Este fin de semana fui con mis hijos a Ikea. Quienes tengan hijos pequeños sabrán que esta frase, por sí sola, contiene ya todos los elementos de una gran aventura. Por supuesto en los kilómetros de pasillos y habitaciones que no son habitaciones, resultó inevitable la aparición de unos peluches estratégicamente colocados a la altura de los ojos de los niños. Los vieron. Y, claro, se enamoraron.
Monísimos, suaves, achuchables y, para empeorar las cosas, estaban de oferta. Mis hijos desplegaron entonces todos los recursos de la picaresca infantil. Partimos de la súplica, la negociación, la promesa de portarse bien durante el resto de sus vidas e incluso el más avispado hizo uso de esa mirada con la que intentan hacerte creer que impedir la adopción del peluche constituirá probablemente uno de los traumas decisivos de su infancia. Pero nada funcionó.
Les dije que podían abrazarlos y que inmediatamente después tendrían que devolverlos a su sitio.
Y llegó el momento. Uno de mis hijos caminó hacia la enorme montaña de osos pandas, sostuvo durante unos segundos el suyo entre las manos, lo abrazó y, cuando estaba a punto de dejarlo con los demás, hizo algo que me obligó a sonreír.
Lo miró a los ojos. Después levantó la mano y, muy despacio, le trazó una señal de la cruz sobre la frente. Y lo dejó allí, con los demás osos.
Confieso que me quedé mirándolo sin decir nada. Porque yo hago exactamente eso con ellos cada mañana. Antes de que entren al colegio, mientras cada uno va dándome un abrazo o un beso, les hago una cruz en la frente y les digo: «Dios te bendiga».
Es mi manera de soltarlos. También, supongo, mi manera de no soltarlos del todo.
Mi hijo no ha recibido ninguna explicación sobre aquel gesto cotidiano en la puerta del colegio. Salvo las explicaciones sobre la señal de la cruz en misa o cuando rezamos. Simplemente lo había visto y vivido.. Lo ha recibido sobre su propia piel cientos de mañanas.
Y cuando llegó el momento de despedirse de algo que quería —aunque fuese un peluche oso panda de Ikea—, reprodujo exactamente el gesto con el que había aprendido que uno entrega lo amado, salvando las distancias.
Esa misma tarde, pensando en lo acontecido, me vino a la cabeza Marcel Jousse.
Jousse, jesuita, antropólogo y estudioso del lenguaje y la memoria, dedicó buena parte de su vida a comprender que el ser humano no aprende solamente con la cabeza. Aprende con los ojos, las manos, la voz, el ritmo, el cuerpo entero.
Su teoría llamada «antropología del gesto» estudió precisamente la relación entre gesto, conocimiento, memoria y expresión. Jousse había crecido, además, en un ambiente campesino de fuerte tradición oral, junto a una madre casi analfabeta y dotada de una memoria extraordinaria, que le transmitía relatos a través de la palabra, el ritmo y el balanceo corporal.
Jousse trata de reconocer que existe una inteligencia anterior a los conceptos, una forma de conocimiento que precede a la definición y que se adquiere mirando, imitando, tocando, repitiendo.
El niño, para Jousse, recibe el mundo y después lo «re-juega». La realidad entra en él y vuelve a salir convertida en gesto.
Eso era exactamente lo que había sucediendo delante de aquellos estantes de osos panda.
Mi hijo estaba «re-jugando» una experiencia. Yo había hecho una cruz sobre su frente tantas veces que aquel gesto había dejado de pertenecerme. Ya era suyo.
Sospecho que una parte inmensa de lo que nuestros hijos aprenderán de nosotros jamás se lo habremos explicado.
Los niños miran mucho más de lo que parece. Y lo re-juegan. A veces para nuestra alegría. Y otras, para nuestra vergüenza.
El cristianismo, además, comprende extraordinariamente bien esta gramática del gesto. Nuestra fe está llena de gestos. Por ejemplo, nos arrodillamos, nos ponemos en pie, nos golpeamos el pecho, inclinamos la cabeza … .
No creemos en una idea. Creemos en un Dios que se hizo carne. Por eso, la fe cristiana nunca se ha separado completamente del cuerpo.
Porque sabe que el cuerpo puede convertirse en palabra. La Encarnación significa también eso; que lo invisible puede hacerse visible.
Hay gestos que dicen quiénes somos y donde descansa nuestro corazón, mucho antes de que encontremos las palabras.









