El filósofo surcoreano Byung-Chul Han abre su libro Sobre Dios con una tesis tan provocadora como sugerente: quizá no sea cierto que Dios haya muerto. Lo que ha muerto es algo previo y más básico: el ser humano capaz de prestarle atención.
La afirmación supone una revisión profunda de la célebre sentencia de Nietzsche. Durante décadas, la secularización de Occidente se interpretó como una retirada de Dios del horizonte humano. Han, inspirado en la filósofa Simone Weil, propone una lectura distinta:
la trascendencia no ha desaparecido necesariamente; lo que se ha debilitado es nuestra capacidad para percibirla.
La cuestión resulta relevante porque la atención no es solo una facultad psicológica. Es una forma de estar en el mundo. De ella dependen nuestra relación con la verdad, con los demás y con nosotros mismos.
Simone Weil distinguía entre dos maneras de relacionarnos con la realidad: comer y mirar. Comer significa apropiarse de las cosas, convertirlas en objeto de consumo. Mirar, en cambio, supone detenerse, contemplar y permitir que la realidad se manifieste por sí misma.
Nuestra época parece haber elevado el consumo a principio universal. Consumimos productos, experiencias, noticias, imágenes, vídeos y opiniones. El fenómeno del binge-watching (maratón de series), el desplazamiento interminable por las redes sociales o la necesidad compulsiva de revisar el teléfono móvil son síntomas de una percepción cada vez más voraz.
Paradójicamente, cuanto más consumimos, menos vemos.
Han recuperado una poderosa imagen de Weil para describir esta situación. Un alma dedicada exclusivamente a consumir estímulos desarrolla una especie de obesidad espiritual. La parte superficial del yo engorda mientras la dimensión más profunda se atrofia. El resultado es una conciencia saturada de información, pero incapaz de contemplar.
Frente a esta «adiposis» espiritual, Weil propone una suerte de ayuno del alma. No se trata de rechazar el mundo, sino de liberarse de la necesidad constante de poseerlo. Solo cuando dejamos de devorar experiencias podemos comenzar a percibirlas realmente.
La verdadera atención, según Han, no consiste en concentrarse intensamente para alcanzar un objetivo. Tampoco es una estrategia de productividad. Es algo mucho más difícil: una espera.
Vivimos obsesionados con buscar. Buscamos información, respuestas, soluciones, reconocimiento, éxito y felicidad. Sin embargo, las experiencias más importantes de la vida suelen llegar de otro modo. El amor, la amistad, la belleza, la inspiración o la fe rara vez aparecen cuando intentamos capturarlas. Más bien nos encuentran cuando estamos disponibles para recibirlas.
Por eso Simone Weil definía la atención como un «esfuerzo negativo». No consiste en llenar la mente de actividad, sino en vaciarla de ruido. Es una actitud de receptividad, paciencia y silencio interior.
Quizá el mayor enemigo de esta forma de atención sea el ecosistema digital que habitamos. Las plataformas tecnológicas compiten ferozmente por captar y retener nuestra mirada. Los algoritmos han aprendido a explotar los mecanismos neurológicos de la recompensa inmediata. Cada notificación, cada vídeo sugerido y cada mensaje pendiente se convierten en pequeños anzuelos para nuestra atención.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Nunca había sido tan difícil pensar.
Han sostiene que la adicción es la fuerza opuesta a la atención. Mientras la atención exige libertad, la adicción nos esclaviza. Mientras la atención nos abre al mundo, la adicción nos encierra en la satisfacción instantánea.
Esta reflexión posee, además, una dimensión moral. El bien suele ser discreto. No grita. No invade. No se impone. Requiere tiempo para ser reconocido. El mal, por el contrario, se propaga con facilidad, aprovecha nuestros impulsos más inmediatos y se difunde como una infección.
La atención actúa entonces como una forma de defensa ética. Una persona incapaz de prestar atención se vuelve vulnerable a la manipulación, la propaganda, la mentira y el resentimiento. Quien aprende a demorarse y observar adquiere una libertad interior que ninguna tecnología puede proporcionar.
Pero la atención no solo nos acerca a la verdad. También nos acerca al prójimo.
En una sociedad marcada por el individualismo, tendemos a mirar a los demás a través de nuestros intereses, expectativas o prejuicios. Simone Weil propone una mirada diferente: una atención amorosa que suspende el juicio y permite que el otro aparezca tal como es.
Escuchar verdaderamente a una persona se ha convertido en un acto extraordinario. La mayoría de las veces no escuchamos para comprender, sino para responder. No observamos para descubrir, sino para confirmar lo que ya pensamos.
La atención auténtica es generosa porque desplaza el centro de gravedad del yo hacia el otro.
Resulta significativo que Han concluya este capítulo criticando cierta industria contemporánea del bienestar. Muchas formas de mindfulness han sido absorbidas por la lógica del rendimiento. Ya no buscan despertar una conciencia más profunda, sino reducir el estrés para seguir produciendo más.
La espiritualidad corre así el riesgo de convertirse en una herramienta al servicio de la misma maquinaria que genera el agotamiento.
Quizá la gran paradoja de nuestro tiempo sea que disponemos de más medios de comunicación que nunca y, sin embargo, cada vez nos cuesta más prestar atención. Estamos conectados permanentemente, pero rara vez presentes.
Por eso, la crisis espiritual de Occidente podría no ser, como solemos pensar, una crisis de creencias. Tal vez sea una crisis de atención.
Y si esto es cierto, la renovación espiritual no comenzará con nuevos discursos ni con más información. Comenzará recuperando algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: la capacidad de detenernos, mirar y escuchar.
Twitter: @lluciapou
¿Y si el verdadero problema de nuestro tiempo no fuera la falta de fe, sino la incapacidad de prestar atención? Han y Simone Weil ofrecen una respuesta inquietante a una de las grandes crisis de la era digital. Compartir en X





