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¿Derecho a morir dignamente?

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Hace algo menos de un año salió a la luz pública el caso de Luis Acebal, un sacerdote que dejó de serlo y más tarde decidió recurrir a la ley de eutanasia para procurar su muerte. Uno de esos casos que las asociaciones que luchan por el derecho a una muerte digna toman como bandera de su batalla.

Uno de los medios que se hizo eco de la historia fue el periódico El Mundo, y, comentando ese artículo, escribí un breve ensayo que hoy comparto con mis lectores. Aunque se trata de un caso relativamente antiguo, la eutanasia es algo que sigue, y seguirá, ocupando nuestra actualidad, probablemente cada vez con más fuerza, debido al envejecimiento de la población.

Al leer esta historia me llaman la atención varias cosas. Por un lado, desde que se legalizó la eutanasia en España, se han recibido (son datos de diciembre de 2024) 1.515 solicitudes. ¿Cuántas historias como la de Luis Acebal hemos visto reflejadas en prensa? Quizá haya alguna más en la hemeroteca, pero seguro que se pueden contar con los dedos. Pero, si son ya cerca de 2.000 los fallecimientos debidos a esta causa, ¿por qué la historia de Luis Acebal?

Mi opinión es «porque vende». Se coge una historia, se la dota de una dosis de dramatismo y de una importante carga de manipulación emocional a través del lenguaje, y se presenta a la opinión pública, para que así vaya calando la idea de que la eutanasia es una práctica perfectamente aceptable, como lo puede ser hacerse una ortodoncia. No creo que sea casualidad la aparición de la asociación «Derecho a morir dignamente», una asociación que, lejos de luchar por el bienestar de las personas, se dedica a hacer una burda apología de la eutanasia, con gran carga ideológica, y para ello no tiene ningún tipo de escrúpulo a la hora de manipular casos como, por ejemplo, el de Ramón Sampedro.

En este caso, se hace hincapié en la condición de teólogo y filósofo de Luis, y recalca que fue sacerdote jesuita durante diez años, para luego volverse ateo. Esto añade, si cabe, más morbo a la historia. Se dice también que presidió una Asociación Pro Derechos Humanos, entiendo que para resaltar la eutanasia como un derecho más.

La historia es, por un lado, lacrimógena y sensiblera, sensacionalista; por otro, manipuladora. De hecho empieza señalando que a Luis, FELIZMENTE, no le quedan más que ocho horas de vida. Que la suya es una muerte elegida, deseada, solicitada, liberadora. Después, en un momento de la entrevista, nos cuenta que «Luis no es Luis por unos instantes», porque está teniendo una crisis muscular. Entonces, ¿Luis tampoco es Luis cuando duerme?

Por otro lado, parece que la historia nos estuviera vendiendo a un héroe. Su enfermedad no le permite vivir como a él le gustaría, y tiene la valentía de quitarse de en medio. Además, lo hace bien (una manipulación más): «Yo lo que quería era un veneno, pero un conocido me convenció para hacer las cosas bien».

Por lo que cuenta el artículo, parece que la eutanasia de Luis Acebal discurre dentro de los cauces legales. Una enfermedad grave e incurable, agravada, al menos según lo que el artículo cuenta, por un estado de ánimo depresivo («me fastidia no ser útil a la sociedad»; «yo quería vivir, pero no así»; «esto no sirve para nada»), que le lleva a solicitar la eutanasia y a reafirmarse a lo largo de todo el proceso. Otra cosa es, y eso no lo podemos juzgar mediante la lectura de este artículo, si la decisión fue realmente libre, si fue informado de las alternativas posibles (unos buenos cuidados paliativos), si fue manipulado por alguna persona (física o jurídica) para tomar su decisión…

Cuando Luis dice que eso no sirve para nada, que no hay razón para seguir viviendo debido a sus limitaciones, en el fondo está incurriendo en una filosofía utilitarista, que considera a la persona una suerte de instrumento que, cuando no es útil, se desecha. En el momento en el que valoramos la vida humana en función de la utilidad que esta tiene para la sociedad, estamos creando categorías de personas: los más útiles, los menos útiles, los inútiles. Y a los inútiles los eliminamos. ¿No era eso lo que hacían los nazis en los campos de concentración? Con esto no pretendo juzgar a Luis Acebal, pero sí señalar a una sociedad y a unos medios de comunicación que se valen de casos como estos para manipular las conciencias y para ganar batallas que, en el fondo, son batallas ideológicas.

Se utilizan también las declaraciones de Luis («yo he elegido; para mí será una experiencia de libertad») para enarbolar una bandera de falsa libertad. Elegir quitarse la vida no es un síntoma de libertad, sino más bien todo lo contrario. La libertad bien entendida no supone hacer con la vida, propia o ajena, lo que a uno le venga en gana, sino elegir el bien. Y el bien no lo dictan los parlamentos, las mayorías ni las modas, sino que está inscrito en la naturaleza de las personas; el bien nos viene dado a través de la ley natural. Por tanto, elegir algo que atenta contra la vida o contra la naturaleza humana no es un signo de libertad. Si acaso sería un signo de libertinaje, o de una libertad mal entendida.

Otra cosa que nos cuenta la historia sobre Luis es que dice que «yo quería un veneno, pero un conocido me convenció para hacer las cosas bien». Ya he comentado más arriba esta sentencia, pero, además, pienso que esto señala otra contradicción de nuestra sociedad de la doble moral. Por un lado, se legisla para legalizar la eutanasia y el suicidio asistido, pero por otro se hacen campañas contra el suicidio y se ocultan las estadísticas de los fallecimientos debidos a esa causa. El propio INE dice en su página web que, desde 1906 hasta 2006, se venían publicando estadísticas sobre suicidios. Desde 2007, esas estadísticas ya no se publican.

Y el Gobierno de España, sin ir más lejos, promueve una campaña con el nombre «Llama a la vida», facilitando el teléfono 024 como línea de atención a la conducta suicida, y con el lema «Hay muchas razones para seguir». ¿A qué responde esta contradicción? ¿Que yo no pueda colgarme de una encina o descerrajarme un tiro en las sienes, porque está mal visto, pero sí pueda solicitar a la Seguridad Social que me administre un cóctel de «medicamentos» que ponga fin a mi vida?

En cuanto a las consideraciones bioéticas que este caso me merecen, creo que ya, más o menos, están reflejadas en todo lo escrito hasta ahora. Pero, resumiendo, creo que hay una ley natural, inscrita en la naturaleza humana, una ley que no crea el hombre, sino que es descubierta por este por medio de la razón, y esa ley nos dice que tanto la vida humana como su dignidad ontológica, que es intrínseca a su naturaleza, son inviolables. Y que, por tanto, toda práctica que suponga acabar con la vida humana artificialmente y de forma deliberada es una práctica inhumana y que debería estar fuera de todo estado de derecho. Mucho menos se deben llamar derechos a este tipo de actuaciones.

El Gobierno de España promueve una campaña con el nombre «Llama a la vida», facilitando el teléfono 024 como línea de atención a la conducta suicida, y con el lema «Hay muchas razones para seguir». Compartir en X

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