No queremos cenizos

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Empiezo a escribir estas líneas a escasas horas de la «Nochevieja Docente», que es, en realidad, la Nochevieja de todos aquellos cuya existencia gira en torno al curso escolar, entre los que me incluyo. El 1 de enero es para muchos una broma en comparación con la envergadura de cada 1 de septiembre. Y tengo para mí que, precisamente por eso, nos cuesta menos recibir con alegría el año nuevo el 1 de enero que el 1 de septiembre.

En enero, el año nuevo nos viene dado, avanza solo —y hasta se lo agradecemos— y no nos pide nada. De hecho, somos nosotros los que nos empeñamos en brindarle buenos propósitos. En cambio, el 1 de septiembre, ¡ay!… el 1 de septiembre también llega solo, inexorablemente, y él sí nos pide, ¡nos exige para sobrevivir!, buenos propósitos y apertura a los cambios que nos trae a todos: hijos, padres, profesores… Cambio de curso, tal vez de compañeros, nuevos alumnos, nuevos profesores, nuevos retos…

Y de la alegría justamente quería yo hablar. Pero se me atasca. Y me da coraje. Porque creo que es imprescindible, pero es que no está el horno para bollos. Cierto. Y hay cada percal… Y la política, ¡cómo está la política! ¿Y la educación? ¡Madre mía! Y este hijo, qué guerra da. Y estos alumnos, que no me hago con ellos… ¡Y ahora se estropea el coche!… Lleváis razón. ¡Qué os voy a contar! Mira, mejor aborto misión. Cambio de tema para el artículo. Busco otro más aséptico y cubro el expediente. Pero… no… no. Algo en mí me impele a rescatarla como baluarte. Urge enarbolarla.

Tal vez me diga alguno que los retos, los problemas, las preocupaciones, los dramas… están siempre ahí, que no van a desaparecer porque nos empeñemos en vivirlos con alegría. Y, desde luego, no podré argumentar lo contrario.

Sin embargo, también es cierto que vivir hay que vivir, con las circunstancias que nos toquen a cada uno, que son siempre y para todos de toda índole: buenas, malas y regulares.

Tal vez las malas y regulares acaben pesando tanto que maten nuestra esperanza y, con ella, la alegría de vivir y el sentido del humor. Pero no perdamos de vista que esto nos paraliza para actuar y, si no nos angustia, por lo menos nos amarga. Decía Gómez de la Serna que “frente al humorismo está el amarguismo”, entendido este último como el sentimiento que nos hace caer en el resentimiento y en la desolación. ¿No les parece este un signo de nuestro tiempo? Asómense a las redes sociales o escuchen una conversación en la cola del banco o del supermercado o en la que se forma para hacer cualquier gestión en una institución pública, por poner algún ejemplo.

Lo que está claro es que no se hace igual el camino con un fardo al hombro que con un hatillo; por lo que, si somos prácticos y sensatos —podemos, incluso, llegar a virtuosos a ese paso—, lo suyo es elegir el hatillo. Al menos intentarlo… Cierto es que, a veces, la tarea es ardua, pero el esfuerzo compensa con creces.

¿Que cómo se elige? Pues con los ojos. Eso depende de la mirada (y la de la fe nos da un plus). Ahí está la cosa.

Las obligaciones, las preocupaciones o los dramas del camino no desaparecen, pero la manera de mirarlos puede recolocarlos, relativizarlos, hacerlos abarcables y llevaderos.

La alegría serena, el sentido del humor, nos ayudan a tomarnos menos en serio de lo que solemos hacerlo. A nosotros y nuestras cosas. Hacen que se nos olvide que tenemos ombligo.

Y, no nos engañemos, se puede tener sentido del humor y vivir de forma cabal y con alegría a pesar de ver o vivir las mismas calamidades o contratiempos que todo el mundo. De hecho, es la forma más cabal de vivir. El buen humor y la alegría no nos ocultan la realidad, pero la mitigan, porque nos permiten mirarla desde otras perspectivas: ver sus paradojas, sus contradicciones, sus ridiculeces, su comicidad o absurdidad… Nos ayudan a desdramatizar situaciones o conductas negativas y a valorar lo que hay de positivo en ellas, entendiendo el calado de lo verdaderamente importante.

En definitiva, el humor sano y la alegría hacen que juguemos la vida con ventaja, en otra liga incluso: con otro ánimo, con otro ingenio, con otra creatividad… Claramente, vamos mejor pertrechados para las dificultades, con más recursos para actuar.

Y volviendo a lo nuestro y a nuestro inicio de curso, decía don Bosco —el santo de la alegría, por cierto— que la educación es cosa del corazón. Cuando educamos, estamos tallando almas, moldeando corazones que puedan alentar una vida grande, magnánima. Y no hay magnanimidad si hay tristeza, amargura o mal humor. Se excluyen. Por lo que, si no queremos hijos ni alumnos cenizos, nos urge predicar con el ejemplo.

Es evidente que hay cosas que nos exceden, no están en nuestra mano y no las podemos solucionar. Pero que en el reducto de nuestra casa, de nuestra aula, nuestros hijos y alumnos aprendan de nosotros a afrontar la vida con alegría y buen humor, con esperanza y magnanimidad, sí lo está.

Bien puede ser este un buen propósito para este nuevo año (escolar), ¿no creen? Aunque no dé tiempo a terminar el temario del curso o no consigamos que echen la ropa a lavar todos los días, que este tema no se quede sin dar. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”. ¡Feliz año nuevo!

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