En mi casa todavía hay libros. Muchos. A veces pienso que son uno de los pocos tesoros verdaderos que puede tener una familia. Pero también sé que no basta con tenerlos en las estanterías. Hay que abrirlos, leerlos, compartirlos, convertirlos en parte de la vida diaria.
Porque tarde o temprano llega la batalla contra el móvil, las redes sociales, TikTok, Netflix, YouTube y todo ese entretenimiento infinito que parece diseñado para ocupar la imaginación de nuestros hijos antes de que podamos llenarla nosotros. Con mis hijos aún no ha comenzado del todo esa batalla, pero ya se oyen, al otro lado de las montañas, las hordas bárbaras que vienen a robarme a mis hijos y a arrasar nuestras aldeas. Ellos tienen toda la tecnología de Silicon Valley y cantidades ingentes de dinero. Yo soy solo un padre pluriempleado que lucha por ver a sus hijos todas las horas posibles. Algo parecido a David, aunque con una honda cargada de libros para hacer frente a aquellos Gigantes (tecnológicos) que nos acechan.
Por eso me interesa tanto la lectura en familia. No como una afición decorativa, ni como una simple herramienta escolar, ni como ese postureo literario tan de moda en el que los libros parecen importar más por el color del lomo, la taza de café y la fotografía de Instagram que por lo que dicen. Porque también con los libros hay que tener cuidado. Como advertía san Josemaría: «¡Cuántas veces creen llevar debajo del brazo un libro… y llevan una carga de basura!». Me interesa la lectura como una forma concreta de defender el hogar, educar la imaginación de los hijos, crear vínculos y abrir un espacio de conversación, silencio y vida interior.
Para preparar esta batalla es bueno contar con personas que ya la han luchado y, aún más importante, la han ganado. Por eso he querido traer a Forum Libertas a Roberto Helguera. Es abogado, padre de ocho hijos y fue el primer argentino graduado en Thomas Aquinas College, en California. Desde su experiencia familiar, el homeschooling y la educación clásica, ha desarrollado el curso Leyendo en Familia, incardinado en la plataforma Sacros y pensado para ayudar a los padres a convertir la lectura en un hábito real dentro del hogar.
Helguera no habla de los libros como un simple recurso escolar. Para él, leer en familia —y especialmente leer en voz alta— es una forma de educar la imaginación, fortalecer la atención, crear vínculos entre padres e hijos y abrir un espacio donde también pueda transmitirse la fe.
En esta entrevista hablamos de pantallas, aburrimiento, clásicos, Biblia, lectura en voz alta y de por qué una familia que lee junta puede recuperar algo que hoy parece cada vez más raro: conversación, silencio, vida interior y tiempo compartido.
«Me preocupa mucho más que los niños pasen horas consumiendo —o siendo consumidos por— pantallas».
Usted es padre de ocho hijos. ¿Cuál fue el momento en que comprendió que la lectura debía ocupar un lugar central en la vida familiar?
No por ser padre de ocho hijos, sino por haber estudiado en Thomas Aquinas College y haber sido siempre bastante lector, los libros ocuparon un espacio importante en casa. Además, soy de la generación que no creció con pantallas, por lo que los libros siempre me acompañaron a todos lados.
Lo que sí ocurrió es que, cuando decidimos hacer homeschooling con mi esposa, descubrimos un mundo de literatura para niños y jóvenes que no conocíamos y eso nos entusiasmó. Luego, por tener un par de hijas con dislexia, la lectura en voz alta se hizo primero necesaria y luego demostró ser una pegada importante.
Fue a través de la lectura en voz alta como fui descubriendo la importancia de la lectura en casa. Nuestra biblioteca siempre fue amplia y llena de libros para todas las edades. A mí me atraen mucho las imágenes, por ser artista —me gusta el dibujo y la pintura—, y mis hijos son todos creativos. Así que, de pequeños, pasaban tiempo con los libros. Hoy veo cómo Susan McKenzie, en su Read Aloud Revival, justifica todo lo que Dios me entregó por pura Providencia divina.
Muchos padres están preocupados porque sus hijos ya no leen. ¿Le preocupa más que no lean libros o que pasen tantas horas consumiendo pantallas?
Me preocupa mucho más que pasen horas consumiendo —bueno, en realidad deberíamos decir “siendo consumidos por”— pantallas. Es que las pantallas hacen dos cosas adversas a la capacidad de lectura: matan la imaginación, pues todas las películas o series modernas son hiperrealistas y no dejan nada a la imaginación; y la vida real se ha cambiado por la vida virtual.
Ya lo advertía John Senior en su libro La muerte de la cultura cristiana. Las pantallas han exacerbado esto y han llevado a la contradicción de matar el imaginario al mismo tiempo que lo suplantan con una “realidad” virtual completamente manipulada y, en muchos casos, perversa en su lógica. El impacto sobre el alma es como reemplazar la lectura de Tolkien con la serie Juego de Tronos.
¿Qué pierde un niño cuando sustituye los libros por vídeos cortos, redes sociales o entretenimiento inmediato?
Un niño que reemplaza la lectura por vídeos cortos, redes sociales y entretenimiento inmediato pierde la capacidad de concentración, la idea de que todo lo bueno cuesta y lleva su tiempo, que la opinión de otros no importa —solo importa la de Dios sobre uno— y que la vida no es una serie de entretenimientos inmediatos.
Los niños hoy día corren el peligro de perder la capacidad de frustración y, por lo tanto, la virtud de la fortaleza, tanto en su aspecto pasivo de paciencia como activo de audacia. Incapaces de contemplar el mundo, se aburren y los entretenimientos deben ser cada vez más violentos y chocantes para lograr la adrenalina necesaria.
Creo que Catherine L’Ecuyer habla mucho de esto: la hiperestimulación de las pantallas y su efecto sobre los niños, similar a la pornografía.
«Un niño que reemplaza la lectura por vídeos cortos, redes sociales y entretenimiento inmediato pierde la capacidad de concentración».
¿Existe una relación entre la crisis de lectura y la creciente dificultad de muchos jóvenes para concentrarse, reflexionar o incluso rezar?
Claro que sí. Por lo antedicho, por la naturaleza efímera de las pantallas, la cultura del “like” y pasar de página viendo sin mirar o mirando sin ver, es claro que se pierde el ejercicio de la concentración que requiere el foco de los cinco sentidos y, por lo tanto, la posibilidad de reflexionar.
Es por ello que Stratford Caldecott, en su libro Beauty in the Word, dice que cualquier actividad que concentre los cinco sentidos y los enfoque por un tiempo es una actividad que, en última instancia, enseña a rezar. Al menos le da al niño la capacidad de rezar, de meditar.
Yo así lo creo, porque lo he experimentado en carne propia. Veo cuánto el celular me distrae y me hace más difícil perseverar en la lectura, concentrarme en Misa y bajar las revoluciones hasta “ver” a Cristo en la hostia ante el Santísimo. Antes, cuando el celular era simplemente un teléfono, me era más fácil llegar a la quietud.
Usted insiste en que toda familia puede convertirse en una familia lectora. ¿Cuál es el principal error que cometen los padres cuando intentan inculcar este hábito?
Los padres solemos querer que nuestros hijos logren lo que nosotros no logramos, más rápido y mejor. Nos frustramos cuando eso no sucede. Y yo digo que uno no puede dar lo que no tiene, pero además que los hijos son imagen de Dios, no de uno. Esto es: tienen sus propios tiempos, virtudes y defectos.
Hay que saber mirar a los hijos, observarlos bien y respetar sus tiempos y su naturaleza, siempre poniéndolos en manos de Cristo, que nos muestra quién sabe Él que son.
Así que el error es creer que enseñarles a decodificar palabras y luego comprarles los libros que nos gustaron a nosotros ya es suficiente para que lean. Mientras tanto, los hijos nos miran resolver todo con el celular. O sea: damos mal ejemplo sin escucharlos realmente.
Los hijos pequeños harán lo que nos ven hacer a nosotros y reaccionarán ante la vida como reaccionemos nosotros. Así que, si tu hijo no lee o no le gusta leer, mírate a ti mismo primero y qué ejemplo das.
Luego léele en voz alta por al menos quince minutos al día. Es importante que sea en voz alta: eso cambia todo. Haz las voces, como si actuaras. Engánchalo con la historia, haz las pausas necesarias e incluso comenta en voz alta alguna parte, pero no para explicar, sino para preguntarle genuinamente sobre algún tema. Luego escucha. Escucha activamente y déjate sorprender por sus respuestas. La impaciencia es nuestra mayor enemiga.
El niño que se siente amado en la lectura, escuchado, que pasa tiempo junto a papá o mamá —pero sobre todo papá—, que lo huele, lo escucha, lo toca, apoya su cabeza en su regazo mientras lo escucha leer una historia fascinante día tras día —por eso los clásicos—, es un niño que será lector de por vida.
Y ni que hablar una niña, pues allí se sentirá amada, escuchada y comprendida: si no por el padre, al menos por los personajes del libro. Las niñas suelen preguntar mucho más, mientras que los varones salen corriendo luego de una batalla a recrearla por sí mismos.
«Si tu hijo no lee o no le gusta leer, mírate a ti mismo primero y qué ejemplo das».
¿Es más importante que los niños vean leer a sus padres o que sus padres les obliguen a leer?
Nadie puede pedir lo que uno no hace. Es más importante que nos vean leer con placer, que vean el cariño que le ponemos a la biblioteca y que les armemos una biblioteca propia.
Los hijos no van a leer lo que leímos nosotros en el orden en que lo leímos. Tienen sus tiempos y gustos, así que armar una biblioteca llena de opciones es clave. Luego, que comiencen por donde les gusta y nosotros les seguimos el hilo.
Pero vuelvo a eso de leerles en voz alta: de compartir un libro juntos. Eso es clave.
Muchos padres sienten que compiten contra TikTok, Netflix o YouTube. ¿Puede un libro seguir siendo atractivo en un mundo dominado por las pantallas?
Es imposible competir con TikTok, Netflix o las pantallas. Hay demasiado dinero y estudio detrás de esas tecnologías. Lo que no hay que hacer es invitarlos a nuestro hogar. Nadie dijo que tienen derecho a estar en nuestra familia.
Así que yo diría que quitemos esa influencia por completo, quitemos los celulares, pongamos cosas reales frente a los hijos y dejemos que se aburran.
Hace poco leía que un país o ciudad —no recuerdo cuál— hizo un pacto de dejar los celulares de sus alumnos de secundaria por tres semanas, y lo que descubrieron los chicos es que el aburrimiento es fuente de enorme creatividad. Los resultados fueron muy positivos en todo sentido: muy humanizantes.
«Nadie dijo que TikTok, Netflix o las pantallas tengan derecho a estar en nuestra familia».
¿Estamos criando hijos entretenidos pero poco imaginativos?
No lo sé. Entretenidos seguro, puesto que hemos profesionalizado el tiempo “libre” de forma tal que ya no es libre, sino organizado. Si son poco imaginativos o no depende de las actividades que les demos.
Lo que yo creo, que es más problemático para mí, es que tenemos una tremenda desconfianza en el tiempo libre y sus efectos sobre nuestros hijos. Sin embargo, los estudios científicos marcan que aquellos niños con tiempo libre son capaces de autogestionarse mucho mejor que los niños dirigidos.
A veces los adultos proyectamos nuestras inseguridades sobre nuestros hijos. Mi padre me cuenta que él se iba con amigos a hacer caza submarina por los mares de la Patagonia durante tres meses y no daba señales de vida y nadie se estresaba. Yo viajaba en bus largas horas o incluso internacionalmente sin celular, y nadie se preocupaba. Mientras que hoy, si no dan parte cada cinco minutos, estamos preocupados.
No hay lugar para la imaginación y la resolución de problemas porque papá y mamá están siempre al alcance. No hay mejor cosa que un varón adolescente pase por momentos de estrés que lo obliguen a tomar resoluciones que impliquen riesgos y que supere los riesgos. Esas son las aventuras que lo hacen héroe de a poco.
Usted habla de la importancia de elegir buenos libros. ¿Existe realmente una diferencia entre cualquier lectura y una buena lectura?
Por supuesto. Por varios motivos: una buena lectura transmite belleza al mismo tiempo que forma; da ganas de seguir leyendo, de copiar frases, eleva el alma.
Una buena lectura es buena, bella, verdadera y, por ello, mucho más humana o acorde al hombre como imagen divina. De hecho, una buena lectura es maestra de vida, transmite ordenadamente y de manera convincente un mensaje que nos deja pensando, contemplando, que nos impacta en diversos niveles el alma.
Nos ordena las pasiones, nos desafía también las pasiones porque nos enamora de un personaje o de una idea. Es, en suma, una lectura viva de un libro vivo, que da vida.
Una lectura cualquiera, o seca, que simplemente pretende informar, no alimenta el alma ni la mente. Solo ejercita los ojos en el mejor de los casos.
«Una buena lectura transmite belleza al mismo tiempo que forma; da ganas de seguir leyendo, de copiar frases, eleva el alma».
Ha defendido la educación clásica. ¿Por qué los grandes clásicos siguen teniendo algo que decir a un niño o adolescente del siglo XXI?
Por el simple motivo de que son clásicos; esto es, trascienden las edades del hombre, las eras. Hablan a lo más profundo del ser humano, que aunque pasen los años no deja de ser humano, con los mismos anhelos, apegos, virtudes, vicios, deseos y, me animo a decir, incluso las mismas ideas, pero reempaquetadas en términos modernos.
¿Cuántas versiones nuevas hemos visto de las tragedias de Shakespeare? ¿Por qué se pueden representar una y otra vez con arquitectura y vestimenta moderna y siguen transmitiendo lo mismo? Porque hablan del hombre al hombre. Son, en efecto, clásicos.
¿Qué valores, virtudes o capacidades desarrolla la lectura que difícilmente pueden adquirirse de otra manera?
No me gusta hablar de valores, por ser un término subjetivo que se disfraza de virtud, algo objetivo. Pero entendiendo la palabra positivamente, la lectura desarrolla la atención, el foco, la memoria, la gramática, la lógica, la paciencia, el asombro, la sabiduría en el caso de la Palabra de Dios, pero sobre todo el mundo interior que cada persona debe tener para poder comunicar sus ideas claramente e interactuar con otras personas.
Recuerdo la introducción al clásico libro de niños El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, en la que el autor de tal introducción relataba cómo Teddy Roosevelt le daba este libro a leer a los pretendientes de sus hijas para ver si eran dignos de ellas. ¡El libro juzgaba a los pretendientes, no ellos al libro! Todo eso y más logra la buena lectura.
¿Qué papel desempeña la lectura en la transmisión de la fe dentro del hogar?
Leer las Sagradas Escrituras, en voz alta, en familia, es algo profundamente enriquecedor. Leer la Palabra de Dios en el hogar es formar buenos cristianos, que leerán siempre en su vida la Biblia.
Es profundizar la fe, dar la oportunidad de hacer lectio en casa, de compartir lo que Cristo le dice a cada alma que escucha; de que el padre de familia pueda transmitir lo heredado y aprendido y así sea más padre y más Cristo, pues Jesús compartía todo lo que el Padre le decía con sus apóstoles.
«Leer las Sagradas Escrituras, en voz alta, en familia, es algo profundamente enriquecedor».
¿Puede una familia redescubrir la conversación, la unidad y el sentido de comunidad simplemente recuperando el hábito de leer juntos?
Yo creo que sí, al igual que una comunidad monástica comparte siempre la lectura en voz alta cuando está junta en el refectorio o en el capítulo general.
Hay algo en comentar al tiempo que uno lee en voz alta un libro bueno, bello, que al afectar profundamente el alma de cada oyente, al mismo tiempo une a todos en una actividad litúrgica de alabanza, asentimiento; de sentirse enteramente humano.
Y cuando varios comparten una experiencia profunda, esa experiencia marca de manera especial a cada uno y lo une al resto de los que pasaron por eso junto a él o ella.
Si tuviera que recomendar tres libros que toda familia debería leer en voz alta alguna vez, ¿cuáles elegiría y por qué?
La Biblia, pues es la gran historia de amor de la humanidad y Dios, que es imitada por todas las otras historias secundarias; y luego la Ilíada y la Odisea, por ser los dos poemas que marcan todo lo que viene después en literatura.
Son dos poemas completos en la experiencia humana y divina de fuentes secundarias. Ya Aristóteles los marca como fundantes en su tratado sobre la poética. De estos libros se puede derivar cualquier conversación profunda.
Y, si me obligan a excluir la Biblia por obvia y múltiple, Las confesiones, de san Agustín, o El principito son dos obras maestras que yo leería en voz alta con mis hijos.
En una época en la que casi todo es rápido, visual e inmediato, ¿leer juntos en familia es una forma de resistencia cultural?
Posiblemente. Se puede pensar el tema así, pero no creo que haga falta. Se lee en familia porque eso es algo de inmenso valor, no por ser contracultural. Pero es cierto que en esta época lo es.
Acá yo apuntaría a lo bueno que remarca el libro de Jim Trelease The Read-Aloud Handbook o su sucesor para homeschoolers de Sarah Mackenzie, The Read-Aloud Family, en donde todas las ventajas de leer en voz alta —sobre todo en familia— quedan remarcadas con claridad absoluta.









