Fe de calidad

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Recientemente he asistido a una boda y a una primera comunión. En ambos eventos he podido observar diversas actitudes un tanto alejadas, digámoslo así, de lo que debería ser la actitud propia a adoptar en un lugar sagrado.

La primera comunión parecía más bien una graduación escolar, con aplausos incluidos, que la celebración de un sacramento. Fueron muchas las salidas de tono, pero respecto a los aplausos, dice el cardenal Sarah que cuando los aplausos hacen irrupción en la liturgia, es un signo inequívoco de que se ha perdido la esencia de lo sagrado.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención, muy negativamente, fue algo que ocurrió durante esa primera comunión. A lo largo de la ceremonia, la mayoría de asistentes no respondían a las oraciones de la misma. Muchos tampoco sabían cuándo debían sentarse, o permanecer de pie. En el momento de la Consagración, fuimos muy pocos los que nos arrodillamos. Sin embargo, a la hora de comulgar, una gran mayoría de asistentes acudió a recibir el Cuerpo de Cristo.

No pretendo juzgar a nadie, y desconozco las disposiciones de todos aquellos que aquel día fueron a comulgar. Pero resulta llamativo que una gran mayoría no sepa responder a las oraciones de la misa, ni cómo debe comportarse, y después comulgue.

Resulta llamativo también, aunque, por desgracia, se ha convertido en lo común, que en una celebración así, a la que acuden muchas personas que no pisan la iglesia habitualmente, el sacerdote que la preside no recuerde que para comulgar hay que cumplir unas debidas disposiciones. La más importante de ellas, tener el alma en gracia de Dios, es decir, estar libres de pecado mortal. Recibir el Cuerpo de Cristo sin esta disposición añade al pecado previo otro aún más grave, un sacrilegio, que ofende muy gravemente a Dios. No se puede recibir a Cristo de cualquier manera. Debería ser algo de sentido común, pero es algo que hemos olvidado.

Otra cosa que me llamó la atención, y es algo, por desgracia, habitual en todas las iglesias, es el poco silencio que se guarda durante la espera a que empiece la ceremonia y, sobre todo, al terminar esta.

Cuando llegué con mi mujer a la iglesia donde se celebraba la boda, varios minutos antes, pues me gusta recogerme en oración para disponer adecuadamente mi alma, nos sentamos en un banco, a mitad de iglesia, y traté de ponerme a rezar. Tarea harto complicada, pues a medida que iba entrando gente y ocupando los diferentes bancos, el murmullo era cada vez más insoportable. Mira el peinado de esa; uy, qué elegante está aquella; jo, cómo ha engordado Zutanito; vaya, qué clase tiene Menganita.

Entonces, me dio por pensar: si ahora mismo Cristo descendiera sobre el presbiterio, el silencio que se haría en toda la iglesia sería sepulcral. Todas las miradas se dirigirían hacia allí, y nadie movería un músculo. Pero… la realidad es que Cristo está allí, realmente presente, bajo la especie de pan ácimo, metido en el Sagrario. No es un símbolo, no es una forma de hablar, no es un cuento. Es real. Cristo, bajo las especies del pan y del vino, está realmente presente en la Eucaristía. El mismo Cristo que predicó en Galilea, el mismo que hizo milagros por toda Palestina, el mismo que curó ciegos, resucitó muertos, fue crucificado en una cruz y resucitó al tercer día. El mismo que prometió a sus discípulos, y así nos prometió a todos los que lo seríamos después, quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos.

Eso es lo que creemos los católicos, eso es lo que profesa nuestro credo. El problema es que no nos lo creemos de verdad. Porque si nos lo creyéramos, caeríamos de rodillas ante el Sagrario cada vez que pasáramos por una iglesia. Si nos lo creyéramos, guardaríamos el más absoluto silencio en las ceremonias religiosas y en los momentos previos a las mismas. Si nos lo creyéramos, caeríamos de hinojos al comulgar, estremecidos ante la idea de recibir, de comer, de tragar, de deglutir, al mismísimo Cristo, Rey del Universo, Rey de toda la Historia. Si nos lo creyéramos, nuestra alma temblaría con tan solo decir su Nombre.

Pero no nos lo creemos, y por eso a menudo nuestras celebraciones parecen espectáculos circenses en los que lo que se busca es entretener al público en lugar de rendir culto al Único y Verdadero Dios.

No nos lo creemos, y por eso a menudo las iglesias antes de misa parecen mercados, donde se comenta la semana, en lugar de templos, donde se reza y se guarda silencio para poderle escuchar a ÉL. Por eso las iglesias están vacías, cuando no cerradas, porque a nadie se le ocurre pasar a visitar a Alguien en quien no termina de creer del todo. No nos lo creemos, y por eso después de misa salimos corriendo, en lugar de quedarnos a agradecer semejante regalo. No nos lo creemos, y por eso comulgamos de cualquier manera, asistimos a misa de cualquier manera, llegamos tarde y nos vamos corriendo, de vuelta a nuestros quehaceres cotidianos.

Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? Son palabras de Jesucristo, que deberían hacernos reflexionar sobre cuál es nuestra actitud ante los sacramentos, cuál es nuestra disposición cuando acudimos a la Santa Misa, cómo es nuestra entrada en la iglesia, cómo nuestras genuflexiones, cuánto nuestro recogimiento. Porque todas esas cosas, hasta el gesto más sencillo, dicen mucho de nuestra disposición interior y, sobre todo, de cuánta y de qué calidad es nuestra fe.

Si creyéramos de verdad que Cristo está presente en el Sagrario, el silencio en nuestras iglesias sería la respuesta más natural. #Eucaristía #Liturgia Compartir en X

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