Dios también descansa

Como a los apóstoles agobiados, Jesús nos lleva también a nosotros a un lugar tranquilo para descansar (Mc 6,31). Es un indicador que nos anticipa la importancia que tiene para los cristianos y para todo ser humano el descanso dominical, que Dios Padre da al hombre por medio de la Resurrección su Hijo. Y lo hizo sin improvisación, pues provenía del antecedente del sabbat judío, que está radicado en la naturaleza misma. Con una transmisión generación tras generación desde que el tiempo es tiempo, la santidad del día del descanso procede de una voluntad expresa de Dios Creador, tal como viene descrito en el Antiguo Testamento, ya desde el inicio de su primer libro, el Génesis. Tiempo y Creación son inseparables. El Creador también descansó al séptimo día (Gén 2,2).

Hemos visto que el descanso está en los planes de Dios, por lo que debe ser santificado. Pero para disfrutarlo con plena justicia hay una condición, que es haber trabajado previamente: “el Señor miró su obra y vio que todo era muy bueno” (Cfr. Gén 1,1-2,4). Así pues, puesto que nuestro modelo es Dios, nuestro trabajo debe ser muy bueno, eso es, camino de santidad en el cumplimiento de nuestros deberes para con Él, primero, y con nuestros hermanos, después.

Sin embargo, para Dios Creador el descanso no es en absoluto necesario, porque Él es eterno; sí es para nosotros ejemplo. Todos los seres creados estamos bajo la ley del tiempo, y los seres humanos, por tener cuerpo (con el que resucitaremos un día), hasta en la vida eterna (el Cielo, el Purgatorio y el Infierno) tendremos una cierta sucesión de tiempo; Dios es el único que está fuera del tiempo: el único eterno. Si conseguimos entrar en el Cielo, Dios será nuestro descanso.

Hasta en la Naturaleza observamos la ley del descanso. También los animales descansan. Sin embargo, en los animales, la obligación del descanso no es más que, por decirlo de alguna manera, “natural” e instintiva, con algo (por aquello de que todo en la Naturaleza es parte de Dios) pero poco que ver con la raíz teológica que el Creador le imprime para el hombre y la mujer en el Séptimo Día, el Día de Descanso. Por eso debe ser cumplido por el ser humano, hecho a imagen y semejanza del Creador. Más aún, la Ley dada por Dios a Moisés contiene la norma que proclama la obligatoriedad del descanso sabático (Éx 34,1-29), que está contenido en el doble mandamiento de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Cfr. Deut 6,4-5; Lev 19,18).

Por tanto, todos debemos descansar y respetar el descanso de nuestros semejantes. Valga para el descanso semanal, pero también para los distintos pasos del día y para unas merecidas vacaciones. Eso sí, debemos usar el descanso no para abandonarnos o pecar, sino para reponer fuerzas y santificar el día y la vida; tanto si se trata del descanso nocturno (quien tiene la suerte de trabajar de día), como si nos referimos al reposo semanal, que en nuestra sociedad occidental y más allá como consecuencia del anuncio de la Palabra, se concreta en la santificación del domingo, día de guardar y de dedicar al Señor.

Deberíamos, pues, recuperar el sentido cristiano de la fiesta dominical (domingo = dies Domini o “día del Señor”), porque es el día de su Resurrección, con cuya santidad “Dios habrá conducido su Creación hasta el reposo de ese Sabbat definitivo, en vista al cual creó el Cielo y la Tierra” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 314) y al que naceremos en la otra vida. Es por eso que debemos llenar el domingo de oración y agradecimiento, pues parece que hayamos reducido su práctica a una participación acelerada y hasta incompleta de una Eucaristía carente de vivencia y meditación (“yo ya he cumplido”), cuando lo que debería ser es renacimiento para reajustar el rumbo a la semana siguiente y toda nuestra vida.

Sin duda le damos a nuestro Creador motivos para quitarnos el descanso, pues no somos ni mucho menos merecedores del regalo de la vida, que es la que nos honra con el trabajo, el tiempo y el descanso. Pero no lo olvidemos: es Dios quien nos da la vida, por puro amor y sin mérito alguno por nuestra parte, como preludio de la Vida. Agradezcámosle. Será parte de nuestro Cielo.

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