Cuando mi hijo se convirtió en padre

COMPARTIR EN REDES

Después de un rato saludando a familiares, amigos, gente que conozco y otros que no que vienen a felicitarme, consigo sentarme, a un lado mi padre y a otro Cari, que luce más espléndida que nunca, radiante de hermosura y de felicidad. Más allá de mi padre, Juan, Bea y Adrián completan el banco que “custodiará” al protagonista de hoy, sentado a apenas un par de metros delante mío. Detrás de nosotros, multitud de familiares, amigos, conocidos, han venido a presenciar el milagro que hoy se producirá aquí.

Hay mucho bullicio; es un día de fiesta y la gente está emocionada. Para muchos de ellos es la primera vez que asisten a una ordenación sacerdotal. No para nosotros, pero sin duda es distinta que las anteriores que hemos presenciado.

Consciente de la radical trascendencia del momento, intento recogerme interiormente. Como cada día antes de la eucaristía, rezo un padre nuestro, un ave María, y la oración de San José, para que los tres integrantes de la Sagrada Familia me ayuden a vivirla lo menos disperso posible. También, como cada eucaristía, invoco al Espíritu Santo rezando, despacio, su secuencia, para que no permita que pase por alto lo que va a suceder, lo que ocurre en cada misa.

En mi corazón hay paz cuando la procesión comienza a entrar en la Catedral. Muchos rostros conocidos en esa procesión, muchas sonrisas y gestos de complicidad de tantos sacerdotes que han acompañado a nuestra familia en estos largos años de preparación. Cuando llega mi hijo, con los otros dos diáconos que se ordenarán con él, antecediendo a nuestro querido obispo emérito, y a nuestro no menos querido D. Antonio, se me llena el pecho. Por supuesto que hay una parte de orgullo, de la persona que Víctor ha llegado a ser, pero lo que de verdad me llena es la gratitud por lo que en unos minutos será.

Comienza la celebración, y no puedo evitar que mi mirada baile continuamente de su rostro a la gran cruz que preside nuestra Catedral Magistral.

Señor, gracias, que grande eres, bendito y alabado seas por siempre.

La ceremonia inicial transcurre con normalidad, todo es bello, todo está bien llevado, el coro acompaña embelleciendo, porque tenemos la suerte de que en nuestra ciudad se cuida mucho la liturgia.

Las palabras de nuestro obispo son, como siempre, una inspiración. Qué facilidad tiene este hombre para transmitir lo complejo con sencillez, para encender los corazones con el significado de lo que estamos celebrando. Ni siquiera la realista advertencia a los ordenandos, aquí comienzan vuestras mayores dificultades, ensombrece el momento, porque lo dice un hombre que por encima de todas las dificultades propias de su cargo tiene una gran relación de amistad con el Señor, y eso se hace patente cuando habla.

Al terminar la homilía, comienzan los ritos propios de la ordenación. Guadalupe está nerviosa por saber cuándo es ya sacerdote, y se apresura, y su hijo le tiene que advertir con mucha discreción, todavía no mamá.

Mientras está tumbado en el suelo, y su compañero Juan Pedro canta con potente y hermosa voz las letanías de los santos, ruego al Señor por él, también por los otros dos, pero no puedo evitarlo, mi foco está centrado en mi hijo, en el futuro sacerdote. Hemos esperado tanto tiempo hijo, y ahí estás, por fin, con la última preparación antes del gran paso.

Da gracias a Dios hijo, y prepárate porque lo que está a punto de suceder es un auténtico milagro en tu propio ser.

Lágrimas de gozo acuden a mis ojos cada vez que le miro. De momento contengo el llanto, pero sé que no será por mucho tiempo. Cuando el obispo impone sus manos sobre la cabeza de mi hijo, ya no puedo evitarlo.

Gracias Señor, infinitas gracias, por que has mirado la humillación de tu esclavo, y has querido poner tus ojos en mi hijo para convertirle, en este preciso momento, en uno de tus elegidos.

Desde antes de que él, o nosotros mismos naciéramos, el Señor ya había pensado en Víctor para que fuera su imagen en la tierra. Nadie lo habría sospechado, ni por asomo, hace tan solo unos pocos años, y ahora sin embargo, aquí estamos. Y el Señor ha querido confiarnos, confiarme a su hijo, como en su día confió al niño Jesús a San José, para que le custodiáramos hasta este día. Perdona Señor por todas las veces que no he sabido ejercer como padre, y gracias por haber compensado todos mis errores haciendo de mi hijo una persona tan noble y hermosa, y ahora tan privilegiada.

Tras la imposición de manos por los numerosos sacerdotes que han asistido a la ceremonia (tantas gracias de tantos santos, tanto Santo Espíritu derramado sobre ti hijo), realmente emocionante en algunos momentos, D. Antonio proclama la oración de consagración, lloramos, ahora sí Guadalupe, ahora sí, tu hijo ya es sacerdote. Ha partido del banco Víctor hijo, y ahora vuelve el Padre Víctor. No podemos evitar la emoción; él llora, nosotros con él.

¡Bendito seas Señor, por tantas gracias derramadas sobre nosotros!

No puedo evitar pensar en algunas de las dificultades a las que nos enfrentamos en este tiempo, pero en estos momentos le das la importancia que tienen, qué habré de temer, si “El Señor es mi Pastor”, nada me falta. No hay dificultad que haga sombra a la Gracia de Dios derramada sobre nosotros.

La alegría de mi hijo en estos momentos, que a ratos sonríe, y en otros directamente se ríe (y se que es de puro gozo, como ya le pasara en su ordenación diaconal), no pueden ser ensombrecidas por nada ahora mismo.

Continúan los ritos de la hermosa liturgia, y tenemos el privilegio de llevar las ofrendas al altar. Ese pan y ese vino que llevamos Guadalupe y yo, serán transformados. El pasillo hacia el altar es otro momento para dar gracias a Dios, por Guadalupe, por nuestros hijos, por tantas personas que nos han acompañado en tantos momentos no siempre tan alegres como este, y que hoy vuelven a acompañarnos. Para recordar también a aquellos que ya no están con nosotros, pero que confío en que lo viven mejor desde el cielo. ¡Menuda fiesta tiene que haber allí arriba hoy!

Por fin llega ese momento tan esperado, durante tanto tiempo, hoy no lo sostendrá, eso será mañana, pero el momento en el que adelanta la mano temblorosa para a unirse al resto de sacerdotes en la consagración, es, sin duda para mí, el culmen de la celebración. Soy plenamente consciente de que, por las ahora santificadas manos de mi hijo, se está derramando el Espíritu Santo permitiendo que ese pan y ese vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

No hay nada más grande en este mundo que el milagro de la eucaristía, y ese milagro se está realizando a través de este nuevo sacerdote de Cristo, que es nuestro hijo.

Aunque ya nos ha dado muchas veces la comunión, hoy nos arrodillamos delante de otra persona, de alguien ya transformado por Dios. No deja de ser nuestro Víctor, no deja de ser nuestro hijo, pero ya no será el mismo Víctor, ni el mismo hijo, nunca más. Estás sellado hijo, ahora y para siempre, sé fiel a ese sello que el Señor ha querido poner en ti.

Estos pensamientos me sugieren lo único que le digo al besarle las manos, que ya no son sus manos, sino las manos de Cristo, que me guardo para nosotros.

Terminamos la celebración con alegría desbordante. La gente nos da la enhorabuena, se equivocan, sí las felicitaciones que acogemos y agradecemos, pero nosotros tenemos poco que ver en lo que aquí ha sucedido. Al contrario, somos unos privilegiados porque el mismo Dios, uno y trino, ha querido que sea ese muchacho que hace más de 33 años subiera del paritorio al nido con las manos unidas como en oración. Quién iba a pensar, que aquello era un anticipo de lo que estaba por suceder.

Escribo estas líneas después de haber asistido a su misa de acción de gracias, la primera vez que, esta vez sí, ha sostenido el cuerpo y la sangre de nuestro Señor con esas recién bendecidas manos. Es un momento no menos emocionante y gozoso, el primero de tantos. Sólo pido al Señor que le dé la fuerza necesaria para perseverar hasta el final, y a todo el que lea estas líneas que dedique un momento a orar por la santidad de nuestro hijo, el padre Víctor.

El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.
¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.