La gran batalla educativa: devolver la enseñanza a las familias y limitar el poder del Estado

COMPARTIR EN REDES

España no necesita otra reforma educativa más. Necesita una rectificación de rumbo.

Durante décadas, el debate sobre la enseñanza ha quedado reducido a una sucesión interminable de leyes, contrarreformas, cambios curriculares y disputas partidistas que apenas han alterado la dirección de fondo del sistema. Hemos discutido sobre asignaturas, horarios, evaluaciones, competencias, dispositivos digitales o modelos pedagógicos, mientras evitábamos formular la pregunta verdaderamente decisiva: ¿quién tiene el derecho originario sobre la educación de los hijos?

Cuando la ministra que ha liderado la última ley educativa afirma que “los hijos no son de los padres”, en realidad da su respuesta a esa pregunta nuclear. Mientras esa cuestión no se afronte con honestidad intelectual, cualquier reforma será superficial.

La crisis educativa española no es principalmente presupuestaria ni pedagógica. Es una crisis antropológica y política. Hemos olvidado qué es la persona, cuál es el papel de la familia y cuáles son los límites legítimos del Estado en la enseñanza.

El problema de fondo es que el sistema educativo contemporáneo ya no concibe al Estado como garante subsidiario del derecho de las familias, sino como titular efectivo del proceso educativo. Ese cambio de paradigma explica buena parte de los conflictos actuales: la creciente ideologización de la escuela, la pérdida de autoridad docente, la burocratización asfixiante, la uniformidad pedagógica y el debilitamiento progresivo de la libertad de enseñanza.

No estamos ante fallos aislados del sistema. Estamos ante un problema de modelo.

 Educación y enseñanza: una distinción decisiva

Uno de los errores más graves del debate contemporáneo ha sido confundir educación, enseñanza y escuela como si fueran términos equivalentes. No lo son.

La educación es la formación integral de la persona: afecta a la inteligencia, la voluntad, la afectividad, la conciencia moral, las tradiciones familiares y nacionales, la relación con la verdad y el sentido último de la vida. Por eso corresponde originariamente a la familia. Los padres no reciben del Estado el derecho a educar; lo poseen por naturaleza.

La enseñanza, en cambio, es una parte de la educación. Su función específica es la transmisión del conocimiento, la formación intelectual y el acceso a la cultura. La escuela colabora con la familia, pero no puede sustituirla. Sin embargo los cargos políticos son Ministerio de Educación, Consejería de Educación, etc cuando deberían ser Ministerio, consejería, etc, de la enseñanza. Las palabras no son inocentes porque preconfiguran un marco de pensamiento, las palabras son la carne de las ideas.

Esta distinción, aparentemente teórica, tiene enormes consecuencias políticas. Cuando el Estado convierte la escuela en un instrumento de formación antropológica y cultural integral según una determinada ideología, deja de servir a las familias y comienza a competir con ellas. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo porque “los hijos no son de los padres” Celaa dixit.

La falsa neutralidad de la escuela

Uno de los grandes mitos de la modernidad educativa es la supuesta neutralidad de la escuela. Se nos ha hecho creer que existe una enseñanza “aséptica”, libre de visión moral, intelectual, cultural o antropológica, mientras toda cosmovisión concreta debería quedar relegada al ámbito privado familiar.

Pero la neutralidad educativa no existe.

Toda enseñanza transmite una determinada visión del hombre y su entorno, de la libertad, del bien, de la autoridad y de la verdad. Todo currículo implica una selección que determina un modelo concreto de enseñanza.

La cuestión, por tanto, no es si la escuela influye o no. La verdadera cuestión es desde qué visión del hombre lo hace.

Durante años se ha acusado de “adoctrinamiento” a quienes defendían proyectos educativos con ideario explícito —especialmente religiosos— mientras se imponen desde el poder político determinadas concepciones antropológicas, intelectuales, históricas y culturales  presentadas como neutrales e indiscutibles. Esa es probablemente la mayor operación ideológica de nuestro tiempo.

La escuela estatal contemporánea no es neutral: responde mayoritariamente a una determinada cosmovisión relativista, igualitarista, laicista y crecientemente intervencionista.

Del igualitarismo a la mediocridad

La obsesión contemporánea por la igualdad ha terminado degenerando en igualitarismo. Y el igualitarismo educativo produce inevitablemente mediocridad colectiva.

La escuela comprehensiva —implantada progresivamente desde la LOGSE y culminada con la LOMLOE— parte de una idea profundamente equivocada: que la justicia consiste en mantener idénticos recorridos educativos para todos el mayor tiempo posible.

El resultado está a la vista: descenso del nivel académico, devaluación del esfuerzo, promoción automática, pérdida de excelencia y expulsión silenciosa de los alumnos más capaces… mientras tampoco se ayuda adecuadamente a quienes necesitan apoyos específicos. El mantra pedagógico de que “ninguno se quede atrás” provoca que tampoco ninguno sobresalga, aunque tenga capacidad para hacerlo.

La verdadera equidad no consiste en uniformar trayectorias, sino en permitir que cada alumno pueda desarrollar plenamente sus capacidades, talentos y vocación.

Cuando el sistema impide sobresalir a los que más se esfuerzan, o a los más capacitados, en nombre de la igualdad, la igualdad se convierte en yugo de la excelencia y verdugo de la libertad.

La gran oportunidad de la escuela católica

En este contexto, la escuela católica desempeña un papel decisivo. No solo como prestadora de un servicio educativo, sino como uno de los últimos espacios reales de pluralidad antropológica y libertad institucional, por eso es denostada y perseguida.

Además, sucede algo especialmente relevante: muchas familias no creyentes o alejadas de la fe siguen eligiendo colegios católicos. No siempre lo hacen por convicción religiosa explícita. Llegan buscando disciplina, exigencia, clima humano, valores culturales, cercanía o estabilidad. Pero precisamente ahí aparece una enorme oportunidad cultural y evangelizadora.

La escuela católica sigue siendo uno de los pocos lugares donde muchos niños tienen un contacto cotidiano con una visión trascendente de la persona y de la vida.

Y esto resulta esencial porque la educación nunca es neutral. Un profesor no transmite solo conocimientos: transmite también una determinada mirada sobre el hombre.

Si la escuela católica renunciase a su identidad por miedo al conflicto cultural, o incluso a la pérdida de alumnos, pierde precisamente aquello que la hace valiosa. Pero si vive con coherencia su propuesta antropológica y espiritual, incluso familias alejadas de la fe perciben que allí existe algo distinto: una comprensión más profunda de la dignidad humana, del sentido de la libertad, del valor del esfuerzo y de la verdad.

Libertad de enseñanza o monopolio ideológico

La gran batalla educativa de las próximas décadas no será tecnológica ni metodológica. Será una batalla por la libertad de los centros y de las familias.

Porque la libertad de enseñanza no consiste únicamente en permitir la existencia formal de centros distintos, algo básico que ni siquiera entra en el modelo actual que persigue una escuela única, pública y laicista. La libertad real exige que las familias puedan elegir efectivamente el proyecto educativo que desean para sus hijos, con independencia de su nivel económico.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones del sistema español: seguimos hablando de libertad de elección mientras mantenemos un modelo de concierto educativo donde la Administración decide previamente qué centros reciben financiación y cuáles no porque es un sistema basado en financiar la oferta, no la demanda.

La consecuencia es evidente: las familias solo pueden elegir entre aquello que previamente ha decidido financiar el poder político. La libertad de elección está condicionada por criterios políticos previos establecidos desde arriba.

Por eso resulta imprescindible avanzar hacia modelos donde la financiación siga realmente al alumno y a la familia, no al monopolio estructural de una red determinada. Y nadie parece tener voluntad de explorar seriamente esta vía, siguiendo modelos de éxito en otros países y modelos de éxito en España en etapas no obligatorias.

No se trata de debilitar el modelo actual de financiación la escuela concertada, se trata de que las familias, todas, puedan decidir a qué tipo de centro acudir (estatal, privado o de iniciativa social) con su asignación pública para la enseñanza, que debe ser suficiente para garantizar su gratuidad en lo esencial. Se trata de empezar a pensar cómo impedir que el Estado termine definitivamente por monopolizar la formación antropológica, intelectual y cultural de las futuras generaciones imponiendo un único modelo con un único proveedor del servicio de enseñaza, él mismo.

La enseñanza como reconstrucción cultural

La cuestión educativa no es un debate sectorial. Es una cuestión civilizatoria.

La forma en que una sociedad enseña revela cómo entiende al hombre, la verdad, la libertad y el bien común. Por eso la enseñanza obligatoria nunca puede reducirse a mera capacitación técnica o preparación laboral.

Nos jugamos algo mucho más profundo: la transmisión cultural y moral de nuestra civilización ya suficientemente amenazada.

España necesita recuperar una enseñanza fundada en la verdad, la libertad responsable, la subsidiariedad y la centralidad de la familia. Necesita limitar el intervencionismo ideológico del Estado y devolver protagonismo a la sociedad civil para que todos puedan ofrecer sus modelos a las familias, que decidirán libremente.

Porque no basta con gestionar mejor el sistema heredado. Hay momentos históricos en los que resulta necesario cambiar el paradigma. Y probablemente este sea uno de ellos.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.