Con cartela, colaboración, anglicismo y aparente delicadeza curatorial. La exposición Alonso Cano. Like a virgin, en torno a la Virgen de la Leche conservada en el Museo de la ciudad de Guadalajara, España, huele a una de esas operaciones culturales que, amparada bajo la bien sabida frase del “pero si yo respeto”, terminan falseando aquello mismo que dicen querer contemplar.
Conviene empezar por lo más evidente: el título es de un mal gusto clamoroso.
De gustibus non est disputandum —sobre gustos no se discute—. Like a virgin no es una expresión inocente. No lo es culturalmente, no lo es iconográficamente y no lo es espiritualmente.
Traer al ámbito de la Virgen María una referencia asociada de forma inmediata a la erotización lúdica de la virginidad es, objetivamente, una torpeza simbólica, por no decir una irreverencia.
No basta con afirmar que todo se hace “desde el mayor de los respetos” y colaboración.
La historia cultural está llena de faltas de respeto cometidas en nombre del respeto. De hecho, somos expertos en haber desarrollado una extraordinaria habilidad para injuriar con guantes blancos.
La Virgen de la Leche de Alonso Cano es patrimonio histórico, es mucho más que un “disparador creativo”. La obra no está ahí para ser instrumentalizada por, digámoslo suave, “la sensibilidad contemporánea”, ni para servir de excusa a una pasarela perversa de corsés, mantos, “empoderamientos” y cuentos chinos sobre la reapropiación del cuerpo.
La pintura de Alonso Cano pertenece a un universo teológico, litúrgico, antropológico y estético que exige ser comprendido, no ser intervenido. Aquí falla lo esencial.
La Virgo Lactans no representa, como se sugiere con desmesurada ligereza, una tensión entre sacralidad del cuerpo femenino y mirada patriarcal. Esta lectura es pobre, reductora y, sobre todo, anacrónica.
Introducir sin más el vocabulario contemporáneo de la sospecha —patriarcado, vigilancia, conflicto, tabú, reapropiación— sobre una iconografía histórica significa violentar su significado desde fuera. No me refiero a que no pueda estudiarse históricamente la evolución del pudor, del decoro o de las formas de representación del cuerpo, sino porque La Virgen que amamanta al Niño no habla, en primer lugar, del cuerpo femenino como territorio político.
Habla de la Encarnación. Habla de que Dios se hizo niño, de que el Verbo eterno aceptó depender de una Madre, de la maternidad de María, de su virginidad fecunda, de su condición de Madre de Dios. Habla de la Iglesia que alimenta a sus hijos. Habla del misterio de la gracia, de la vida recibida, de la dependencia amorosa.
Reducir todo esto a la “sexualización” de un pecho o a la “mirada patriarcal” sobre el cuerpo femenino es como amputar la realidad.
Hay, además, un punto especialmente mezquino. Elegir este tiempo, mayo, para envolver una obra mariana en un aparato conceptual que la aproxima a Madonna, Gaultier, McQueen, es, como mínimo, una falta de delicadeza.
El arte contemporáneo debe dialogar con la tradición, claro. Pero dialogar no es obligar a una obra de arte a responder a las obsesiones ideológicas del presente.
La tradición del cuadro de Alonso Cano no teme al cuerpo, ni lo rechaza. Teme su reducción. Y eso es justamente lo que ciertas lecturas contemporáneas hacen mientras creen estar liberándolo. La esencia femenina sale particularmente mal parada en esta operación. Porque se inocula con ella una incapacidad para comprender la grandeza específica de la feminidad, la maternidad, de la virginidad…
María es la mujer más libre de la historia precisamente porque es la más entregada. El cuerpo de María no es un problema que la cultura deba resolver, sino un templo en el que Dios quiso habitar.
Esta exposición muestra en todo su esplendor un gran drama: nuestra ineptitud contemporánea para distinguir entre mostrar y revelar, entre carne y encarnación, entre sensualidad y sacramentalidad.
Alonso Cano comprendió esa diferencia con una finura y elegancia que la exposición parece no alcanzar.
La Virgen no es una madre cualquiera elevada por la estética; es la Madre de Dios presentada con una humanidad serena y luminosa.
La escena une lo humano y lo divino sin confundirlos. Ahí reside la grandeza del arte cuando es verdadero, en que no niega la carne, pero tampoco la abandona a la mirada posesiva.
El problema de la exposición «Like a virgin» no es sea que sea demasiado atrevida, sino que es escandalosamente convencional.
Repite el guion previsible de nuestro tiempo: escándalo, invoca el respeto, sospecha de la tradición, politiza el cuerpo y, más allá de eso, solo hay obediencia al dogma cultural dominante.
María es la Madre de Dios, no es una pantalla donde proyectar nuestras ansiedades. No es una figura que deba ser actualizada para resultar interesante.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.











