La conciencia antes del trauma: Freud puesto del revés

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Durante más de un siglo, la psicología moderna ha estado marcada por una intuición poderosa de Sigmund Freud: la conciencia moral no sería originaria, sino derivada. No naceríamos con ella; la adquiriríamos a través de una herida.

En obras como Totem y tabú y El malestar en la cultura, Freud plantea un relato tan sugerente como inquietante. En una supuesta “horda primal”, los hijos asesinan al padre dominante que monopoliza el poder y las mujeres. Ese parricidio colectivo genera una culpa insoportable que, reprimida, se convierte en el origen de la moral, la religión y la cultura. La civilización sería, en última instancia, una elaboración simbólica de ese crimen original.

La idea ha fascinado durante décadas. Sin embargo, hay un problema de fondo que rara vez se afronta con suficiente rigor: el trauma no puede explicar el origen de la conciencia si esta es condición previa para que exista el trauma.

El punto ciego de Freud

Para que un acto sea vivido como traumático —no solo como violento, sino como moralmente devastador— hace falta algo más que conducta. Hace falta interioridad.

Un animal puede matar sin experimentar culpa. Actúa, pero no se juzga. Para que exista remordimiento, es necesaria una estructura previa: memoria simbólica, capacidad de juicio, empatía, reconocimiento del otro como sujeto. En una palabra: conciencia.

Aquí emerge la paradoja que Freud no resuelve: si el parricidio genera la conciencia, ¿cómo pudo ser experimentado como culpa sin que esa conciencia estuviera ya, de algún modo, presente?

El trauma no crea la facultad de sentir trauma. La presupone.

Esto no invalida toda la teoría freudiana, pero sí obliga a recolocar sus fundamentos. El trauma no es el origen de la conciencia; es uno de sus moduladores más potentes. La estructura psíquica no nace de la herida, sino que la herida la reorganiza.

Invertir el relato: de la herida al ser

Si aceptamos esta inversión, la pregunta cambia radicalmente. Ya no se trata de explicar cómo el trauma genera la conciencia, sino de afrontar una cuestión más profunda: ¿por qué existe la conciencia en absoluto?

La respuesta dominante en la ciencia contemporánea se conoce: la conciencia emerge cuando la materia alcanza cierto nivel de complejidad. Es un subproducto de la evolución biológica.

Pero esta explicación, siendo útil, es incompleta. Describe correlaciones —actividad neuronal y experiencia subjetiva—, pero no explica el salto cualitativo que supone el hecho de sentir. No responde a la pregunta decisiva: ¿por qué hay experiencia en lugar de mera reacción?

Reducir la conciencia a procesos físico-químicos es, en el mejor de los casos, una simplificación metodológica. En el peor, una reducción que elimina precisamente aquello que intenta explicar.

La conciencia como realidad previa

Frente a esta limitación, emerge otra hipótesis —filosóficamente exigente, pero difícil de descartar—: que la conciencia no sea un producto tardío de la materia, sino una dimensión constitutiva de la realidad.

No aparecería de golpe en el ser humano, ni como resultado de un evento puntual, sino que se manifestaría progresivamente, en distintos grados, a medida que la complejidad del universo lo permite.

Desde esta perspectiva, la evolución no crea la conciencia; la revela. La materia no la produce; la expresa.

Este planteamiento no es una evasión espiritualista, sino una tentativa de tomarse en serio la experiencia interior. Fenómenos como el amor, la culpa o el sentido de lo sagrado no se dejan agotar por su descripción neuroquímica. Explicarlos únicamente como reacciones cerebrales es como reducir una obra de arte a la composición de sus pigmentos.

Incluso figuras alejadas de cualquier teísmo clásico, como Albert Einstein, reconocían en el universo una racionalidad profunda, un orden inteligible que invita más al asombro que a la reducción.

Entre Freud y la trascendencia

Llegados a este punto, la tentación es clara: o bien aceptar el reduccionismo materialista, o bien refugiarse en un lenguaje espiritual vago que, aunque sugerente, carece de precisión.

Ambas opciones son insuficientes.

Freud vio algo real: el poder del trauma para estructurar la psique y la cultura. Pero lo absolutizó, colocándolo en el origen mismo de la conciencia. Ahí es donde su teoría se vuelve insostenible.

Por otro lado, afirmar que la conciencia es una “chispa divina” sin clarificar qué significa exactamente puede convertirse en una forma de eludir el problema en lugar de afrontarlo.

La tarea pendiente es más exigente: pensar la conciencia sin reducirla ni idealizarla.

Una pregunta que no se deja cerrar

Quizá el mayor error no esté en Freud, sino en nuestra prisa por cerrar el misterio.

La conciencia sigue siendo el enigma central de la condición humana. Es lo que nos permite conocer… y al mismo tiempo lo que no logramos explicar del todo.

Sabemos que el trauma la marca profundamente. Pero también intuimos que no la crea.

Sabemos que depende del cerebro. Pero no logramos reducirla a él.

Sabemos que evoluciona. Pero no entendemos por qué existe.

En ese cruce de certezas parciales e incógnitas radicales se juega algo más que una discusión académica. Se juega nuestra comprensión de lo que somos.

Y tal vez ahí esté el verdadero giro que necesitamos: dejar de preguntarnos solo de dónde viene la conciencia, para empezar a preguntarnos con más honestidad qué exige de nosotros el hecho de ser conscientes.

Porque si la conciencia no nace del trauma, entonces la responsabilidad no es un accidente de la evolución.

Es, quizá, su núcleo más profundo.

Twitter: @lluciapou

Si la conciencia no nace del trauma, entonces la responsabilidad no es un accidente de la evolución. #Freud Compartir en X

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