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Como afrontan las empresas el cambio de época

El primer cuarto del siglo XXI está lleno de eventos convulsos. Destacan los atentados del terrorismo islámico en territorio de Estados Unidos (2001), las guerras libradas por Estados Unidos desde la guerra de Irak hasta la retirada de Afganistán (2001-2022) a consecuencia de aquellos atentados, la Gran Recesión   (2008), la crisis del euro (2010), la anexión  de Crimea por Rusia (2014), la guerra de Siria y crisis de los refugiados (2015), el malestar social con la aparición con fuerza de populismos (Brexit, Trump, etc.), la pandemia  (2020), la  guerra de Ucrania (2022).

Las empresas quieren entender este nuevo entorno tan convulso para hacerle frente y tratan de prever tendencias de futuro.

Las principales consultoras del mundo viven un momento muy dulce de pedidos. Prácticamente, todas coinciden en afirmar que vienen tiempos difíciles, por muchos motivos, entre los que destacan la emergencia de un nuevo orden mundial, la desglobalización, cambios estructurales en el sector financiero, problemas en las cadenas de valor y en los suministros, retorno de la inflación, progresiva, eliminación de los estímulos monetarios, difícil gestación  de un nuevo sistema industrial en sustitución del anterior, graves obstáculos en materia de transición energética y de lucha contra el cambio climático, difícil cumplimiento de los green deals, impactos de la revolución digital, aparición disruptiva de nuevas tecnologías.Todo ello, concluyen las consultoras, supone un verdadero cambio de época.

El nuevo orden internacional previsto es inestable, volátil, multipolar, de regreso a zonas de influencia como en tiempos de la Guerra Fría (1945-1991). Se estaría pasando de un orden internacional basado en reglas del juego claras, que los países se comprometen a respetar, a populismos y nacionalismos que buscan, sobre todo, el propio interés de los estados.

La guerra de Ucrania muestra que la política de bloques de la Guerra Fría y las esferas de influencia vuelven al tablero internacional

La guerra de Ucrania muestra que la política de bloques de la Guerra Fría y las esferas de influencia vuelven al tablero internacional. Esto cambia radicalmente el orden mundial abierto y reglado dominante desde los años noventa del pasado siglo, que ha permitido una expansión importante de la integración económica internacional. Un orden internacional basado en el derecho y en reglas establecidas, tal y como defiende la UE, no se puede sustentar en este contexto.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945) hasta la caída del Muro de Berlín (1989) y la implosión de la URSS (1991), el orden mundial fue bipolar, con dos únicas potencias globales: Estados Unidos y la URSS. A partir de 1989-1991 y hasta 2001, el mundo fue unipolar, caracterizado por el triunfo universal de la democracia y la libre empresa (“fin de la historia”, según Fukuyama), con Estados Unidos de potencia hegemónica. A partir de 2001 y hasta ahora, la historia ha vuelto con fuerza de forma imprevista. La victoria de Occidente y el mundo unipolar triunfalista se han ido desgastando a consecuencia de los acontecimientos comentados y de corrientes de fuentes como la reemergencia de China, el declive relativo de Estados Unidos, el retorno de viejos imperios (Rusia, India,Turquía, Irán, Indonesia, etc.), el desplazamiento del centro de gravedad económico del mundo hacia la región Indio Pacífico  y el final del largo ciclo de dominio occidental en el mundo.

Dentro del orden multipolar emergente, destacan dos potencias por encima del resto: Estados Unidos y China. La relación entre ellas será el factor determinante del escenario internacional del siglo XXI. Puede ser de tres tipos: competición (inevitable), cooperación (deseable) y confrontación (indeseable).

La UE necesita llegar a la unión política federal si quiere jugar un verdadero papel de actor global. Si no llega, va directa a la irrelevancia. Es de esperar que adopte cambios estructurales.

La guerra de Ucrania ha puesto en evidencia la debilidad de su sistema energético.

La respuesta es acelerar al máximo las energías renovables (también por el cambio climático) y recurrir transitoriamente a la energía nuclear. La excancillera alemana, Angela Merkel, es hoy políticamente en entredicho por sus errores cometidos en este terreno: excesiva dependencia gasística y petrolera de Alemania respecto a Rusia y cierre precipitado de centrales nucleares. Una segunda evidencia va más allá del petróleo y del gas: la fragilidad de depender de suministros estratégicos provenientes de países con predisposición a hacer con los vecinos lo mismo que ha hecho Rusia con Ucrania. A la especulación sobre materias primas o al acaparamiento chino que desató la crisis de los suministros de 2021, hay que añadir ahora las crisis con países que tienen la capacidad de cerrar el grifo de productos críticos.

La respuesta europea se llama «autonomía estratégica». Pretende aumentar la integración productiva en cadenas de la propia UE

La respuesta europea se llama «autonomía estratégica». Pretende aumentar la integración productiva en cadenas de la propia UE, lo que conllevará previsiblemente una cierta relocalización industrial y un importante desarrollo con apoyo público de empresas, tecnologías y sectores considerados estratégicos. A remolque de la guerra, también se vislumbra el impulso de la UE como sujeto político y como actor global, relevante por sus consecuencias sobre la economía. Una de estas consecuencias es el aumento inmediato e importante del gasto militar, particularmente de Alemania, y el desarrollo de la industria que hay detrás, incluidas tecnologías avanzadas que después se aplican a la vida diaria. La UE está en un punto de inflexión. Tiene que afrontar muchos retos a la vez que pueden desguazarla o fortalecerla.

La globalización económica, tal y como se ha vivido en las últimas décadas, experimentará un frenazo muy importante.

A diferencia de lo que ocurre en una pandemia, las guerras provocan cambios estructurales en la economía global y la invasión rusa de Ucrania no sería una excepción. Pasó con la Primera Guerra Mundial, que frenó la primera ola globalizadora, y pasó también con la Segunda, que derivó por un lado en la Guerra Fría y por otro propició el establecimiento de instituciones para facilitar la gobernanza global.

La guerra de Ucrania ha acelerado cambios que ya se iban produciendo en los últimos años y ha reescrito décadas de orden geopolítico y cooperación multilateral. La globalización se ha visto golpeada por la crisis financiera de 2008, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la pandemia del coronavirus y ahora por la guerra de Ucrania. Cada uno de estos acontecimientos ha arañado espacio en el libre comercio y en la libre circulación de bienes y personas y hoy avanzamos sin remedio hacia un modelo más fraccionado y compartimentado del que las autoridades habían impulsado durante décadas.

Larry Fink, presidente de Blackrock, el mayor fondo de inversión del mundo, ha manifestado recientemente en su carta a los accionistas  que “la invasión rusa de Ucrania, tras las turbulencias  provocadas por la pandemia en las cadenas de suministros, ha puesto punto final a tres décadas de globalización“. Muchas empresas y gobiernos fabricarán y se suministrarán de forma más local y regional. Según Fink, «la guerra de Ucrania marca un punto de inflexión en el orden geopolítico mundial, las tendencias macroeconómicas y los mercados de capitales».

Otros expertos coinciden en que la situación comercial global será muy diferente a la conocida en los últimos años.

Estamos ante un cambio que se va observando desde hace una o más décadas. El decoupling (desacoplamiento) entre las grandes economías del mundo  -Estados Unidos y China- comenzó al día siguiente de la caída de Leman Brothers, cuando China estrenó su propio programa masivo de estímulos fiscales. Otras economías siguieron el camino de China. En muchos sitios tuvieron lugar manifestaciones populistas contra la globalización, entendida como la capacidad de bienes, personas y capitales de moverse por donde es más productivo de hacerlo. Las últimas décadas de globalización han creado una prosperidad sin precedentes a escala global, pero en muchos países han crecido las desigualdades, que provocan malestar social.

Pase lo que pase con Ucrania, Moscú ya ha dejado de ser un socio fiable para Europa y el resto del mundo occidental

La guerra de Ucrania ha servido de despertador para aquellos países que se mostraban reacios a cortar lazos con regímenes autoritarios. El caso paradigmático es Alemania, hoy todavía dependiendo en un 55% del gas ruso. Alemania era partidaria del Wandel durch Handel (el cambio a través del comercio), desde el convencimiento de que las políticas autoritarias de países como China o Rusia se irían transformando en un sistema más libre, abierto y democrático mediante el establecimiento de lazos económicos cada vez más estrechos. Pase lo que pase con Ucrania, Moscú ya ha dejado de ser un socio fiable para Europa y el resto del mundo occidental. La decisión de reducir progresivamente la compra de energía a Rusia no cambiará. Alemania ha bloqueado el gasoducto Nord Stream 2 y está construyendo a toda velocidad estaciones receptoras de gas licuado procedentes especialmente de Estados Unidos. Rusia seguirá siendo un estado paria durante al menos una década y esto supondrá que buena parte de las sanciones comerciales, financieras y de todo tipo se mantengan.

Es muy probable que Ucrania, con un mapa más o menos mutilado, se declare país neutral y acabe entrando en la UE y no en la OTAN.

La UE organizará un nuevo Plan Marshall para reconstruir Ucrania a partir de los destrozos provocados por la invasión rusa. También es previsible que Rusia quede cada vez más ligada a China, lo que geopolíticamente va en contra de la existencia de una Eurasia que conforman de forma natural Europa y Rusia, con economías complementarias y culturas compartidas (la Europa que De Gaulle definía como el espacio que va de “Gibraltar a los Urales”).

Los cambios producidos en el sector financiero –el más beneficiado por la globalización– a consecuencia de la guerra de Ucrania son notables. La exclusión del sistema de mensajería interbancaria SWIFT de varios bancos rusos y del proceso de pagos a través de la cámara de compensación ha llevado a China a acelerar su alternativa para intentar reducir la vulnerabilidad de Rusia. Lo mismo ocurre con las reservas en divisas y el uso de monedas alternativas al dólar para desvincularse  progresivamente de la moneda estadounidense. El banco central de China ha empezado a promover swaps de divisas con otros bancos. Intenta que empresas y gobiernos extranjeros emitan valores en los mercados chinos para ganar liquidez y profundidad.

Días antes de la guerra, un euro costaba 40 rublos y cuando empezó la invasión se pagaba a cuatro veces más

El contenido financiero de los consecutivos paquetes de sanciones adoptados por la UE contra Rusia tienen el efecto deseado. Rusia se acerca a una nueva quiebra. La anterior fue la del año 1998. El rublo se ha hundido y Rusia se encuentra en un corralito. Después de la invasión de Ucrania, la gente despejó los cajeros automáticos y los bancos dejaron de prestar dinero. El rublo, como en 1998, perdió valor. Días antes de la guerra, un euro costaba 40 rublos y cuando empezó la invasión se pagaba a cuatro veces más. Aumentó la inflación y muchos huían para salvar su patrimonio. Siete bancos rusos han sido incautados y el mayor, Sberbank, no ha podido evitar que quebraran sus filiales en Europa. El Banco Central de Rusia tenía 630.000 millones de reservas en oro, euros, dólares y yuanes. Pudo pagar dos bonos de 177 millones de dólares que vencían en febrero, pero cuando Rusia fue rechazada del sistema de transferencia SWIFT sus reservas se congelaron. Ahora no son más que apuntes contables en bancos de Estados Unidos y Londres.

Otro factor importante a considerar es el retorno de la inflación, impulsada por los retrocesos de la integración comercial, y por la subida de precios de los combustibles fósiles, materias primas alimentarias y ciertos minerales preciosos. Precios más altos en materias primas básicas auguran no sólo más inflación, sino también la búsqueda de una mayor independencia económica de los países que pueden permitírselo y una menor integración. La crisis de Ucrania ha exacerbado el problema energético en Europa y en otras partes del mundo. Los costes de la transición hacia las energías verdes se han subestimado, así como la duración de la transición hacia una economía descarbonizada. Según la OCDE, la guerra de Ucrania reducirá al menos en un punto porcentual el crecimiento global, que pasaría del 4,5% al ​​3,5%, mientras que la inflación subiría casi 2,5 puntos por encima de lo previsto a finales de 2021. Si el problema de la inflación es persistente, los tipos de interés serán necesariamente más altos.

Las empresas deben tener muy en cuenta que está desapareciendo un sistema industrial que se ha tardado dos siglos en construir.

Se necesitarán ajustes muy fuertes. La UE apuesta por una transición rápida a fuentes bajas en carbono, pero esta transición genera una preocupación añadida: la excesiva dependencia de la UE de las importaciones de tecnología y materias primas minerales para hacerla posible.

Las empresas deben mejorar su gestión para que sean capaces de afrontar estos nuevos retos. La gestión debe ser eficiente y, al mismo tiempo, orientada a largo plazo. El cliente debe seguir siendo el centro de la empresa. Hay que pensar el cambio más desde una lógica de oportunidad que de problema, como recomienda Peter Drucker, el gran tratadista del management. Las empresas que sobrevivirán y saldrán más fuertes de los retos planteados serán las que inviertan más en personas y logren motivar y comprometer sus cuadros directivos en momentos tan complejos como los actuales.

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