Ese pequeño rectángulo luminoso que llevamos en el bolsillo, que consultamos al despertarnos, que nos acompaña en el baño, en el metro, en la cama y, muchas veces, incluso en medio de una conversación. El móvil no lo usamos solamente para comunicarnos; vivimos dentro de él. Y nuestros jóvenes, que han nacido en este ecosistema, a duras penas distinguen entre mirar una pantalla y mirar el mundo.
En multitud de ocasiones no entramos en una aplicación sólo para buscar algo, sino para perdernos. Ahí aparece el scroll infinito, el escaparate permanente de novedad que mantiene a la persona insanamente suspendida entre la excitación y el vacío. El móvil está diseñado para retener.
En esa economía de la atención, los adolescentes son uno de los públicos más vulnerables, porque todavía están construyendo su identidad, su autoestima y su relación con los demás.
Lo peor es que no solo se les atrapa con entretenimiento, es mas preocupante todavía la atracción por la irrealidad. Las redes sociales y los nuevos avatares digitales ofrecen cuerpos imposibles, vidas editadas, rostros filtrados, éxitos exagerados y emociones teatralizadas. En los últimos meses hemos visto aparecer inteligencias artificiales con forma humanoide, influencers virtuales, presentadoras digitales y asistentes creadas para marcas, eventos o espacios televisivos.
Comparten los mismos rasgos: juventud eterna, belleza normativa, cuerpos perfectos, pelo impecable, ausencia de imperfecciones, una disponibilidad permanente y una sonrisa perfecta.
¿Por qué son así? ¿Quién decidió que la inteligencia debía tener piel tersa, cintura estrecha, mandíbula simétrica y apariencia de anuncio? ¿El algoritmo aprendió de nuestros deseos más repetidos?
Son así porque condensan lo que socialmente seguimos premiando, aunque públicamente digamos combatirlo.
Hemos aprendido, al menos en teoría, que la belleza no puede reducirse a una talla, una edad, una piel sin marcas o una proporción matemática. La publicidad, el cine, la moda y el deporte han empezado, con contradicciones y lentitud, a abrir espacio a otros cuerpos, otras edades… Sin embargo, justo cuando parecíamos avanzar hacia una representación más humana, irrumpen estos seres artificiales e irreales.
Me preocupa mucho que un teléfono móvil y el vasto mundo de internet devuelva a nuestros jóvenes un espejo trucado. El joven no solo consume contenidos; se consume a sí mismo en la comparación permanente. Mira vidas que no existen y concluye que la suya no es suficiente.
El móvil, cuando se convierte en amo nos arrastra a una temporalidad sin descanso, donde todo sucede ahora, todo exige respuesta y todo puede ser sustituido.
¿Qué estamos dejando que hagan las pantallas con nuestros jóvenes? Necesitamos educación digital pero no entendida como aprender a usar dispositivos, sino como aprender a no ser usados por ellos.
Necesitamos enseñar a mirar críticamente, a sospechar de la perfección, a distinguir entre realidad y representación, entre deseo propio y deseo fabricado.
La tecnología debería estar al servicio de la vida, no convertir la vida en una imitación empobrecida de la pantalla. En definitiva, la competencia principal de las nuevas generaciones no debería ser la de dominar el futuro digital, sino la de no ser dominados por el vasto panorama tecnológico.
¿Qué estamos dejando que hagan las pantallas con nuestros jóvenes? Necesitamos educación digital pero no entendida como aprender a usar dispositivos, sino como aprender a no ser usados por ellos. Compartir en X











