La medicina, y sus diversos ámbitos, siempre toca nuestra fibra sensible. En esta disciplina no se trabaja con números, con expedientes o papeles; se toca la realidad existencial de las personas. Y en muchas ocasiones esa existencia atraviesa un momento especial, delicado, que se recordará durante mucho tiempo. Puede ser el nacimiento de un hijo, la muerte de un padre, la enfermedad grave de un amigo o un ser querido. Hechos que se graban de modo especial en nuestra memoria.
Por eso es tan delicada la labor de los sanitarios, y por eso hay personas, en general los bioeticistas, que se preocupan de mejorar humanamente esa atención médica, mirándola a cierta distancia y preguntando a otras disciplinas, como la ética y la antropología filosófica o la psicología. El fin es mejorar, humanizar aún más, esa delicada labor médica y sanitaria.
Hoy traigo a consideración a una madre de familia, Sandra Fernández, y su experiencia como madre primeriza, hace ya unos años.
A las 20 semanas de embarazo acudió, como tantas otras madres, a hacerse una ecografía. Uno de esos momentos que se queda grabado en la memoria y en la retina de cualquier joven matrimonio. Pero en esta ocasión el ginecólogo parecía mirar con más atención. Y después de unos minutos emitió la sentencia, casi sentencia de muerte: mal pronóstico, hernia diafragmática gigante. Si llega a nacer, morirá a los 10 minutos.
Y poco después, el equipo sanitario y socio-sanitario les da la solución: ya tenemos todo arreglado para gestionar la “interrupción voluntaria del embarazo”, el aborto, la supresión del problema; estamos dentro de los plazos legales.
A Sandra y a su marido se les vino el mundo encima: mal pronóstico para su hijo, comunicado como quien te dice: “No tenemos este periódico”, y además, sentencia de muerte. El aborto, aborto espontáneo o aborto provocado, siempre es una pérdida, y siempre deja el vacío de un hijo que pudo haber crecido y terminó bruscamente su existencia. La terminó, y finalizó para siempre.
¿Por qué, ante un problema médico de un feto, la primera opción, y a veces la única, es acabar con el problema? Sandra resume su experiencia de aquel día, de aquellos días siguientes, con esa amarga pregunta: ¿Será que yo, y nadie más, soy la única que quiere a mi hijo?
La pregunta se hizo más amarga, aunque con esperanza, a los 8 o 10 días. Para confirmar la sentencia, sentencia ya emitida, les ofrecieron hacer una amniocentesis, con el fin de analizar la posible presencia de causas genéticas en esta grave enfermedad del feto. Y en ese momento, después del empujón hacia el aborto como única salida, les ofrecen una segunda opción: cirugía embrionaria y tratamiento perinatal en un hospital de Barcelona.
¿Por qué la lucha por la vida aparece como segunda opción, segunda y muy escondida?
¿No se supone que la medicina siempre busca la salud del paciente, en el caso de las embarazadas, de los dos pacientes, madre e hijo?
Sandra y su marido, que nunca quisieron abortar, accedieron a esta solución, ésta sí sanitaria, y se desplazaron a Barcelona para evaluar e iniciar el tratamiento. La cosa fue más complicada de lo que pensaban, pero desde el inicio el equipo médico trató a los dos pacientes como se merecen, a la madre y al niño. Y el equipo siempre le hablaba del niño, porque ya es un niño, también en el seno de su madre. En este momento Sandra hace un inciso en su relato, para recordar que también trataron a su marido. El hijo es hijo de una madre y de un padre. Y es cierto que la “gestación biológica” la realiza la mujer, pero no una mujer sola sino junto con su marido, que también aporta su realidad biológica al hijo por nacer.
El parto fue complicado; además de la hernia diafragmática, había varias patologías más. El equipo sanitario se empleó a fondo, pero el niño falleció a los 44 días de nacer. Mes y medio que los padres sufrieron y disfrutaron con el hijo. Sin embargo, le dieron lo más importante que unos padres cristianos pueden darle (incluirle en la familia de Dios por el Bautismo).
Sandra recuerda con alegría esos meses en Barcelona. Y recuerda que conoció a una madre cuyo hijo tenía esa misma enfermedad. Ambas fueron atendidas con la máxima atención y cuidado por parte del equipo sanitario. El hijo de Sandra nació con varias patologías adicionales más; todas ellas juntas aceleraron el momento de su muerte. El hijo de su amiga, en cambio, respondió positivamente al tratamiento, y ya ha cumplido los 20 años de edad.
¿Por qué elegir la muerte cuando se puede elegir la vida?
Detrás de cada diagnóstico hay personas. Detrás de cada embarazo, una madre, un padre y un hijo. La medicina no debería olvidar nunca que su primera tarea es cuidar y acompañar. Compartir en X








