La cultura que necesitamos

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Me he criado en el mundo de tramoyas y telones que se alzan. A menudo, sentada entre el público, se apodera de mí una especie de envidia sana hacia aquellos que pisan el escenario. Ayer tuve la oportunidad de llevar a mis hijos a ver Sonrisas y lágrimas, el musical de Theatre Properties, y salí del teatro con una sensación que últimamente echaba de menos entre bambalinas: esperanza.

Últimamente, algunas de mis experiencias en el teatro con obras clásicas me habían dejado un regusto amargo. Falta de rigor, mal gusto, adaptaciones en las que la ideología parece imponerse a la voluntad del autor y, en ocasiones, una obscenidad que poco tiene que ver con la obra original.

Ayer fue distinto. Fue una tarde bonita, de esas en las que uno vuelve a casa reconciliado con la vida. La música, el vestuario, la escenografía, el trabajo de los actores… Todo estaba cuidado, con una sensibilidad y profesionalidad que merece la pena destacar. Sobre el escenario, un elenco convencido de poder hablar al público de hoy.

El teatro estaba abarrotado. Había mucha gente joven y cantidad de familias. Y sí, era Pozuelo, pero disfrutar de una cultura bien hecha no debería ser patrimonio ni de una zona ni de un determinado público. Quizá lo que más hace falta es alguien que se atreva a ofrecerla.

La prueba irrefutable llegó en el trayecto de vuelta a casa. A partir de lo que acabábamos de ver y escuchar, fueron apareciendo preguntas de toda clase: qué es el amor, qué significa formar una familia, qué ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, qué fue el nazismo, si tienen sentido las segundas oportunidades o cómo se descubre la vocación.

Habíamos ido sencillamente a celebrar los siete años de mi hija mayor y de forma imprevista, allí estábamos, en el coche, destapando las preguntas del corazón a quemarropa. Quizá sea esto lo que más agradezco de una experiencia así: que una historia nos interpele a todos sin rebajar su profundidad, que nos haga disfrutar y, sobre todo, que nos despierte preguntas.

Que los niños puedan asomarse a estos temas sin necesidad de edulcorarlos, acompañados por la belleza de una música, un gesto o una escena. Porque la belleza no es un adorno o un envoltorio estético. Es precisamente el camino que nos abre una inquietud, que nos recuerda que somos queridos, que no estamos solos.

Sonrisas y lágrimas no es solo una historia de canciones entrañables. En ella caben el amor, la familia, la vocación, la responsabilidad y la necesidad de elegir en tiempos convulsos. Y al mismo tiempo, el miedo, la muerte o la amenaza de un poder que pretende someterlo todo.

Enhorabuena a Theatre Properties. Esta es la cultura que necesitamos: una cultura que no tenga miedo de la belleza ni de la profundidad, que no subestime la inteligencia de los niños y que nos devuelva las ganas de mirar, escuchar, pensar y juzgar juntos, incluso cuando cae el telón.

Substack de la autora

Llevé a mis hijos a ver Sonrisas y lágrimas. Volvimos a casa hablando del amor, la familia, la guerra, la vocación y las segundas oportunidades. La mejor huella del teatro son las preguntas que despierta. #SonrisasyLágrimas Compartir en X

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