La mano busca el bolsillo, aparece el teléfono y el pulgar despierta la pantalla.
Lo repetimos tantas veces al día que prácticamente ha dejado de parecernos un gesto. La conversación se detiene durante unos segundos, esperamos el ascensor, el semáforo tarda demasiado, alguien se levanta de la mesa para ir al baño o simplemente aparecen veinte segundos de nada.
No esperamos ninguna llamada importante. Pero lo miramos.
Hemos perdido progresivamente la capacidad de no estar haciendo nada.
El móvil no ha colonizado únicamente nuestro tiempo es peor ha ocupado sus intersticios. Se ha llevado consigo aquellos pequeños espacios muertos en los que antes mirábamos por una ventana, observábamos a alguien, pensábamos una tontería, recordábamos algo o sencillamente esperábamos. Ahora desbloqueamos.
La sociología puede explicar buena parte de este comportamiento. Erving Goffman habló de la «desatención cortés», ese delicado mecanismo mediante el cual reconocemos la existencia del desconocido sin invadirlo. En el metro, en un ascensor o en una sala de espera, el teléfono ha perfeccionado el procedimiento: mirar la pantalla significa más o menos «estoy aquí, pero no disponible».
Georg Simmel ya había observado a comienzos del siglo XX que el habitante de las grandes ciudades desarrolla una actitud blasé, una cierta indiferencia defensiva frente al bombardeo de estímulos. Necesitamos protegernos.
La paradoja es muy sorprendente pues buscamos refugio del exceso de estímulos precisamente en el aparato que más estímulos nos proporciona. Nos refugiamos del mundo entrando en otro mundo todavía más ruidoso.
Hay además una razón biológica. Robert Sapolsky ha explicado que la dopamina no funciona únicamente como respuesta ante la recompensa, sino especialmente ante su expectativa. Lo decisivo no es tanto encontrar algo interesante al desbloquear el teléfono como pensar que podría haberlo.
Atender significa demorarse. Es decir, mirar suficientemente una cosa como para permitir que esa cosa exista delante de nosotros sin reclamar inmediatamente otra. Permanecer junto a una persona sin comprobar mientras habla si alguien más nos reclama desde una pantalla.
Lo contrario tiene incluso nombre: phubbing, mezcla inglesa de phone y snubbing. Ocurre cuando ignoramos a quien tenemos delante para mirar el teléfono. Y resulta llamativo que el comportamiento sea contagioso. Tan es así que cuando una persona se siente ignorada durante una conversación porque su interlocutor consulta la pantalla, tiende también a refugiarse en la suya. La escena tiene algo de tragicómico.
Nunca habíamos tenido tantos medios para comunicarnos y quizá nunca había sido tan necesario recordar qué significa realmente estar presentes.
¡Qué cosas! El otro tiene la desagradable costumbre de no poder acelerarse, deslizarse hacia arriba ni cerrarse con una X. A veces, nos parece que habla demasiado despacio o que se repite; tiene silencios. Cuenta cosas que quizá no nos interesan. Y es que no está diseñado por un algoritmo para mantenernos entretenidos. Precisamente por eso es real.
Romano Guardini advirtió hace décadas que el exceso de impresiones podía deteriorar nuestra capacidad de ver verdaderamente. Lo que lleva a que vemos muchísimo, pero interiorizamos poco. El mundo pasa ante nosotros convertido en una sucesión interminable de fragmentos.
Por ello, el gran lujo de nuestro tiempo empieza a ser, entonces, la atención.
Ser capaz de terminar una conversación sin tocar el teléfono. O por ejemplo leer veinte páginas seguidas. Es más, esperar a alguien sin consultar nada, sentarse cinco minutos en silencio…
Hay una relación profunda entre silencio e interioridad. Una persona incapaz de permanecer consigo misma necesita que algo exterior la rescate continuamente de sí.
El problema del smartphone, por tanto, no consiste solamente en cuánto tiempo nos roba, sino en qué clase de seres humanos nos invita a convertirnos.
Porque es muy escalofriante pensar que mientras contemplábamos ansiosamente el espejo negro esperando que sucediera algo, la vida estaba ocurriendo justo delante de nosotros y no nos dábamos cuenta.





