Cada cierto tiempo, una parte de España vuelve a tropezar con la misma obsesión: sacar a Dios de la escuela, expulsar a la Iglesia de la vida pública y engañosamente presumir de que con eso se habrá conquistado, por fin, la edad adulta de la supuesta tolerancia.
Ahora lo han vuelto a hacer.
Casi setenta organizaciones sociales, políticas y sindicales han reclamado retirar de forma inmediata la religión confesional de la enseñanza, derogar los acuerdos con el Vaticano y eliminar progresivamente los conciertos educativos ¿ De Quién tienen miedo?
Porque si Dios no existe, si la fe es una superstición residual, si Cristo es poco más que una fábula y la Iglesia —como ha dicho Silvia Abril frívolamente estos días— no pasa de ser “un chiringuito”, entonces no se comprende semejante histerismo.
A nadie le inquieta de una forma tan seria lo que considera muerto. Nadie en su sano juicio moviliza manifiestos, campañas y consignas contra una sombra inocua y falsa.
Entonces el sentido común nos lleva a una única respuesta: sí tanta energía dedican a borrar el cristianismo del corazón del hombre, es porque sospechan que está vivo o porque intuyen que es muy fecundo. Es más, tal vez estén seguros de que saben que ofrece una plenitud que ningún otro sustituto puede dar y esto tira por tierra «el chiringuito».
Están luchando contra una Presencia y eso cambia por completo el asunto.
En esta ofensiva se nos vende el relato de una justa defensa de la neutralidad, de la convivencia, de la escuela pública y del pluralismo.
Pero vamos a llamar a las cosas por su nombre. Aquí no hay neutralidad, aquí hay laicismo militante. No intentemos disimular porque no se pretende abrir espacio para todos.
La principal intención es cerrar el paso a una fe concreta, la que ha dado forma espiritual, moral, cultural e histórica a España.
Se quiere de forma expresa educar a generaciones enteras como si preguntarse por Dios fuese una rareza vergonzante. Llamémoslo mejor educar en la hostilidad.
Y ahora conviene desmontar otra trampa. La laicidad bien entendida no exige que la religión desaparezca de la escuela.
Es más, del hecho de que el Estado no sea confesional no se deduce que la sociedad tenga que ser espiritualmente analfabeta.
Tampoco que las familias deban renunciar a educar a sus hijos conforme a sus convicciones. Ni quiere decir que la escuela deba convertirse en una máquina de producir ciudadanos amputados de toda trascendencia, por si acaso Dios existe.
Porque eso es lo que late en el fondo de la cantinela que una y otra vez sale a la palestra pública: una persona sin misterio y sin destino. Lo deseable es un individuo funcional, sentimentalmente moldeable y perfectamente disponible para la moda cultural del momento.
El hombre no es Dios pero es profundamente amado por Dios y esto resulta insoportable. Ahí empieza el conflicto de verdad.
No soportan que un niño aprenda que su vida tiene un sentido más alto que “realizarse” o producir y producir.
No soportan que un adolescente descubra que el sufrimiento no es absurdo sin más.
No soportan que un joven intuya que existe una vocación, una llamada, un deber, una verdad por la que merece la pena entregarse e incluso dar la vida.
No soportan que haya familias que quieran para sus hijos algo más que competencias digitales, emprendimiento, empleabilidad y educación afectivo-administrativa.
La fe les parece peligrosa porque libera de verdad. Porque da un punto de apoyo muy importante fuera del rebaño ideológico.
Un hombre que sabe que pertenece a Dios es mucho menos manipulable que uno que sólo pertenece a sus impulsos o a la propaganda del día.
Se busca un monopolio cultural y mucho se habla de igualdad, pero se trabaja por la uniformidad.
Luego está el viejo truco de presentar toda presencia cristiana como imposición. Curioso. Enseñar religión en el aula sería imponer, en cambio, enseñar una antropología relativista, falsa, desarraigada y hostil sería “formar ciudadanos críticos”.
Hablar de Dios en el aula sería adoctrinar pero inocular desde la infancia una visión cerradamente materialista del hombre sería emancipar.
Proponer a Cristo como respuesta a la sed humana se considera intolerable pero saturar la escuela de moralinas ideológicas cambiantes es llamado progreso.
La mentira es demasiado burda como para no verla.
Detrás de esta guerra cultural hay también una profunda soberbia espiritual. No en todos los casos, desde luego. Pues a veces hay heridas, ignorancia, malas experiencias, caricaturas heredadas…
La vieja soberbia del hombre que no quiere arrodillarse ante nada porque prefiere declarar inexistente a Dios antes que admitir que quizá deba cambiar de vida.
No es un problema moral, es un problema todavía mas grave, es un problema del corazón.
A la gente no le molesta la idea de una religión falsa, le agobia la posibilidad de una religión verdadera. Le incomoda Cristo, presencia viva.
Por eso la pregunta sigue en pie: ¿de Quién tienen miedo?
Y la respuesta, aunque no la digan, es clara: tienen miedo de Cristo.
Combaten una Verdad. Y, en el fondo, en sus noches más oscuras, aunque les cueste clavar la rodilla, lo saben.
«Siempre hay esperanza para el hombre que sabe que está haciendo mal; pero no hay esperanza para el hombre que está haciendo mal y dice que el mal es bien. El católico se sale de la carretera como cualquier otra persona, pero nunca tira el mapa» (F. Sheen)










