Caminar sin dinero no tendría quizá nada de extraordinario en una sociedad pobre; renunciar al teléfono móvil no sorprendería en un mundo sin internet; dormir en un parque no sería llamativo en una circunstancia adversa.
Pero que tres mil jóvenes occidentales, hijos de la generación más conectada, protegida, localizada y asegurada de la historia, decidan recorrer Estados Unidos durante una semana sin dinero, sin comida, sin teléfono y sin saber dónde dormirán esa noche constituye mucho más que una iniciativa evangelizadora.
Estos jóvenes del Camino Neocatecumenal no se han limitado a predicar a Cristo. Han aceptado colocarse voluntariamente en el territorio que nuestra sociedad más teme, el territorio de la incertidumbre.
Vivimos precisamente en la época contraria. Observamos las estrellas del hotel, comprobamos la meteorología, geolocalizamos a nuestros hijos y sentimos una cierta inquietud cuando la batería del teléfono desciende del veinte por ciento. Hemos convertido la seguridad en una de las grandes religiones contemporáneas.
La iniciativa de estos chicos puede parecer una insensatez para la mentalidad contemporánea. Pero desde la lógica cristiana tiene el nombre de confianza.
Las grandes y verdaderas aventuras siempre comenzaron así, la épica es esto: estar dispuesto a caminar más allá de donde terminaban tus seguridades.
Se nos ha olvidado que la vida humana alcanza toda su estatura cuando deja de considerarse simplemente un espacio de bienestar y comienza a entenderse como misión. El día a día no consiste en vivir obsesionado con conservarse, sino dispuesto a ponerse al servicio de algo superior a sí mismo. El hombre de Dios no calcula constantemente qué gana, más bien se pregunta qué debe hacer.
Estamos educando de mala manera a generaciones enteras a través de esta primera pregunta: «¿Qué obtengo yo de esto?». Qué beneficio, qué experiencia, qué reconocimiento, qué seguridad, qué retorno emocional. Pero una vida bien vivida exige otra pregunta que nada tiene que ver con la primera : «¿Para qué soy necesario?».
Estos jóvenes se la han formulado. Y durante unos días aceptaron salir del centro de su propia existencia. Dejaron de ser consumidores, usuarios, clientes, perfiles, seguidores o propietarios para convertirse sencillamente en enviados.
Lo más llamativo es que, desde un punto de vista sociológico, esta experiencia sucede precisamente entre jóvenes. Los mismos a quienes describimos continuamente como frágiles, hiperconectados, dependientes de la aprobación social y poco dispuestos al sacrificio.
Nos quejamos mucho de la juventud. Pero, tal vez, el problema de los jóvenes no es que ya no estén dispuestos a entregarse. Sino que demasiadas veces no encuentran nada suficientemente grande por lo que merezca la pena hacerlo.
En Oregón, un joven había decidido suicidarse. Se encontró con tres de estos jóvenes misioneros, escuchó lo que tenían que contarle y cambió de rumbo. La Providencia cristiana tiene precisamente ese carácter desconcertante. Solo por esa historia habría merecido la pena recorrer América.
También ocurrió en la isla Catalina. Un sacerdote regresaba cansado del hospital cuando se encontró a varios de estos jóvenes. Le contaron cómo Cristo había intervenido en sus vidas y aquel sacerdote confesó después que era exactamente lo que necesitaba escuchar aquella tarde.
Más de tres mil caminando, recordaron a nuestra civilización que una vida grande no es necesariamente una vida cómoda.
Tal vez dentro de unos meses olvidemos muchos acontecimientos de este inicio de curso. Pero merece la pena conservar la imagen de esos tres mil jóvenes caminando por América. No porque fueran héroes invulnerables, sino precisamente porque tenían miedo, hambre, cansancio y dudas y, aun así, siguieron caminando.
Esta es la verdadera épica cristiana. No consiste en no temer. Consiste en haber encontrado algo —o mejor, a Alguien— por quien merece la pena atravesar el miedo.









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Esto se llama la misión de dos en dos, que consiste en que te llevan a un lugar concreto durante x días para ir predicando el evangelio a las personas. Yo eso lo he hecho y la verdad es que es bonito, sobre todo porque con la persona que estás generas un vínculo interesante.
La verdad es que se crea un agradecimiento muy grande con ciertas cosas.