivos concretos. La NEI y autores como Collier ofrecen las herramientas técnicas para hacerlo. Sin esa mediación, la DSI corre el riesgo de quedar en exhortación; con ella, puede convertirse en la alternativa integral que el capitalismo necesita para no autodestruirse.
Y la clave es unir una política familiar integral con las políticas de productividad y no tanto como elementos aislados, sino como una visión estratégica articulada.
La Doctrina Social de la Iglesia arrastra un punto débil estructural: su dificultad para traducirse en criterios operativos, en instrumentos de política pública y en diseño institucional efectivo #DSI Compartir en X









