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La Sociedad Desvinculada (14). Libertad y desvinculación

La cultura de la desvinculación está mutando el sentido de la libertad, porque, cuando el deseo y su satisfacción son el hiperbien, la libertad solo se concibe como un medio a su servicio. Se valora como el conjunto de condiciones que faciliten satisfacerlo. La libertad ya no tiene relación con la búsqueda de la verdad, porque esta carece de interés. Pero, al prescindir de este conocimiento, la persona, la sociedad, es incapaz de reconocer la realidad, que es la manifestación cognoscible de la verdad. Esto explica la acumulación de problemas irresueltos, y las crisis acumuladas, a pesar de disponer de los conocimientos y medios para abordarlas resolutivamente.

También en esto resulta decisiva la ausencia de relación entre libertad y verdad. Sin esta última somos incapaces de establecer cuáles son los bienes constitutivos, los valores y establecer las jerarquías correctas entre ellos. Lo superfluo se confunde con lo necesario y se vuelve urgente lo que es secundario. El bien común queda enmarañado por un agregado de bienes particulares inconexos o contradictorios entre sí, que solo desarticulan, todavía más, a la sociedad, y agotan a los gobiernos hasta el fracaso en su vano intento de conciliarlos. O se confunde con el interés general y entonces todo queda reducido a una cuestión procedimental, porque se presume que si se cumple con el procedimiento el bien está asegurado.

Pero no es así. No lo es a poco que se piense en la vida cotidiana, en la historia. Ceñidos al procedimiento, las revoluciones justas no son aceptables, ni la insumisión en conciencia, y por el contrario significa consentir con lo injusto, como en un momento determinado hicieron muchos alemanes al aceptar la monstruosidad nazi en sus leyes y actos iniciales, como la eutanasia eugenésica del programa Aktion T4. Porque cumplían los requerimientos formales: un gobierno elegido, unas leyes aprobadas por los representantes electos e interpretadas por los jueces. Desde el punto de vista procedimental, ¿qué más se podía pedir? Nada, pero si se podía exigir desde otra perspectiva lo que era fundamental y se vulneraba: el bien común, es decir, la ganancia en humanidad para todos.

El agregado de preferencias personales inconexas, generadas por la renuncia a relacionar libertad con búsqueda de la verdad como imperativo colectivo, explica por qué no hay resolución de los grandes problemas pendientes, ni capacidad para establecer nuevos y exultantes horizontes. Solo queda tiempo y fuerzas para intentar que la sociedad no se desintegre.

Algunas de las imágenes que nos sirve Philip Roth son más explicitas que toda una explicación teórica. «No les interesa sustituir las viejas inhibiciones y prohibiciones y la instrucción moral por nuevas formas de vigilancia, nuevos sistemas de control y una nueva serie de creencias ortodoxas. Sabían dónde podían obtener placer y sabían cómo entregarse al deseo sin temor. Una generación se sacaba del coño sus conclusiones»[1]. A veces con oropeles, a veces descarnadamente, esta es la ideología que preside el mundo occidental en relación con la libertad. La liberación entendida como satisfacción de deseos voraces y nada más. Estos diosecillos guían nuestros pasos.

Al concebir la libertad como elección y no como condición y capacidad para indagar la verdad, y al dejar de ser la veracidad condición necesaria para el vivir auténtico, la verdad deja de tener un papel primordial en la sociedad.

No obstante, para la realización personal y colectiva, la búsqueda de la verdad es vital, porque de ella depende que podamos reconocer adecuadamente los demás bienes, su jerarquía e interrelación. Y cuando desaparece el sentido de la verdad, funciona en su lugar aquello que el deseo genera con facilidad: el subjetivismo de los sentimientos. Cobra entonces un papel central, el emotivismo, una manifestación radical de la subjetividad que considera que los juicios de valor solo son expresión de una emoción. A esto quedan reducidos los juicios morales mientras toda apelación a una moral objetiva es vista como una anomalía o una insolencia.

A partir del momento en que la libertad se concibe en estos términos, resulta difícil que pueda permanecer unida a la responsabilidad, porque, dado que la única consecuencia valorada de la libertad es servir al deseo, la tasación de las consecuencias del acto libre se convierte en algo secundario. La libertad así entendida se desvincula de la responsabilidad.

«¿Yo y los años sesenta? Bueno, me tomé en serio el desorden de aquellos años, que fueron relativamente pocos, y admití la palabra del momento, liberación en su sentido más pleno. Fue entonces cuando dejé a mi esposa. Para ser exacto, ella me descubrió con las Chicas del Arroyo, y me abandonó»[2].

El cambio radical que todo esto ha comportado no se ha valorado en todas sus consecuencias, en la natalidad y la educación, en el matrimonio, y en las relaciones económicas, en la política y la religión.

Nuestro mundo está lleno de gente normal que adopta decisiones queriendo ignorar las consecuencias de sus actos. Es la disolución de la responsabilidad como gran mal moral. Es sobre lo que escribió Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal [3]. No hace falta poseer una personalidad demoniaca para cometer grandes males, basta con eludir la responsabilidad de los propios actos, algo que todavía resulta más fácil cuando no se trata de catástrofes históricas sino de maldades cotidianas. Eso fue ETA en España; no al inicio sino cuando empezó a disociar masivamente el acto de matar y la responsabilidad del asesino. Es la sociedad desvinculada.

La huida literal de la paternidad engendrada en un acto del deseo constituye un fenómeno de general aceptación, pero manifiesta la inhumanidad que se alcanza cuando libertad y responsabilidad no están unidas

La huida literal de la paternidad engendrada en un acto del deseo constituye un fenómeno de general aceptación, pero manifiesta la inhumanidad que se alcanza cuando libertad y responsabilidad no están unidas. Una vez culminada la satisfacción las consecuencias no importan y no deben condicionar la propia vida. Se produce así una radical disociación entre acto y consecuencia, entre ser libre y ser responsable. En aquel ejemplo, la manifestación más evidente de tal disociación es la preocupación obsesiva, hasta devenir bandera política, de desgajar totalmente la relación sexual de la reproducción, como si se tratara siempre —y el subrayado de «siempre» es esencial— de dos actos perfectamente independientes. No se trata ya de que se propugne una relación débil, sino que el paradigma establece mucho más: la norma social apoyada por las leyes es que no debe existir ninguna conexión, solo excepcionalmente puede haberla. En este marco referencial, el máximo bien de la relación sexual no es la procreación ni la expresión de un amor de donación, ni tan siquiera el placer, sino la garantía de que no tendrá consecuencias reproductivas. En el imaginario social el embarazo se ha transformado en una especie de enfermedad de trasmisión sexual y por ello recibe un tratamiento semejante.

Otra consecuencia básica de la cultura de la desvinculación es la transformación del sentido de la autenticidad, concebida ahora solo como acto espontáneo liberado de toda obligación.

De ahí que la sinceridad no se entienda tanto en términos de servicio a la verdad como de obediencia al impulso, contribuyendo de esta manera a la desaparición de la verdad en la vida de las personas y en el funcionamiento de la sociedad. Cuando lo auténtico se percibe como algo espontáneo, la obligación se convierte en su contrario y constituye un acto insincero que, como tal, merece ser evitado porque es una forma de hipocresía. Esta concepción contamina todo nuestro sistema moral y nuestra capacidad para discernir. A causa de ella el «deber ser» resulta un engaño, mientras que es buena a priori toda espontaneidad. Estos cambios individuales poseen potentes desarrollos sociales. ¿Cómo es posible educar si el «deber ser» es, como mínimo, sospechoso cuando en realidad es el fundamento del acto educativo? Si desaparece el «deber ser», solo existe lo apetecible, lo inmediatamente gratificante. El resultado es la incapacidad para formar a la persona, porque resulta incomprensible asumir el esfuerzo, algo que va aparejado a la pedagogía del estudio y aprendizaje. La emergencia educativa que vivimos obedece en buena medida a esta causa

La indeterminación colectiva sobre el bien y la verdad, y su substitución por las preferencias personales establece el relativismo constituido en bien superior, porqué ‑se aduce‑ garantiza la convivencia y la libertad. Así, una carencia tan básica como la idea compartida del bien como vínculo común se convierte para la sociedad desvinculada en algo sumamente valioso. Tener un bien absoluto para todos se convierte en algo sospechoso de totalitarismo. La cuestión es cómo pueden encontrarse respuestas a la exigencia de bien común basándose solo en preferencias individuales. ¿Cómo construir la libertad, la justicia, bajo tales premisas?

La respuesta que nos dan es que es posible bajo procedimientos democráticos, es decir, votando cada cuatro años. Pero ahora ya sabemos por experiencia que no es cierto o, en el mejor de los casos, es insuficiente. No es posible bajo estas condiciones construir una sociedad en el bien. Surge entonces la máscara, la mera representación. Nunca como en esos tiempos, teóricamente consagrados a la autenticidad, han ocupado tanto la escena, las máscaras denunciadas por Nietzsche. Ocurre lo que para él resultaba impensable: la liberación total del deseo conduce al engaño.

El resultado entraña la gran contradicción que señala MacIntyre[4]: en el marco de una sociedad cosmopolita no existe la posibilidad de criterios morales universalmente válidos. Pero al mismo tiempo este cosmopolitismo liberal presume que deben existir unas reglas de conducta ‑una moral por tanto‑ universal de Estados Unidos a Egipto, de Suecia a Filipinas. Pero, ¿cómo puede existir tal cosa para el mundo cuando se rechaza que pueda darse en el interior de una sola sociedad?

A la forma de pensar desvinculada se le otorgan distintos nombres que describen concepciones que sirven de poco a la hora de establecer soluciones a las grandes crisis que nos afectan. Gianni Vattimo la ha llamado «pensamiento débil»; Bart Kosko, «pensamiento borroso»; Jea-François Loytard, «la condición postmoderna», y ya con una actitud más crítica, Zygmunt Bauman, «sociedad líquida».

[1] El Animal Moribundo, 2012, p. 51.

[2] Philip Roth, Ob. cit., p. 55.

[3] Lumen, Barcelona 1999

[4] MacIntyre A., Tras la Virtud, págs. 40-41.

La Sociedad Desvinculada (13). La sociedad de la desvinculación

En el imaginario social el embarazo se ha transformado en una especie de enfermedad de trasmisión sexual y por ello recibe un tratamiento semejante Clic para tuitear
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