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Catecismo de combate (6). El dinero

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Un fundamento cristiano, desde el primer momento, que ha permanecido intocado, es la prioridad al  compartir y cuidar. Una característica a la que Tom Holland dedica toda una serie de páginas  en su libro Dominio. Una nueva historia del cristianismo (2020). Lo hace  mediante San Martín de Tours en el siglo IV. Fue obispo y antes un soldado que había servido en la caballería romana, precisamente a las órdenes de Juliano, el último emperador que intentó resucitar a los dioses antiguos. San Martín representa un nuevo tipo de héroe, el cristiano, con una vida dedicada al cuidado y acogida de los necesitados a una escala tal, que sus gestas han atravesado la historia.

Y esta nueva y revolucionaria mentalidad presenta otra característica excepcional del cristianismo: el mandato de acumular el tesoro en el cielo y no en la tierra.

Un extraordinario libro, Por el ojo de una aguja (2016) de Peter Brown, expone con detalle cómo una parte, cada vez mayor de la sociedad romana, se transformó renunciando a los bienes materiales, y cómo la renuncia a la riqueza y la relevancia de la virtud de la pobreza, de la limosna o la caridad fueron popularizándose incluso entre los estamentos más modestos. No solo los ricos se despojaban de parte de sus riquezas, o de todas ellas, los más exigentes, sino que hasta el más humilde de sus ciudadanos también daba, incluso, aquello que necesitaba.

El libro de Brown toma su nombre de un pasaje bien conocido del Evangelio de Mateo (Mt 19, 23-26). Jesús dijo a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos”. “Sí, os lo repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”.

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”. Son muchas más las veces que Jesús se refiere a la dificultad que entraña el afán y posesión de riqueza para la salvación. Es también la historia del hombre rico y el pobre llamado Lázaro, o la Parábola del Tesoro y la perla (Mateo, 13, 44).

Esta concepción explica cómo la doctrina de la Iglesia no ha hecho nunca buenas migas con el capitalismo, porque obviamente no parte de los mismos principios ni la misma lógica.

Basta con leer las encíclicas sociales, no solo la última de Francisco, sino que prácticamente en todas ellas se plantea una descalificación de aspectos concretos del capitalismo y, sobre todo, de su fin principal: el enriquecimiento como un valor en sí mismo. Desde la primera, Rerum Novarum, “De las Cosas Nuevas” de León XIII en 1891, hasta la última de Francisco, Fratelli tutti, “Hermanos todos” de 2020. Los papas Pío XI (1), Juan XXIII (2), Pablo VI (3), Juan Pablo II (3) y Benedicto XVI (1), y el propio Francisco (2) han promulgado 13 encíclicas sociales.

Una frase de Pablo VI de su Octogésima Adveniens puede resumir bien la perspectiva cristiana del capitalismo y más en general de la economía.

Tras rechazar el marxismo, sigue diciendo: «Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social».

Y este otro concepto de Juan Pablo II en Centesimus annus ayudan a encuadrar la idea.

«Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de esta, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa».

Por esta razón, advierte: «se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre. En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que este sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad».

El modelo económico que inspira el cristianismo no es obviamente el del orden liberal en el que vivimos, ni el capitalismo de cuño estatal chino. Sus posibles aplicaciones concretas se reflejan más bien en la economía social de mercado, sobre todo antes de las sucesivas reformas liberales, en el cooperativismo u otras formulaciones como la del distribucionismo, que tanto entusiasmo despertó en Chesterton. La Iglesia no define, no le corresponde, un modelo concreto, pero sí establece fundamentos y fines que los modelos socioeconómicos deben cumplir o, al menos, perseguir.

Otra aportación revolucionaria del cristianismo, y que nuestro tiempo ha llevado más allá de sus cauces, es el de la importancia de la interioridad, de la subjetividad del ser humano, una concepción extraña a la cultura grecolatina. Es la individualidad que afirma la primacía de la conciencia rectamente formada sobre la ley. Una diferencia radical, y no es la única, con el Islam.

Pero el problema ha surgido, hasta amenazar los fundamentos de nuestra sociedad Occidental, con la cultura de la desvinculación, cuando aquella subjetividad pierde todo cauce de relación con Dios y se transforma ella misma en un dios, que queda necesariamente en manos del deseo y la pasión, que son las manifestaciones subjetivas por excelencia, el individualismo egocéntrico y hedonista, incompatible con todo amor que no consista en satisfacer la propia concupiscencia. Es el triunfo abrumador del poder, el placer y el lucro, para utilizar las mismas palabras que emplea Branko Milanovic, en Capitalismo Nada Más (2020; pág. 271). Es el bien concebido como satisfacción del deseo.

Y de la matriz cristiana surgen los fundamentos de la democracia, tal y como los entendemos, que son inseparables de la lucha contra la divinización del estado. Porque no puede existir una democracia verdadera en la relación entre el individuo aislado y el poderoso estado.

De ahí la importancia de la familia y de los llamados cuerpos intermedios o, en términos más actuales, la sociedad civil. Pero para que esto sea posible es necesario construir la conciencia necesaria para que tal democracia sea posible.

Tres autores entrelazados por la continuidad de sus ideas y su nacionalidad checa nos aportan razones en el sentido que señalo.

El más próximo a nosotros en el tiempo y enlace con los demás es Vaclav Belohradsky, discípulo del segundo de nuestros hombres, Jan Patocka, destacado filósofo y uno de los firmantes de la Carta 77, el texto clave de la disidencia checa en su enfrentamiento con el gobierno comunista. El tercero es Tomáš Garrigue Masaryk, nacido en Moravia en 1850, filósofo, científico, también destacado político y primer presidente de la República de Checoslovaquia, nacida en 1918.

Belohradsky escribeLa facultad fundamental de la vida humana (…) consiste en resistir el imperialismo de la cotidianidad (…) que se caracteriza por la trivialización de la conciencia en el sentido de que la legitimidad cotidiana de la acción humana deja de ser un problema que toca a la conciencia personal y se convierte en un problema técnico de los aparatos burocráticos”, es decir, del estado. Este texto, escrito hace más de treinta años, se revela de una intensa actualidad.

Esta reivindicación trascendente, esa lucha por la religión que encarnó Masaryk, un teísta protestante que no aceptaba ni la Revelación, ni la mística, señala la importancia decisiva de la conciencia religiosa para la democracia. El problema clave, para el que fue el primer presidente checoslovaco, era el de mantener la conciencia personal en función “religiosa”, en el sentido de independencia plena de las instituciones, del estado, de la propia sociedad, para estar en condiciones de poder criticarlas y valorarlas desde el punto de vista de los valores, y no solo de los intereses.

Para Masaryk, la lucha por la religión es la lucha por la posibilidad de la democracia, entendida, no como una mera alternancia en el poder, sino como una cuestión de los valores desde los que se gobierna.

Y esto es así porque la conciencia religiosa refuerza la independencia de la persona frente al estado, le otorga conocimiento y responsabilidad sobre sus límites sin necesidad de que aquel intervenga, y construye en el interior de cada persona, el juez y el policía que impide o limita que se guíe solo por sus intereses, sus deseos y pasiones. La desaparición de esta característica o su debilitamiento determina un crecimiento desmesurado de los costes sociales en las sociedades desvinculadas, cuya traslación a costes de oportunidad y transacción dificultan el mantenimiento del estado del bienestar.

Twitter: @jmiroardevol

Facebook: josepmiroardevol

En vacaciones es el momento de entender por qué pasa lo que pasa.

Es el momento de leer La Sociedad Desvinculada de Josep Miro i Ardèvol

La conciencia religiosa refuerza la independencia de la persona frente al estado, le otorga conocimiento y responsabilidad sobre sus límites sin necesidad de que aquel intervenga Clic para tuitear

 

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