Durante años hemos contemplado la política norteamericana a través de un prisma casi exclusivo: Donald Trump. Su personalidad, su estilo y su permanente capacidad para generar controversia han terminado por eclipsar un fenómeno mucho más profundo y probablemente más duradero.
Mientras la atención internacional se concentraba en Trump, en Estados Unidos iba tomando forma una nueva generación de dirigentes que ha devuelto al primer plano cuestiones que parecían desterradas del debate político: qué es la persona, cuál es el papel de la familia, dónde están los límites del mercado, qué significa el bien común o cómo deben relacionarse la economía, la nación y la cultura.
Dos de sus representantes más destacados son el senador por Missouri Josh Hawley y el actual vicepresidente J. D. Vance. Ambos pertenecen al Partido Republicano y comparten muchas posiciones, pero sería un error considerarlos simples continuadores del trumpismo. Los dos poseen un pensamiento propio y representan una forma distinta de entender la política: antes que una competición permanente por el poder, la consideran la traducción práctica de una determinada concepción del ser humano.
Josh Hawley
Josh Hawley, nacido en 1979, es abogado, licenciado por Stanford y doctor en Derecho por Yale. Antes de llegar al Senado, fue fiscal general de Missouri. Su formación jurídica explica el carácter de su pensamiento: ordenado, sistemático y muy atento a las instituciones. Su objetivo declarado consiste en construir una alternativa al conservadurismo republicano que durante décadas identificó la libertad económica con la ausencia casi total de límites al mercado.
Su programa gira en torno a algunos ejes muy definidos: la defensa de la familia y del matrimonio, la oposición al aborto, la libertad religiosa, la recuperación de la industria estadounidense, la protección de los trabajadores frente a determinados efectos de la globalización y la limitación del poder de las grandes empresas tecnológicas. Hawley sostiene que el Partido Republicano no puede limitarse a defender impuestos bajos y libre mercado cuando ese mismo mercado, desprovisto de referencias morales, acaba debilitando a las familias y destruyendo las comunidades locales.
Precisamente ahí reside una de sus aportaciones más originales. Para Hawley, una parte del gran capitalismo contemporáneo ha dejado de ser únicamente un poder económico para convertirse también en un poder cultural y político. Las grandes plataformas digitales condicionan la libertad de expresión, numerosas multinacionales impulsan una determinada agenda cultural y la deslocalización industrial ha contribuido a vaciar regiones enteras de Estados Unidos. Su crítica recuerda, en algunos aspectos, las reflexiones del filósofo Alasdair MacIntyre sobre la progresiva disolución de las comunidades morales en las sociedades liberales.
Aunque es protestante evangélico, Hawley no propone un Estado confesional. Lo que sostiene es que la cultura estadounidense resulta incomprensible sin sus raíces bíblicas. De ahí que en sus intervenciones aparezcan con frecuencia conceptos como dignidad humana, bien común, responsabilidad pública o límites morales del mercado, categorías que presentan evidentes puntos de contacto con la doctrina social de la Iglesia, aunque formuladas desde una tradición protestante.
Especial repercusión alcanzó su libro Manhood, dedicado a la crisis contemporánea de la masculinidad. Frente a quienes la explican únicamente como consecuencia del feminismo, Hawley la atribuye sobre todo a la desaparición de modelos de responsabilidad masculina. Ser hombre —afirma— significa proteger, asumir responsabilidades, servir a la familia, ejercer el autocontrol y trabajar por el bien común. Se distancia así tanto del viejo machismo como de la negación contemporánea de la diferencia sexual.
J. D. Vance
Si Hawley llega a la política desde el Derecho, J. D. Vance lo hace desde la experiencia vital. Su célebre libro Hillbilly Elegy es mucho más que una autobiografía. Es el relato de una infancia marcada por la desestructuración familiar en los Apalaches y, al mismo tiempo, un diagnóstico de la crisis de una parte de la clase trabajadora estadounidense. Su tesis central es que la decadencia de Occidente no es únicamente económica; responde, sobre todo, al debilitamiento de las instituciones intermedias: la familia, las iglesias, los barrios, las asociaciones y las comunidades locales. Cuando esas instituciones desaparecen, sostiene, el Estado no puede sustituirlas.
Su itinerario personal añade otro elemento de interés. Tras un periodo de agnosticismo, Vance se convirtió al catolicismo en 2019. Él mismo ha explicado la influencia decisiva que ejercieron sobre su pensamiento autores como René Girard, san Agustín y santo Tomás de Aquino. No es casual que en sus discursos aparezcan cada vez con mayor frecuencia nociones como bien común, subsidiariedad, responsabilidad o comunidad política, todas ellas muy próximas a la tradición del pensamiento social católico.
También en economía introduce matices poco habituales en el republicanismo clásico. No rechaza el mercado, pero insiste en que este debe servir a la nación y a las familias, y no al revés. De ahí su defensa de la reindustrialización, de una política industrial activa, de la protección de sectores estratégicos y de un mayor control sobre el poder de las multinacionales. Incluso su conocimiento de Silicon Valley le ha llevado a advertir que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías no pueden convertirse en el criterio moral de la sociedad, sino permanecer al servicio de la persona.
Las diferencias entre ambos son evidentes.
Hawley posee un estilo más jurídico y combativo; Vance es más narrativo, cultural y filosófico. El primero pone el acento en la concentración del poder económico y político; el segundo, en la desintegración de la familia y de las comunidades. Sin embargo, comparten un núcleo doctrinal común: rechazan tanto el progresismo cultural como un neoliberalismo sin límites, defienden la centralidad de la familia, reivindican las raíces cristianas de Occidente, desean limitar el poder de las grandes corporaciones y consideran que la economía debe estar al servicio de las personas y no exclusivamente del capital.
Más allá de que se compartan o no sus posiciones, ambos revelan un hecho poco advertido en Europa. La democracia estadounidense continúa siendo capaz de generar dirigentes jóvenes que llegan a la política después de un intenso recorrido intelectual y con convicciones morales explícitas que intentan traducir en propuestas sometidas al debate democrático.
En buena parte de Europa —y particularmente en España— resulta difícil encontrar responsables políticos que discutan con semejante naturalidad sobre antropología, filosofía moral, comunidad, familia o bien común, o que dialoguen con autores como MacIntyre, Girard, santo Tomás o san Agustín.
Quizá esta sea la principal enseñanza que ofrecen Hawley y Vance. No tanto las respuestas que proponen, abiertas siempre a la crítica y al contraste democrático, como la voluntad de volver a pensar la política desde sus fundamentos. En tiempos dominados por la comunicación inmediata, el cálculo electoral y la confrontación permanente, esa aspiración constituye ya, por sí sola, una novedad digna de atención.
Más allá de Trump está apareciendo una nueva generación de dirigentes estadounidenses que vuelve a hablar de familia, comunidad, bien común y límites del mercado. Josh Hawley y J. D. Vance. Compartir en X





