Una súplica sencilla para pedir resguardo, claridad y paz. Un manto de invisibilidad espiritual que protege del mal, fortalece la fe y ayuda a servir a Dios sin miedo.
Oración de Protección de «Invisibilidad» de San Juan Pablo II
En el nombre de Dios, de la Santísima Trinidad, del Padre del Hijo unigénito y del Espíritu Santo.
Apártense espíritus malignos para que no puedan ver, ni oír nuestras actividades o nuestros planes y para que no puedan engañarnos, ni perseguirnos, ni interferir en nuestros planes y proyectos, o causar confusión en nuestros esfuerzos por servir a Dios.
El Señor nuestro Dios les ordena que se aparten y nunca vuelvan. ¡Oh Señor Santísimo y Todopoderoso, haznos invisibles a nuestros enemigos! Amén»










2 comentarios. Dejar nuevo
que linda oracion
Se nota que detrás hay un deseo hermoso: vivir sin miedo, con claridad y con paz, y servir a Dios de corazón. Precisamente por eso, y por el cariño que tantos tenemos a san Juan Pablo II, creo que convendría revisar algunas expresiones y comprobar la atribución antes de difundirla como suya.
El artículo no aporta una referencia que permita verificarla: un escrito, una intervención o un testimonio documentado. Mientras no tengamos esa fuente, lo prudente sería presentarla como una oración de autoría no acreditada. No podemos asegurar que nunca la rezara, pero tampoco dar por hecho que sea suya. Si tienes la referencia, será un gusto conocerla. Quien tanto amó la verdad merece que cuidemos también lo que difundimos en su nombre.
En cuanto al «manto de invisibilidad», la Biblia nos habla de un Dios al que podemos pedir que nos esconda «a la sombra de sus alas» (Sal 17,8). Esa imagen expresa algo muy hermoso: podemos refugiarnos en él. Pero conviene no presentar la oración como una fórmula que nos vuelve invisibles o garantiza que nada interfiera en nuestros proyectos. Nuestra paz no está en conseguir que el enemigo no nos vea, sino en saber que Dios sí nos ve siempre y nos ama. Jesús nos recuerda que nuestro Padre «ve en lo secreto» (Mt 6,6). Por eso, más que un manto que nos hace invisibles, yo hablaría de una confianza que nos ayuda a vivir sin miedo, también cuando llegan las dificultades.
En esta oración, que se atribuye en Internet a Juan Pablo II, pasamos de pedir ayuda a Dios a dar órdenes directamente a los espíritus malignos: «Apártense…». La Iglesia trata estas cuestiones con mucha prudencia y reserva el exorcismo mayor a sacerdotes expresamente autorizados. Eso no significa que esta oración privada sea, por sí sola, un exorcismo; pero sí aconseja evitar ese lenguaje y dirigir nuestra súplica al Señor.
Hay un pasaje de la carta de san Judas que puede ayudarnos a comprender esta actitud. Cuando el arcángel Miguel disputaba con el diablo acerca del cuerpo de Moisés, no pronunció una condena injuriosa contra él, sino que dijo: «El Señor te reprima» (Jds 9). Podemos reconocer aquí una enseñanza de humildad: incluso san Miguel, en su combate, remite al juicio y al poder de Dios. Nuestra confianza tampoco necesita apoyarse en la fuerza de nuestras palabras, sino en el Señor, a quien pedimos que nos defienda.
No necesitamos dar órdenes al demonio para pedir protección. Jesús nos dejó una petición sencilla y profunda que todos podemos hacer nuestra: «No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal».
Una oración que san Juan Pablo II sí nos recomendó:
El 24 de abril de 1994, durante el Regina Caeli, san Juan Pablo II invitó a todos a no olvidar la oración breve a san Miguel Arcángel, vinculada a León XIII, y a rezarla para pedir ayuda en el combate contra las fuerzas de las tinieblas. Esa recomendación sí está documentada. En ella pedimos a san Miguel que nos defienda y ponemos en manos de Dios la reprensión del Maligno:
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.
Si queremos conservar la intención de pedir protección para nuestras actividades, podemos hacerlo con una oración como esta que te propongo. Es una propuesta privada, no un texto oficial de la Iglesia ni una oración de Juan Pablo II:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Señor Dios, Padre todopoderoso, por Jesucristo, tu Hijo, líbranos del Maligno y protégenos de todo engaño. Danos la luz y la fortaleza del Espíritu Santo para servirte con fidelidad. Ponemos en tus manos nuestras actividades, planes y proyectos: corrige lo que no sea conforme a tu voluntad y bendice lo que contribuya a tu gloria y al bien de nuestros hermanos. En las dificultades, concédenos prudencia, caridad y perseverancia. Enséñanos a amar también a quienes nos quieren mal y a no dejarnos vencer por el miedo. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
No se trata de poner en duda la buena fe de quien comparte esta devoción, sino de cuidar aquello que nos ayuda a rezar y a confiar de verdad. La protección de Dios no significa que nunca vayamos a sufrir ni que todos nuestros proyectos salgan adelante. Significa que no estamos solos, tampoco en la prueba.
En esta memoria de san Juan Pablo II, me quedaría con aquella invitación que nos dejó al comenzar su pontificado:
«¡No tengáis miedo!».
Más que buscar hacernos invisibles, aprendamos a vivir confiados en el amor del Padre, sostenidos por la oración, los sacramentos y la caridad.