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La accidentada oposición del Dr. Ratzinger

Resulta infrecuente en la historia de la Iglesia que un gran maestro espiritual haya pasado por algo parecido a unas oposiciones tal y como las conocemos en España. Pero en el caso del Prof. Ratzinger (Papa Benedicto XVI de la Iglesia católica), si podemos encontrar en su biografía un episodio que se aproxima bastante a unas oposiciones:

Tras un tiempo como Profesor interino en Frisinga, al Dr. Ratzinger se le había abierto la posibilidad de ganar una plaza definitiva. Para ello era necesario elaborar una tesis de habilitación, y dar una lección en público ante un tribunal. La situación familiar en la que se produjo esta defensa no fue precisamente fácil: Ratzinger había arrastrado a sus padres hasta la ciudad universitaria donde vivía, y un fracaso no le afectaba sólo a él, sino también a ellos, que habían cambiado de vida y de ciudad en función de la dedicación del hijo. En esas condiciones presentó la tesis.

Debía ser evaluada por dos profesores, uno de los cuales dio un dictamen negativo y por ello se le obligó a modificarla. En muy poco tiempo hizo lo que pudo, a la vez que daba clases, hasta lograr la aprobación. Con todo, el Profesor que hizo las salvedades estaría en el tribunal y no había quedado nada convencido. Por si esto no era suficiente, para la lección surgieron nuevas trabas: aunque se solía aceptar el tema propuesto por el candidato, en esta ocasión se le exigió adaptarlo a las asignaturas para las que se producían las vacantes, con poco tiempo para prepararse. Ello hizo que tuviera que defender la lección en un ambiente incómodo respecto al tribunal y con un tema en el que no se sentía del todo seguro.

Según el relato que hizo el propio Ratzinger en su libro Mi vida, tuvo que afrontar dicha defensa en un aula magna «repleta de gente». «En el ambiente se respiraba una extraña tensión casi física»[1]. La defensa en sí resultó extraña. Un profesor presentaba al candidato y otro examinaba. Tras la defensa, ambos dialogaban en público con el candidato. En este caso, «pronto la discusión conmigo se convirtió en un apasionado debate entre ambos», los cuales «se volvían hacia el público presente como si estuvieran impartiendo una clase», dejando al margen al pobre candidato: «yo permanecía aparte, sin ser interpelado nunca»[2].

Tras un ejercicio tan desagradable, para mayor sufrimiento la deliberación duró muchísimo tiempo. En sus Ultimas conversaciones con Peter Seewald, Ratzinger afirma que se temía lo peor. Pero finalmente, tras la larga deliberación, el Decano salió al pasillo y le comunicó que había aprobado. Fue tanta la tensión que «en ese momento no llegué a sentir alegría alguna; tan grande había sido la pesadilla que había pasado»[3]. Llega a afirmar que el drama «había repercutido en mí anímicamente» pues «había estado ciertamente al borde del abismo»[4].

Hasta aquí los hechos. Entremos ahora en los fundamentos que nos puede proporcionar un maestro espiritual de la talla de Ratzinger:

Según afirma un poco más adelante en su libro autobiográfico, «he reconocido que la prueba de aquel difícil año fue para mí humanamente saludable y siguió una lógica más elevada que la meramente científica»[5]. Preguntado por Seewald sobre estas palabras, afirma que

«había hecho el doctorado con mucha rapidez. Si también me hubiera habilitado enseguida y sin problemas, la conciencia de mi capacidad habría sido demasiado fuerte y la confianza en mí mismo excesiva. Y así, por una vez me tuve que tragar por entero mi orgullo. Esto le hace bien a uno: tener que reconocer de cuando en cuando su insignificancia, tener que verse no como un gran héroe, sino como un humilde habilitando, que se encuentra al borde del abismo y que debe familiarizarse con lo que luego hace. En ese sentido, la lógica era que yo necesitaba justamente una humillación y que de algún modo con razón – con razón en ese sentido- la sufrí»[6].

Preguntado sobre si se le había subido a la cabeza el éxito, contesta que «no, pero de todas formas uno necesita también humillaciones». Ampliando esta afirmación, dice que «conseguir meta tras meta con tanta facilidad y además con alabanzas es peligroso para un joven. Entonces es bueno que se vea confrontado con sus límites. Que sea tratado críticamente. Que tenga que pasar por una fase negativa. Que se reconozca a sí mismo en sus propios límites. Que conozca que en la vida no se va sin más de triunfo en triunfo, sino que también ha derrotas. Eso lo necesita toda persona, para aprender a valorarse debidamente a sí mismo, a soportar los reveses, también – y no en último termino- a pensar con otros. Justo para no juzgar entonces con premura y desde arriba, sino aceptar positivamente a los otros en sus fatigas y debilidades»[7].

Esta historia (salvando las distancias con nuestras oposiciones) puede resultar edificante para un opositor o para cualquier joven en otras dedicaciones que aborda situaciones imperfectas o fracasos inesperados, a la hora de abordar en su fuero interno el proceso de aceptación de las humillaciones y la construcción mental y espiritual de la necesaria actitud humilde para salir adelante.

[1] RATZINGER, J. Mi vida. Ediciones encuentro- ABC. Madrid 2006. Pág. 130.

[2] Mi vida, P. 130.

[3] Mi vida, 131.

[4] RATZINGER, J.- SEEWALD, P. Ultimas conversaciones. Mensajero, Bilbao 2016. Pág. 128.

[5] Mi vida, 132.

[6] Ultimas conversaciones, 129.

[7] Últimas conversaciones, 129-130.

Si también me hubiera habilitado enseguida y sin problemas, la conciencia de mi capacidad habría sido demasiado fuerte y la confianza en mí mismo excesiva Clic para tuitear
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