“Delante lo tienes, ¡Adelante!”

Te me quejas de que no entiendes a Dios: No tienes trabajo, por más que trabajas bien. Nadie te publica tus libros, aunque escribes bien. Siembras y siembras la buena semilla sin afán torticero. Rezas con las obras y hasta te mortificas. No consigues nada de lo que luchas –dices-, y nada te sirve para nada. Y dudas de Dios. Pero observas que acto seguido experimentas una gran certeza de tu vocación al apostolado “de crisis”, con la Cruz plantada de entrada. Y te respondes, con alguien que te entiende sin entender más que por la fe: ¿Tú qué sabes de tu ejemplo e influencia con tu “trabajo” de almas en el mundo, ya ahora, y un día tan lejano como Dios quiera? ¿Tú qué sabes quién leerá un día tus libros? ¿Tú qué sabes del fruto que nacerá tras las heladas de invierno y los brotes primaverales? Lo que te aparece más claro es lo que Dios está pidiéndote en este momento y lo tienes delante de las narices: Quiere que te ejercites en la fe, agarrado a sus manos fuertes y abrasado en su corazón ardiente de Padre, con un total abandono. A lo mejor está preparándote para algo muy importante, has oído, algo para lo cual te será precisa una confianza de montaña. De momento, has aprendido que debes tener los ojos puestos en la Vida eterna, que es el Reino para el cual Dios Todopoderoso nos ha creado; no en esta tiniebla que es el reinado del Príncipe de este mundo transitorio de nada. Que la vista no debes tenerla en la burla del vecino en esta vida vacía, sino en el Juicio Final, momento sublime en que Dios nos confrontará con la Verdad, pública y universal. Por eso ya no comulgas con vanidades. No te fías de las riquezas. Intuyes ya, en fin, el hálito de la muerte en todo lo que pasa. Y amas más que nunca la vida y el mundo. Y recuerdas, entonces, que el Mal es Bien para el que sigue a Cristo, que ni el satanismo ni las sectas pueden nada para ti que estás en gracia y no traspasas el umbral de la prudencia y no te metes curioso donde no debes. Dios, tu Padre, y la Virgen tu Madre –sientes-, siempre te asistirán. Siempre es siempre. “Veía yo a Satanás caer como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno” (Lc 10, 18-19). Así concluyes que tu ciento por uno “en esta vida” que Jesucristo te prometió llegará tras la tormenta, y te espera, además, la vida eterna, y ni el veneno te dañará (Cfr. Mc 10, 29-31; 16,18). Que el camino lo tienes delante, y solo te falta caminarlo. Y te repites: “Persevera. No sueltes la mano de Dios, y ánimo: Verás maravillas. ¡Adelante!”.

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