Unión Europea: ¿La segunda caída del Imperio romano?

Europa

Europa evidentemente no es un imperio al viejo estilo. Más bien se asemeja mucho a un cruce entre una realidad imperial, en el sentido estricto del término, y la naturaleza del Imperio austrohúngaro en su fase final, es decir, una especie de confederación laxa y asimétrica de estados miembros donde rige una dualidad de poderes encarnados por el Consejo -los estados- y la Comisión -la “aristocracia” gobernante-.

En realidad, como todo, el fin ya ha empezado y lo hace siguiendo el canon de la crisis moral. Todos los grandes conglomerados humanos vienen precedidos de una crisis moral que después se traduce en las dimensiones institucionales y materiales. Ahora la Unión ya solo se rige por una serie de convenciones jurídicas, y de intereses y represiones económicas. Es un cemento fuerte, pero también muy quebradizo. El Brexit lo ha demostrado, y las dificultades con Polonia y Hungría también lo constatan.

Esta crisis tiene una naturaleza común al mal de Occidente: la desvinculación. Sus resultados no serán solo la fragmentación de la Unión Europea, que ya ha empezado, sino también el desmantelamiento de algunos de sus estados sobre los que ya empieza a actuar la crisis.

Uno de los que se encuentra en riesgo es el heredero de otro imperio, el británico. Para empezar, el Brexit significa el desencadenamiento de fuertes tensiones de segregación en Escocia e Irlanda del Norte. En España, como consecuencia del conflicto de Cataluña y la incapacidad de los partidos e instituciones del estado de realizar una política conjunta que sea precisamente de estado, conduce no a corto, pero sí a largo plazo a otra segregación. No es un dato menor que en el único grupo de población de Cataluña donde el “sí” a la independencia triunfa claramente es en el de los menores de 30 años, donde el “sí” alcanza el 54% y el “no” solo el 41%. Bélgica, a pesar de su desarrollo económico y social, cada vez es más un nuevo tipo de estado fallido, y quizás Italia, si no encuentra una respuesta política integradora, acabe participando de esta categoría. De hecho, Italia no ha conseguido superar el desmantelamiento de los dos grandes partidos de estado que le dieron su configuración moderna, la democracia cristiana como partido de gobierno, y su partner necesario, el PCI con toda su singularidad política.

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La acentuación de la crisis europea comportará que algunos países acentúen la búsqueda de protección en algo más sólido, y esto se llama EE. UU., en el caso de Polonia y los países bálticos, Rusia en el caso de Hungría y quizás algunos más en el caso de la Europa Occidental.

Si el coronavirus no significa un golpe grave para la economía china, esta potencia continuará su colonización de parte de Europa, iniciada ya en el Mediterráneo Oriental. Y qué decir de la presión demográfica que cada vez más va a ejercer África, un continente saturado de gente joven que, como en el caso de la vieja Roma y las poblaciones germánicas, acabará por desbordar pacíficamente las fronteras y ocupar su lugar en el geriátrico europeo.

Hasta la propia Iglesia católica ha dejado de ejercer de bóveda de la construcción europea. Su mirada es distante desde el punto de vista del actual papado, y el episcopado está lejos de cubrir aquella misión histórica que permitió construir la nueva realidad europea. ¡Cuán distinta es de la tarea del episcopado latinoamericano, ejemplificada en ese gran texto que son las conclusiones de Aparecida! Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron dos papas claves en la defensa de la Unión. Ahora la situación es distinta. La desaparición de esta construcción protectora, de esta bóveda, no se debe solo, ni quizás principalmente, a la omisión católica. Sino también al empecinamiento de políticos y medios de comunicación por castigar en todos los flancos posibles a la Iglesia. Desde las versiones más o menos clásicas, o sesentayochistas de la izquierda, hasta el renovado brío de los liberales, que en su último suspiro han descubierto en esta tarea de demolición una de sus justificaciones históricas.

La posible crisis final del nuevo imperio europeo tendría, como anunció Juan Pablo II, su raíz en una evidencia: el haber negligido que el cristianismo era no exclusivamente, pero sí fundamentalmente, la cultura y el sistema moral que permitía su existencia.

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