La autoridad que educa: dar a cada alumno lo que necesita

Educación

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La autoridad es uno de los fundamentos de toda verdadera educación. Sin ella resulta difícil formar hábitos, crecer en virtudes y acompañar a la persona en su proceso de maduración. Sin embargo, pocas cuestiones suscitan hoy tantas dudas como el ejercicio de la autoridad en la escuela.

¿En qué se fundamenta? ¿Qué la hace legítima? ¿Hasta dónde debe llegar? Y, sobre todo, ¿para qué se ejerce?

El pensamiento de santo Tomás de Aquino ofrece algunas claves especialmente valiosas para responder a estas preguntas. Aunque el Aquinate no desarrolló una teoría de la autoridad educativa en los términos actuales, su concepción de la persona, de la virtud, de la ley y del bien común permite comprender que la autoridad no encuentra su justificación última en la capacidad de mandar, sino en el bien que está llamada a procurar.

Autoridad y poder: una distinción necesaria

Conviene comenzar distinguiendo dos conceptos que con frecuencia confundimos: autoridad y poder. El poder es la capacidad efectiva de mandar, establecer normas, exigir comportamientos o imponer consecuencias. La autoridad, en cambio, añade algo esencial: la legitimidad moral de quien dirige a otros hacia un bien. Un profesor puede conseguir que sus alumnos guarden silencio mediante la amenaza de una sanción. Tiene poder para hacerlo. Pero su verdadera autoridad educativa se manifiesta cuando ese silencio contribuye al aprendizaje, al respeto mutuo y a la adquisición de hábitos que ayudan a los alumnos a crecer.

Para santo Tomás, la ley no es una simple manifestación de la voluntad de quien manda. En la Suma Teológica la define como «una ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad». (Suma Teológica, I-II, cuestión 90, artículo 4). Esta definición encierra una enseñanza fundamental para cualquier educador.

Las normas, las decisiones y las correcciones no se justifican simplemente porque procedan de quien tiene autoridad. Su legitimidad descansa en que sean razonables y estén orientadas al bien de aquellos a quienes se dirigen.

La autoridad educativa, por tanto, no es un privilegio personal ni una afirmación de superioridad. Es una responsabilidad que se recibe para servir a un fin que trasciende al propio educador.

La finalidad de la autoridad: formar personas, no conseguir obediencia

Santo Tomás entiende la vida humana como un proceso de perfeccionamiento mediante el conocimiento de la verdad y la adquisición de las virtudes. Desde esta perspectiva, educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos o conseguir determinados comportamientos externos.

Consiste en ayudar a la persona a desarrollar su inteligencia, fortalecer su voluntad y aprender a elegir libremente el bien. En su reflexión sobre la finalidad de las leyes, afirma que «el efecto propio de la ley es hacer buenos a aquellos a quienes se da». (Suma Teológica, I-II, cuestión 92, artículo 1).

Trasladada al ámbito escolar, esta afirmación permite comprender que el éxito de la autoridad no debe medirse exclusivamente por el grado de obediencia que consigue, sino por su contribución a la formación de las personas.

Un alumno puede cumplir una norma por miedo al castigo, por interés en una recompensa o por simple conformismo. Pero el verdadero objetivo educativo es que llegue a comprender su sentido, reconozca su valor y termine incorporándola libremente a su conducta. La obediencia es necesaria, especialmente durante las primeras etapas de la formación, pero no constituye su finalidad última.

No educamos para formar personas permanentemente dependientes de una autoridad exterior, sino personas capaces de gobernarse a sí mismas conforme a la razón y al bien.

Esta idea enlaza con otra reflexión del Aquinate, desarrollada en su tratado De Magistro: el maestro no sustituye la inteligencia del discípulo, sino que le proporciona los medios para que alcance por sí mismo el conocimiento. Enseñar no es imponer una verdad desde fuera, sino ayudar a que el alumno llegue a comprenderla. La autoridad del maestro se convierte así en un servicio al crecimiento de la persona, no en una forma de dominio sobre ella.

Dar a cada alumno lo que necesita, no solamente lo que merece

Llegamos aquí a una cuestión que considero especialmente importante en el ejercicio cotidiano de la autoridad educativa. Tradicionalmente, la justicia se ha definido como la virtud que lleva a dar a cada uno lo suyo. Santo Tomás recoge esta concepción clásica al afirmar que «la justicia es el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada uno su derecho». (Suma Teológica, II-II, cuestión 58, artículo 1).

La justicia es, naturalmente, imprescindible en la escuela. Los alumnos tienen derecho a recibir un trato justo, a conocer las normas, a que estas se apliquen sin arbitrariedad y a que sus comportamientos tengan consecuencias proporcionadas. Pero la responsabilidad del educador no termina cuando ha determinado qué es lo justo o qué merece un alumno por su conducta.

Su misión le exige formularse una pregunta adicional, quizá más difícil y, desde luego, más hondamente educativa: ¿qué necesita este alumno para crecer?

Pensemos en dos alumnos que cometen una misma falta. Desde una perspectiva exclusivamente disciplinaria, podría parecer suficiente aplicarles idéntica consecuencia. Sin embargo, las circunstancias personales, la madurez, las motivaciones y las necesidades de ambos pueden ser muy diferentes. Uno quizá necesite experimentar con claridad las consecuencias de sus actos, porque ha aprendido a eludir sistemáticamente sus responsabilidades. El otro puede necesitar, además de asumir su falta, encontrar a un adulto que le ayude a recuperar la confianza en sí mismo y a descubrir que es capaz de comportarse de otra manera.

No se trata de justificar las conductas incorrectas ni de sustituir la justicia por una benevolencia indiscriminada. Tampoco de establecer privilegios o diferencias arbitrarias.

Se trata de comprender que la verdadera equidad educativa no consiste siempre en hacer exactamente lo mismo con todos, sino en atender justamente a las circunstancias y necesidades de cada uno.

Esta consideración encuentra un apoyo muy significativo en santo Tomás cuando, al hablar de la aplicación de las normas, recuerda que la disciplina debe acomodarse a las capacidades de las personas y que no deben imponerse a los niños las mismas cargas que a los adultos (Suma Teológica, I-II, cuestión 95, artículo 3). La justicia establece límites que nunca debemos traspasar. Pero dentro de esos límites, la prudencia, la comprensión y la caridad nos ayudan a descubrir qué respuesta puede resultar verdaderamente beneficiosa para cada alumno.

Exigir también es una forma de querer

Existe el riesgo de identificar la atención a las necesidades personales con una educación permisiva, en la que cualquier dificultad del alumno aconsejaría reducir las exigencias o evitarle las consecuencias de sus decisiones. Nada más alejado de una concepción tomista de la educación.

La adquisición de las virtudes requiere esfuerzo, repetición de actos buenos, dominio de las inclinaciones y formación de hábitos. Nadie aprende a ser responsable si nunca debe responder de sus actos, ni adquiere fortaleza si se le evita sistemáticamente cualquier dificultad.

Por eso, en ocasiones, lo que un alumno necesita es precisamente una exigencia firme, una corrección clara o una consecuencia que le ayude a comprender la gravedad de su comportamiento.

Pero también puede suceder lo contrario: que un alumno necesite paciencia antes que reproches, confianza antes que nuevas advertencias o una oportunidad para rectificar antes que una sanción adicional. El criterio no puede ser nuestra comodidad, nuestro estado de ánimo ni menos aún el deseo de afirmar nuestra posición. Tampoco la simple aplicación mecánica de una norma, prescindiendo de las circunstancias.

La pregunta verdaderamente educativa es otra: ¿qué decisión ayudará mejor a este alumno a ser una persona más responsable, más virtuosa y más libre?

Esto exige del educador una virtud especialmente importante para santo Tomás: la prudencia. No entendida como indecisión o cautela excesiva, sino como la capacidad de discernir lo que conviene hacer en cada situación concreta. La prudencia permite unir firmeza y comprensión, justicia y misericordia, exigencia y cercanía. Y nos recuerda que educar no consiste en elegir siempre la respuesta más severa ni la más indulgente, sino aquella que, siendo justa, mejor contribuya al verdadero bien del alumno.

La autoridad se acredita también con el ejemplo

Hay, finalmente, una dimensión de la autoridad que ninguna norma puede garantizar: la autoridad moral que nace de la coherencia personal. Un educador puede disponer de todas las atribuciones institucionales necesarias para dirigir, corregir o sancionar. Pero difícilmente conseguirá formar en la justicia si actúa arbitrariamente, en el respeto si humilla o en la responsabilidad si elude sus propios compromisos.

La autoridad educativa necesita conocimiento, competencia y capacidad de decisión, pero también ejemplaridad, rectitud de intención y un interés sincero por el bien de los alumnos.

En este sentido, la confianza constituye uno de sus frutos más valiosos. Cuando un alumno descubre que quien le exige también se preocupa por él, que quien le corrige no pretende humillarlo y que quien establece límites busca sinceramente su bien, la autoridad deja de percibirse únicamente como una imposición exterior. No significa que todas las decisiones vayan a ser comprendidas o aceptadas inmediatamente. Significa que existe una relación educativa capaz de dar sentido incluso a las exigencias más difíciles.

Educar para la verdad, la virtud y la libertad

La autoridad educativa encuentra, en definitiva, su mayor justificación en la dignidad de la persona a la que sirve. No ejercemos la autoridad para demostrar que la tenemos, para conseguir una obediencia incondicional o simplemente para garantizar el funcionamiento ordenado de una institución. Aunque el orden sea imprescindible, constituye un medio, no el fin último de nuestra tarea.

Ejercemos la autoridad para ayudar a nuestros alumnos a descubrir la verdad, adquirir virtudes, fortalecer su voluntad y alcanzar una libertad cada vez más madura.

Y para ello debemos aprender a mirar más allá de sus comportamientos inmediatos, de sus aciertos y de sus errores, de lo que merecen en un momento determinado, para preguntarnos qué necesitan realmente de nosotros. A veces necesitarán nuestra firmeza; otras, nuestra comprensión. A veces, una corrección exigente; otras, una palabra de aliento. Y muchas veces, ambas cosas a la vez.

Porque la verdadera autoridad educativa no consiste simplemente en conseguir que el alumno haga lo que debe, sino en ayudarle a elegir libremente lo que verdaderamente es bueno para él y que esa elección contribuya a formarlo como una persona íntegra y madura.

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