Hacia la construcción de una corriente socialcristiana

Abramos el debate orientado a la acción. ¿Cómo construir la corriente social cristiana? La primera parte de la respuesta es sencilla: con la práctica. La organización se construye en la acción. Pero para no incurrir en el inútil activismo es necesario poseer un camino; esto es una estrategia, que a su vez requiere de unos objetivos claros. No existe camino sin lugar de llegada y verificación del progreso en el avance.

La corriente se construye en torno a una propuesta política; es decir, dirigida al bien común desde la especificidad cristiana. Una propuesta que como tal debe ser debatida, pero que debe señalar bien la amplitud de la construcción cristiana. Quienes la acompañe desde otras posiciones merecen ser apoyados, quienes la rechacen, deben ser rechazados. Si nos quedamos solos es un indicador claro que necesitamos ganar fuerza para transformar. La idea de conformarse con retazos en torno a otros proyectos contradictorios debe ser abolida como expresión de una supeditación ideológica. No porque hagan una ley social deben ser apoyados más allá de aquella ley concreta y en todo lo demás que hagan. No porque estén contra la eutanasia deben ser apoyados para siempre y más allá de en este punto concreto. Si este camino no se sigue, representará, como hasta convertir, el cristianismo no en una concepción social inherente a su naturaleza, sino un aditamento subalterno de otras formas de pensar, lo   que ha convertido al Pueblo de Dios en subalterno del mundo. Hay que decir basta a este error catastrófico

Hay en nuestra situación una impotencia, una incapacidad incluso para defender lo más propio de nuestra naturaleza, como sucede esta aceptación pasiva de la transformación del Estado laico, es decir neutro, en un estado ateo que excluye toda referencia de Dios en los actos públicos, confundiendo neutralidad confesional con ateísmo.

Esta debilidad es además muy peligrosa para la Iglesia porque no puede coexistir a largo plazo una institución con tantos medios y a la vez tener una presencia tan insignificante en la vida pública, y una incidencia tan nula en las instituciones políticas. La tentación del estado de acabar con algo tan débil dotado de tantos medios es abrumadora.

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Desde finales del siglo pasado, grupos mucho más pequeños, minoritarios, con ideologías extrañas a la naturaleza humana, han conseguido transformar las mentalidades a base de destruir los marcos de referencia previos y haber situado los suyos como hegemónico, en gran medida por la incapacidad cristiana para formular la respuesta adecuada. Piense por ejemplo sobre la idea del matrimonio, la fidelidad y las relaciones sexuales, que existe en la actualidad, en relación con la que se daba unas décadas atrás.  No tiene nada que ver. Utilizamos este ejemplo, porque se trata de una institución decisiva también en el ámbito colectivo porque funda la familia, que según cómo funcione determina aspectos tan importantes en la economía como el futuro capital humano, la productividad, la demografía y la educación.

Ahora el mal está hecho, aunque sigue creciendo y va a costar mucho repararlo, pero España nunca poseerá una productividad comparable a los países de mayor renta europea y, por tanto, nunca nos acercaremos sensiblemente a ellos, porque nos hemos cargado las funciones que desempeña la familia y que son insustituibles, antes de haber alcanzado el nivel de progreso técnico y de productividad total de los factores adecuado para permitirse este tipo de destrucciones. La destrucción del matrimonio, la familia, la paternidad y maternidad, significa condenar a España a no levantar cabeza. Y es que la premisa cristiana, tanto en esta cuestión como en muchas otras, es objetivamente la más adecuada porque permite los mejores resultados, porque responde a las necesidades profundas del ser humano y sus sociedades, y esto que es evidente ni tan siquiera lo utilizamos para salir a la palestra política.

Hay un déficit de pensamiento, de estudio y reflexión, de ausencia de vocación e interés, que ya se encuentra en el seno de la propia Iglesia en España, donde falla la formación y sensibilidad política. ¿Para qué entonces la doctrina social de la Iglesia?  ¿Para para situarla en el plano de la escolástica decadente, de la pura teorización, sin ocuparse de su ejercicio práctico sobre la realidad? No es este el mandato cristiano, el mandato de los últimos papas que han venido insistiendo en la acción en la vida pública de los cristianos.

Es extraordinaria, magnífica, imprescindible, la asistencia social y solidaridad de la Iglesia, pero no basta si no se actúa sobre las causas que ocasionan los daños. No basta con ir sacando agua de la nave que entra por todos los agujeros si no se acude también a taponarlos de una vez por todas.

La ayuda a los que la necesitan, a los más débiles y abandonados, es mandato de Dios y eso se hace y muy bien, pero hay más mandatos imperativos. El de la justicia de Dios y para con Dios es también de obligado cumplimiento, como lo es el extender su Reino y erradicar las estructuras de pecado, que no son abstractos imaginarios, sino instituciones, leyes y organizaciones concretas.

Un enemigo interno para construir la corriente social es nuestra fragmentación eclesial que está causada por nuestras dependencias mundanas, nuestra falta de espíritu cristiano, por formas de orgullo, de envidia, de resquemor entre los propios cristianos, de manipulación ideológica, de intereses de partido o económicos. Es un escándalo, que solo puede ser reparado ofreciendo a Dios el sacrificio de construir la fraternidad entre todos los miembros de la Iglesia, que demostremos nuestro amor en los hechos y en la consideración de los unos con los otros. Como dejó escrito el cardenal Martini “no hacer nunca de nuestra propia experiencia individual o de grupo un absoluto que impida la comunión con los demás miembros de la Iglesia”. Y esto solo se consigue con la práctica, rompiendo barreras y colaborando en objetivos comunes.

La política forma parte de la redditio cristiana, del trasmitir gratuitamente todo lo que Dios nos ha dado. El compromiso al servicio de la vida pública es una de las mayores manifestaciones del amor cristiano a condición de que sea entendida como lugar de perfeccionamiento cristiano.

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3 Comentarios. Dejar nuevo

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    Silveri Garrell
    15 enero, 2021 17:45

    Cita: “El compromiso al servicio de la vida pública es una de las mayores manifestaciones del amor cristiano a condición de que sea entendida como lugar de perfeccionamiento cristiano”. Si pero este lema es común a todos los partidos políticos, también pueden usarlo los comunistas. En realidad cualquier partido político tiene el objetivo a servir a la vida pública. En cuanto al “amor cristiano” no se diferencia a simple vista del amor general que profesan la mayoría de ciudadanos en sus quehaceres diarios, en el cristianismo incipiente era novedad el amor cristiano, tenían los bienes en común, algo impensable en nuestras sociedades, solo se practica en los cenobios.

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      Ascensión Zaldívar Puig
      27 enero, 2021 20:54

      Si muchos cristianos dejaran de compartir sus bienes a través de ONGs u otras asociaciones asistenciales, el problema de los gobiernos sería grande. En cada época varía el sistema de compartir bienes. En la nuestra, no es noticia el bien y para la prensa no es rentable anunciar los beneficios a necesitados. Sería un ataque al mal hacer de los gobiernos!

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    Jesus Fernandez-Pedrera Correa
    23 enero, 2021 08:01

    Es necesaria la recristianización de Europa. Es una labor ingente de apostolado, de evangelización, de transformar a las personas para alcanzar una transformación social.
    En ese sentido de difusión del Evangelio y de espiritualidad y modo de vida cristiana, propongo la difusión de los siguientes sitios web, que trabajan en ese sentido:
    https://www.dios-existe.es
    https://www.caminoperfecto.net

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