El papaboy y el indignao, o como se tergiversa la visita de un Papa

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La historia que voy a contarles ocurrió durante la visita de Benedicto XVI a Madrid, en agosto de 2011, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Creo que ilustra bien cómo se construyen los relatos en torno a este tipo de acontecimientos. Se la cuento para que reflexionen sobre el hecho de que, a veces, suceden más cosas de las que nos llegan a contar y para animarlos, en la medida de lo posible, a acudir siempre a fuentes directas.

Resulta que en aquel tiempo uno de los cuatro grandes periódicos de tirada nacional (y que aún hoy se conserva en el top 10 del ranking de digitales, pero cuyo nombre omito) invitó a un voluntario de la JMJ a debatir con un activista del movimiento 15M que, si recuerdan, estaban acampados aquellos días en la Puerta del Sol. Como los actos principales del Papa eran en el aeródromo de Cuatro Vientos, pretendían publicar el debate en pleno domingo bajo el título “De Sol a Cuatro Vientos”, mostrando el contraste de un chico de la JMJ contra “un indignao”, que era como se llamaba a los del 15M.

El reportaje se hizo con todo lujo de medios: un par de horas de diálogo con el reportero y un buen rato de fotógrafo posando ambos protagonistas, incluso alguna toma espalda con espalda para que la comedia fuera completa.

El caso es que el diálogo fue fraterno, fecundo, y tanto el voluntario (al que podemos llamar el papaboy, que es como se llamaba en aquellos tiempos a los jóvenes asiduos a las JMJ) como el indignado (me permito usar el lenguaje popular y escribir indignao) coincidieron en el diagnóstico de muchos males del mundo.

En un momento dado, el periodista preguntó por la habitual polémica sobre el gasto público que generaba la visita del Papa en forma de policías, bomberos, orden público, etc. El indignado recogió el balón dispuesto a meter gol, diciendo que era mucho gasto para algo en lo que no creía todo el mundo, etc.

Y entonces el papaboy, en lugar de entrar por ahí, y pese a que el argumento económico era fácil porque había más retorno que gasto y el poder debe ordenar cualquier evento público, decidió tirar por otro lado:

Planteó que la cuestión no era el gasto, sino si Jesucristo seguía teniendo algo que decirle a un joven dos mil años después. El indignado entonces dijo que él contra Jesucristo no tenía nada, que llevaba una estampa que le había dado su abuela, y que sobre eso no íbamos a tener desacuerdo… Así terminó el diálogo de modo muy cordial.

Llegó el domingo; ambos compraron el periódico, pero el diálogo no salía. Al día siguiente hablaron con el periodista y les explicó que al subdirector de aquel periódico le pareció que ambos debatientes habían estado muy fraternos y poco polémicos, que habían llegado a demasiadas ideas comunes sobre los males del hedonismo y el consumismo e incluso la luz de Cristo para este mundo. Y por tanto la pieza no tenía interés y por tanto no se publicó… Una anécdota para reflexionar sobre lo que no se publica.

El día en que el consenso no fue noticia. Y quizá ahí estaba la verdadera noticia. Compartir en X

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