Las estadísticas alertan desde hace años sobre el aumento de la ansiedad, la depresión y la soledad entre los jóvenes. Sin embargo, para el sacerdote Patxi Bronchalo, el problema de fondo es más profundo. En esta entrevista analiza el impacto de las pantallas y las redes sociales, el papel de las familias, la expansión de la pornografía y la necesidad de recuperar el silencio, la vida interior y el sentido de la existencia.
«Tienen muchas cosas para vivir, pero pocas cosas por las que vivir»
Usted acompaña a muchos jóvenes desde hace años. Más allá de las estadísticas sobre ansiedad, depresión o adicciones, ¿qué cree que le está pasando realmente al corazón de esta generación?
Lo que le pasa al corazón de muchos jóvenes no es solo ansiedad o tristeza. Es que les han llenado la vida de estímulos y les han vaciado de sentido. Tienen muchas cosas para vivir, pero pocas cosas por las que vivir. Pero la sed de Dios está ahí. Nada puede quitarla ni taparla. Por eso también estamos viendo una vuelta a la fe en muchos de ellos. No se conforman con lo que les han vendido que es la vida.
«El móvil se ha convertido en una máquina de evitar el silencio»
Ha dicho que el gran problema de los jóvenes es la ausencia de Dios. ¿Hasta qué punto las pantallas y las redes sociales están contribuyendo a esa ausencia?
Las pantallas no crean el vacío de Dios, pero lo llenan de ruido, lo tapan. Dios habla en el silencio más que en el ruido, en la brisa suave más que en el huracán. El móvil y las redes sociales se han convertido para muchos en una máquina de evitar cualquier silencio.
Muchos jóvenes pasan hoy más tiempo delante de una pantalla que hablando con sus padres, leyendo o rezando. ¿Qué consecuencias tiene eso para la vida interior?
La vida interior no se desarrolla si no hay silencio, si no hay tiempo de calidad con quienes nos quieren, si no hay oración y buenas lecturas. Igual que se atrofia el cuerpo si no se hace deporte y no se cuida con una alimentación sana, el alma también requiere cuidado.
¿Es posible que estemos criando una generación que nunca está sola, nunca se aburre y nunca guarda silencio? ¿Qué pierde una persona cuando desaparecen esos espacios?
Aburrirse es muy bueno. No pasa nada. Cuando desaparecen la soledad y el aburrimiento se pierde la oportunidad de aprender a vivir y madurar en aspectos inevitables de la vida. Cuando crecemos necesitamos fuerza interior para afrontar esos momentos y, si de jóvenes los hemos evitado siempre, después será mucho más difícil aprender.
«Se busca con el dedo lo que solo puede encontrar el corazón»
Usted suele decir que toda película, canción o serie transmite una visión del hombre. ¿Qué visión del hombre, de la mujer y de la felicidad están transmitiendo hoy TikTok, Instagram o Netflix?
No solo una visión del hombre, también una visión de Dios y una visión del mundo. Esto requeriría un análisis mucho más complejo, porque es enorme la cantidad de contenido que puede encontrarse en estas plataformas. Pero, simplificando, lo que muchos jóvenes perciben es una idea muy concreta: vales por lo que muestras, eres lo que sientes y la felicidad consiste en satisfacer deseos. El Evangelio dice justo lo contrario: vales porque eres amado, eres más que tus emociones y la felicidad está en aprender a amar.
Las redes sociales prometen conexión, pero cada vez hay más jóvenes que se sienten solos. ¿Qué están buscando realmente cuando pasan horas haciendo scroll?
Estamos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, la sensación de soledad en muchas personas no disminuye, sino que se multiplica. Quien hace scroll durante horas busca lo que todos buscamos: ser amados, queridos y acompañados. Se busca con el dedo lo que solo puede encontrar el corazón.
Comparó una vez los seguidores en redes con el dinero del Monopoly. ¿Estamos educando a los jóvenes para buscar la aprobación de los demás en lugar de la verdad o el bien?
Los seguidores son como el dinero del Monopoly: puedes tener un montón, ¿y qué? No hay que poner el corazón en las cifras. La pregunta es si estamos educando para acumular aplausos o para buscar la verdad, aunque nadie aplauda.
«En demasiados casos, quien educa es el algoritmo»
¿Quién está educando hoy más a un adolescente: sus padres, sus profesores o el algoritmo de su teléfono móvil?
En demasiados casos, el algoritmo. Porque los padres y profesores educan unas horas al día; el móvil acompaña al adolescente desde que se despierta hasta que se duerme. Lo preocupante es cuando un joven tiene de todo materialmente, pero sus padres están emocionalmente ausentes. Ahí es donde busca referencias en lo que ve por el móvil. Por ahí entran ideologías, validaciones equivocadas y modelos de vida que no siempre ayudan. Los jóvenes necesitan buenos referentes y, si no se les orienta desde casa, los buscarán igualmente.
Muchos padres sienten que han perdido el control. ¿Cuál es el principal error que están cometiendo las familias respecto a las pantallas?
Los padres de hoy se enfrentan a un problema nuevo. Ellos no crecieron con un smartphone en el bolsillo ni con acceso permanente a Internet. Han tenido que aprender sobre la marcha. El error más frecuente que veo es pensar que no pasa nada por dar un smartphone a un niño o considerar exagerado poner límites de uso. Me parece una visión ingenua.
Ha defendido muchas veces la importancia de sentarse a la mesa sin móviles. ¿Por qué algo tan sencillo puede ser hoy una auténtica revolución educativa y espiritual?
Porque una familia que come sin móviles vuelve a mirarse a los ojos. Y cuando las personas se miran a los ojos pasan cosas peligrosas: se escuchan, se conocen y se quieren más. La mesa familiar es sagrada. Es el lugar donde se cuida la comunión familiar y se fortalecen los vínculos. Los móviles en la mesa destruyen eso.
«La pornografía te promete amor mientras te enseña a usar personas»
Usted ha advertido sobre la hipersexualización de niños y adolescentes. ¿Se está robando la inocencia a los jóvenes cada vez más pronto?
Sí, sin duda. Cada vez más niños entran en contacto con contenidos sexuales a edades muy tempranas. El impacto que eso tiene en su desarrollo afectivo y emocional es enorme y todavía no somos plenamente conscientes de sus consecuencias.
¿Existe una relación directa entre la cultura digital, la sexualización constante de las redes y el posterior consumo de pornografía?
Absolutamente. Nunca había sido tan fácil acceder a contenidos sexualizados. Y de ahí, muchas veces, el siguiente paso es la pornografía. La sociedad se escandaliza por algunas consecuencias de aquello que, al mismo tiempo, promueve o normaliza.
Usted mismo ha contado que conoció la pornografía siendo muy joven y que llegó a engancharse. Mirando atrás, ¿qué cree que buscaba realmente y qué consecuencias tuvo en su forma de entender el amor y la sexualidad?
Mirando atrás, creo que buscaba lo mismo que muchos jóvenes: afecto, no estar solo y regular emociones. Pero la pornografía te promete amor mientras te enseña a usar personas. A mí me afectó en la forma de mirar a las chicas, en la forma de relacionarme con mis amigos, en la manera de valorarme a mí mismo y también en mi relación con Dios.
Como sacerdote, ¿qué heridas está viendo hoy en los jóvenes atrapados por la pornografía y qué mentiras les hace creer esta industria?
Veo jóvenes con dificultades para amar, para comprometerse y para mirar al otro como alguien y no como algo. La gran mentira de la pornografía es que te habla de libertad mientras te roba precisamente la libertad. Además, los problemas que yo mismo viví aparecen hoy multiplicados por la facilidad de acceso que existe.
«No naciste para deslizar el dedo por una pantalla durante horas»
Si tuviera delante a un chico de 15 años que pasa horas al día con el móvil, consume contenidos sexualizados y apenas tiene vida espiritual, ¿qué le diría?
Le diría: no naciste para deslizar el dedo por una pantalla durante horas. Naciste para hacer cosas grandes. Hay una versión de ti mismo que el algoritmo nunca podrá mostrarte. Hay un Dios que te quiere como eres y te ha dado talentos para hacer el bien. Merece la pena luchar por un amor grande y por entregar un día tu vida a Dios, a tu mujer, a tus hijos. El camino fácil de la pornografía es el peor camino. El camino más exigente de hacerse un hombre de verdad, de aprender a controlar los impulsos y madurar, es un camino seguro y precioso.









