Me encanta pasear y observar. Siempre me ha gustado. Pero además, a mis treinta y cinco años, todavía estoy libre de esa escuela en la que muchos aprenden a gritar y a insultar como si de una batalla de gallos se tratase: la autoescuela.
Yo, padre de familia numerosa y ya más cerca de los cuarenta que de los treinta, aún no me he apuntado. Ni sé, ni me atrae lo de conducir. ¿Para qué? Si en mis largos paseos —al ritmo que me permiten los kilos de más— y en esas interminables conexiones de transporte público he podido vivir mil y una vidas: las que salen en los libros y las que laten en los gestos anónimos de los viajeros.
He sido, sin quererlo, un voyeur de las relaciones humanas y de sus comportamientos; un sociólogo sin título, con los ojos como cuaderno y el alma como tinta.
Y al mirar, no puedo evitar sentir, como un eco que se hereda, la certeza de un cambio de época. Todos van enfrascados en su móvil, con sus cascos, aislados, solos… Pasan de un vídeo a otro como autómatas, como si el alma se hubiese reducido a una pantalla táctil. Juegan —y pierden— algo más valioso que el dinero: el tiempo. La vida.
Será una generación con muchas stories vistas, pero con pocas historias vividas.
Sin recuerdos duraderos, solo instantes que se desvanecen, como las publicaciones de Instagram que desaparecen a las veinticuatro horas. Ya no queda épica, ya no queda camaradería: solo individualismo y ruido.
En una de mis innumerables visitas al Hospital del Niño Jesús con mi hija Mariíta, pude recorrer el Retiro mil y una veces. Pero había algo que siempre me llamaba la atención: grupos de jóvenes sentados en un banco, cada uno con su móvil, solos, aislados, rodeados de gente pero ausentes de todo. No miraban la belleza del Retiro, ni el reflejo de las hojas en el estanque, ni las miradas que antes encendían amores o amistades. Aquellas miradas y risas que llevaron a tantos grandes romances han desaparecido. Esa mirada está secuestrada por una pantalla; y, como en un síndrome de Estocolmo colectivo, no solo aceptamos el secuestro, sino que lo celebramos.
Cuántos cruces de miradas, cuánto amor, cuánta comprensión instantánea se han perdido porque, cuando alguien nos necesitaba, estábamos mirando el móvil.
Esta generación no vivirá grandes batallas. No tendrá ni épica, ni ética, ni estética. No tendrá historias de bandas ni camaraderías auténticas, solo likes y seguidores.
Hace poco leía en el blog de Miguel Sanmartín una de esas frases suyas recogidas de mil lecturas:
«Quería devolver un momento de mi vida de chaval, de nuestra vida entusiasta y brutal de salvajes vigorosos, en lo que tenía de franco y heroico, es decir, liberado de las hipocresías de la familia y la escuela».
Es eso: recuperar la mirada limpia y pura.
Decía Salvador Dalí que la mayor desgracia de la juventud actual es ya no pertenecer a ella. Pero lo completa bien Claudel:
“La juventud no está hecha para el placer, sino para el heroísmo.”
Hoy ser un héroe no exige poner una pica en Flandes. Quizá sea más difícil: apagar el móvil, mirar a los ojos, estar presente, buscar esa mirada que te necesita. Porque hay cosas que solo se dicen con los ojos, y si estás mirando una pantalla, nunca lo sabrás.









