Cada vez es más frecuente encontrar artículos y noticias que alertan de la crisis demográfica en la que se va adentrando la sociedad actual. Sin embargo, muchos de esos análisis se quedan únicamente en el plano cuantitativo. Los datos son preocupantes y, vistos con perspectiva de futuro, resultan poco esperanzadores.
España, por poner el ejemplo de nuestro país, registró en 2024 una tasa de fecundidad de 1,10 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. Nos encontramos en el podio de la crisis demográfica europea. Pero el resto de los países de nuestro entorno tampoco ofrece cifras muy diferentes. La media de la Unión Europea ronda el 1,34 hijos por mujer; Estados Unidos se sitúa en torno a 1,60; y algunos países del extremo Oriente ni siquiera alcanzan un hijo por mujer.
No soy demógrafo ni pretendo afirmar que el estudio de la población deba abandonar el análisis estadístico. Los datos son imprescindibles. Pero sí puedo afirmar que, desde un punto de vista humano, el análisis no puede comenzar y terminar en las cifras. Los números deberían ser el punto de partida para profundizar en un análisis cualitativo, existencial y antropológico de la situación.
Si nos quedamos únicamente en el análisis cuantitativo —y económico, que suele ser su primo hermano—, acabamos proponiendo soluciones que, incluso a corto plazo, apenas resuelven el problema. Como faltan trabajadores y la caja de las pensiones se vacía progresivamente, la solución parece sencilla: traer cientos de miles o millones de inmigrantes para que trabajen y sostengan el sistema.
Sin embargo, comprobamos que esa respuesta también genera nuevos desequilibrios: agrava los problemas demográficos de los países de origen, plantea importantes retos de integración y crea nuevas dificultades sociales y políticas. El fenómeno migratorio es complejo y merece un análisis mucho más amplio, pero difícilmente puede considerarse una solución de fondo cuando solo se aborda el problema desde una perspectiva cuantitativa.
Noruega, un país cuya tasa de fecundidad (1,44 hijos por mujer en 2024) es superior a la media europea, ha puesto sobre la mesa otra de estas soluciones superficiales. Ante la falta de nacimientos, algunos proponen facilitar una «reproducción individualista»: que las mujeres puedan ser madres sin necesidad de una pareja estable y que el Estado asuma buena parte de la crianza mediante guarderías abiertas las veinticuatro horas del día.
Cuando escuché esta propuesta, pensé que se trataba del típico comentario improvisado en una conversación informal, un “comentario de barra de bar”, si se hubiese producido en España. Mi sorpresa fue descubrir que procedía del ámbito universitario. Su autor es Mads Larsen, psicólogo e investigador de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, quien expuso esta idea en un artículo publicado en la prestigiosa revista Politics and the Life Sciences, de la Universidad de Cambridge.
Para evitar el colapso demográfico, Larsen propone que el Estado invierta importantes recursos para facilitar que las mujeres puedan tener hijos sin necesidad de una relación estable.
El plan incluiría un amplio acceso a las técnicas de reproducción asistida, guarderías abiertas las veinticuatro horas y complejos residenciales —o entornos de convivencia— diseñados para que estas madres puedan apoyarse mutuamente en la crianza.
La doctora y endocrinóloga Carmen Candela calificó esta propuesta de «shock» y advirtió que encierra una contradicción en su misma base. La reproducción individualista no existe; se necesita un espermatozoide y un óvulo, se necesita un hombre y una mujer.
Más allá del debate biológico, me parece que la propuesta olvida un elemento esencial para el desarrollo humano: la estabilidad. Y, de manera muy especial, la estabilidad afectiva, esa que permite mirar al futuro con confianza y esperanza.
Nuestra sociedad va perdiendo, poco a poco, la estabilidad horizontal de las relaciones familiares. Hoy eres mi pareja, pero mañana quizá ya no lo seas. La facilidad con la que se rompen muchas relaciones estables queda reflejada en el elevado número de rupturas, separaciones y divorcios, si es que se ha llegado a formalizar la relación.
Pero la inestabilidad resulta todavía más profunda en la dimensión vertical, en la relación entre padres e hijos.
Hoy convivo con mis padres biológicos; dentro de unos años quizá conviva con mi madre y su nueva pareja, o con mi padre y la suya; quizá pase de una casa a otra como una pelota de ping-pong, o termine viviendo solo con mi padre o solo con mi madre. No resulta extraño que muchos hijos acaben distanciándose afectivamente de sus propios padres y busquen ese apoyo emocional en los abuelos u otras figuras de referencia.
Este clima de inestabilidad se extiende cada vez más en nuestra sociedad. Numerosos psicólogos y psiquiatras vienen advirtiendo desde hace años que esta fragilidad de los vínculos repercute de forma significativa en la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes.
Quizá el fruto más preocupante de todo ello sea la pérdida de esperanza. Cuando el futuro aparece envuelto en incertidumbre, cuando las relaciones parecen provisionales y todo transmite sensación de fragilidad, surge inevitablemente la pregunta: ¿para qué traer hijos al mundo? ¿Para qué comprometerse en construir una familia? ¿Para qué esforzarse en mejorar una sociedad en la que cuesta creer?
El debate abierto en Noruega constituye un buen ejemplo de los límites de un análisis exclusivamente cuantitativo de la crisis demográfica.
La verdadera encrucijada quizá no consista en decidir si el Estado debe sustituir cada vez más a la familia, sino en preguntarnos cómo podemos fortalecer las condiciones que hacen posible que nazcan familias estables.
Porque quizá la mejor política demográfica no sea únicamente facilitar que nazcan más niños, sino crear las condiciones para que las personas quieran formar una familia, confíen en el futuro y descubran que merece la pena transmitir la vida.
Tal vez ahí, y no solo en las estadísticas, se encuentre la verdadera raíz de la crisis demográfica.
Nos dicen que la crisis demográfica se soluciona con más ayudas, más inmigración o más reproducción asistida. ¿Y si el verdadero problema fuera que hemos dejado de creer en el futuro? #Demografía #Natalidad #Familia Compartir en X









