HUELE A PODRIDO
Hay un viejo dicho que afirma que una sola manzana podrida puede acabar estropeando toda la cesta. El problema de España es que, después de décadas de escándalos, investigaciones judiciales, comisiones ilegales, espionajes políticos, tramas de influencias y presuntas organizaciones criminales incrustadas en el poder, ya no sabemos cuál fue la primera manzana que se pudrió.
Porque las últimas investigaciones judiciales no afectan a un partido concreto, ni a una ideología determinada, ni a un gobierno en particular. Alcanzan a ejecutivos de distintos colores políticos y se extienden, como una mancha de aceite, a lo largo de los últimos treinta años de nuestra democracia.
Gürtel. Kitchen. ERE. Púnica. Tito Berni. Koldo. Comisiones de las mascarillas. Presuntos tráficos de influencias. Fontaneros políticos. Espionajes. Utilización partidista de las instituciones. La lista es tan larga que muchos ciudadanos apenas recuerdan ya el nombre de un caso cuando aparece el siguiente.
Y eso, quizá, es lo más grave.

Porque una democracia puede soportar la existencia de corruptos. Ninguna sociedad está vacunada contra la ambición, el abuso de poder o la deshonestidad. Lo que resulta mucho más difícil de soportar es la sensación de que la corrupción se ha convertido en parte del propio sistema, de que el ciudadano ya no se escandaliza porque ha terminado aceptando que «todos son iguales».
Una Democracia enferma
Y cuando la corrupción deja de indignar, la democracia empieza a enfermar.
Lo que está en cuestión ya no es únicamente la conducta de determinados dirigentes, sino el modelo político que hemos construido. Un sistema de partidos con listas cerradas, donde el poder de las cúpulas orgánicas es inmenso; donde la carrera política depende más de la obediencia al aparato que de la confianza de los ciudadanos; donde demasiados dirigentes han pasado de las juventudes del partido a los despachos públicos sin haber conocido apenas otra realidad profesional.
El resultado es una política cada vez más endogámica, más cerrada sobre sí misma y, en ocasiones, más preocupada por su propia supervivencia que por el servicio al bien común.
Y aquí debemos hacernos una pregunta incómoda:
¿A qué espera la sociedad española para reaccionar?
¿Nos hemos resignado? ¿Hemos aceptado que la corrupción es el precio inevitable de la política? ¿O, peor aún, estamos tan polarizados que perdonamos los abusos de «los nuestros» mientras denunciamos únicamente los de «los otros»?
Porque existe un riesgo aún más profundo que la corrupción de los gobernantes: la corrupción moral de la propia sociedad. El momento en que dejamos de exigir ejemplaridad. El momento en que justificamos la mentira, el abuso o el clientelismo porque benefician a nuestra opción política. El momento en que dejamos de buscar la verdad para limitarnos a defender a nuestra tribu.
Entonces, la manzana podrida ya no está solo en la cesta del poder. Está en toda la cesta.
Desde una perspectiva cristiana, la corrupción no es simplemente un delito económico o una irregularidad administrativa. Es una forma de injusticia que destruye la confianza social y pervierte el sentido de la autoridad, que debería estar siempre orientada al servicio.
Por eso la regeneración de España no será únicamente una cuestión de leyes o de nuevos partidos. Será, sobre todo, una cuestión moral.
Necesitamos instituciones más transparentes, sí. Necesitamos reformas políticas, sin duda. Pero también necesitamos ciudadanos que vuelvan a exigir honradez, verdad y responsabilidad a quienes les gobiernan.
Porque ninguna democracia puede sobrevivir mucho tiempo cuando el olor a podrido se convierte en algo normal.
Y hoy, seamos sinceros, en España… huele a podrido.
Dani & Jucho









