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Revisando la historia con justicia

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Olga, Bianca, Wanda, tres menores que, según documentos, fueron seducidas y empujadas a relaciones cruzadas con adultos de su entorno intelectual.

No hablamos aquí de una trama financiera ni de un magnate americano, sino, de un círculo filosófico francés, donde profesores, referentes culturales y figuras admiradas cruzaron límites que jamás debieron cruzarse.

La historia recuerda inevitablemente el escándalo que rodea a Jeffrey Epstein. Escándalo dónde la verdad caminó despacio.

Durante años se movió en la sombra, protegida por influencias y silencios, hasta que terminó aflorando, como siempre, porque nada es más tozudo que la verdad.

Y cuando lo hizo, trajo consigo fotografías incómodas, amistades comprometidas y una cadena de nombres que generaron vergüenza pública. La indignación fue unánime. Nadie quiso aparecer salpicado de ese barro.

Más allá de la vergüenza, la indignación y el arrepentimiento son reacciones humanas comprensibles. Nadie quiere descubrir que estuvo cerca de un depredador sin saberlo.

Sin embargo, hay memorias históricas que parecen no haber pagado el mismo precio. Figuras convertidas en iconos culturales cuyas zonas oscuras permanecen, cuando menos, relativizadas.

Entre ellas aparece el nombre de Simone de Beauvoir. Simone de Beauvoir es referente del feminismo del siglo XX y autora del libro El segundo sexo. Mantuvo una relación intelectual y sentimental con Jean-Paul Sartre, marcada por un pacto de libertad sexual, en cuyo contexto varias de sus alumnas —entre ellas Bianca Lamblin, cuyo testimonio posterior resulta especialmente revelador— denunciaron haber sido seducidas y compartidas entre ambos filósofos cuando aún eran menores o muy jóvenes. La asimetría de poder era evidente: profesores admirados frente a alumnas en formación.

En 1977, en las páginas de Le Monde, Simone de Beauvoir firmó una petición que defendía la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores siempre que existiera consentimiento.

El texto, suscrito también por otros intelectuales franceses, cuestionaba la edad legal establecida y denunciaba lo que consideraban una injerencia del Estado en la vida privada. Aquella postura hoy resulta difícil de comprender. Entonces fue presentada como una defensa de la libertad: ¿por qué no ha pagado una factura Simone de Beauvoir por todo esto? ¿Por qué se la sigue considerando un referente?

Porque si el feminismo exige coherencia frente al abuso de poder, esa exigencia no debería tener excepciones.

No puede aplicarse solo cuando el agresor encaja en la imagen del enemigo evidente y diluirse cuando quien incurre en contradicciones forma parte del propio canon intelectual.

La autoridad moral no debería depender del prestigio, del contexto histórico o del capital simbólico acumulado. El feminismo nació, entre otras cosas, para denunciar las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, entre adultos y menores, entre figuras de autoridad y personas en situación de vulnerabilidad.

Si aceptamos que la asimetría invalida el consentimiento en muchos casos, entonces ese principio debe sostenerse siempre, incluso cuando incomoda revisar a referentes como Simone de Beauvoir.

Tal vez ha llegado el momento de asumir que también debe revisarse críticamente a quien durante décadas se ha presentado como cabeza y base teórica del feminismo contemporáneo. Porque un movimiento que aspira a transformar las estructuras de poder no puede permitirse dobles raseros.

La coherencia, al final, es la autoridad moral que no depende del prestigio, sino de la honestidad intelectual.

Instagram Mar Dorrio

 

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