En cada jornada, en cada entrevista, siempre me preguntan cuáles son las dificultades para educar hoy. Y yo hoy, después de la gala de los Premios Goya, quiero hablar de las facilidades.
Porque esta es la edad del currículum. Y el currículum, cuando está inflado, acaba cayendo por su propio peso.
Llevamos años escuchando que vosotros sois los que domináis la cultura. Los que marcáis el tono. Los que decidís qué es moderno, qué es aceptable, qué es respetable. Sois vosotros quienes habéis escrito en vuestro currículum que domináis el lenguaje de la tolerancia. Que habláis con soltura el idioma del respeto. Que sois expertos en inclusión. Lo habéis puesto en grande. En negrita. Como competencia principal.
Y, sin embargo, cuando se trata de un católico, ese dominio desaparece. Ayer, con Silvia Abril sobre el escenario, volvió a verse. La ironía siempre apunta en la misma dirección. La caricatura tiene siempre el mismo destinatario. La burla resulta legítima si el objeto es la fe católica. Presionáis. Ridiculizáis. Degradáis. Y todo eso lo hacéis mientras seguís presumiendo de hablar el idioma del respeto.
Eso es mentir en el currículum.
Si realmente dominarais el lenguaje de la tolerancia, no necesitaríais humillar al que piensa distinto. Si realmente hablarais con fluidez el idioma del respeto, no lo olvidaríais cuando el interlocutor es creyente. Si realmente fuerais inclusivos, no excluiríais con tanta facilidad a quien no comparte vuestro marco ideológico.
Pero sois vosotros quienes hoy domináis la cultura. Los que ocupáis los escenarios. Los que repartís etiquetas. Los que decidís quién está dentro y quién debe ser señalado. Y sois vosotros quienes habéis inflado el currículum.
Habéis escrito que sois referentes morales. Que defendéis a los vulnerables. Que combatís el odio. Y, sin embargo, cuando el objeto de vuestra crítica es un católico, el estándar cambia. Entonces sí se puede ridiculizar. Entonces sí se puede despreciar. Entonces el respeto deja de ser obligatorio.
Eso no es coherencia. Eso es un currículum maquillado.
Mientras tanto, en mi casa, mis hijos me ven caer. Ven que no siempre estoy a la altura de lo que enseño. Ven que tengo que pedir perdón. Ven que necesito confesarme. Yo no les he dicho que soy experta en virtud. No he puesto en mi currículum que domino perfectamente los diez mandamientos. Les he dicho que intento vivirlos. Que lucho. Que a veces fracaso y vuelvo a empezar.
En esta edad del currículum, esa diferencia es abismal.
Porque los jóvenes no son tontos mi querida Silvia. Buscan verdad. Y cuando miran vuestro currículum —ese que proclama tolerancia, respeto, inclusión— y luego observan cómo tratáis públicamente a quienes profesan la fe católica, detectan la incoherencia. Ven la distancia entre lo que afirmáis dominar y lo que realmente practicáis.
Y la mentira en el currículum, tarde o temprano, se paga.
Podéis seguir dominando los focos. Podéis seguir ocupando los escenarios. Podéis seguir repitiendo que sois los auténticos hablantes del idioma del respeto. Pero si ese idioma solo lo habláis con quien os aplaude, entonces no lo domináis. Lo habéis escrito en el currículum, pero no lo habéis aprendido.
Y los jóvenes que buscan la verdad no se quedan con el currículum inflado. No se quedan con quien presume de competencias que no ejerce. Se quedan con quien reconoce sus límites pero no falsea sus credenciales morales.
Por eso digo que esta sociedad me lo pone fácil. Porque en la edad del currículum, la incoherencia es pública. Y cuando has mentido en el currículum… nadie te contrata.








